Domingo 10 de enero del 2021

Escribe: Pablo Ernesto Suárez (*)

El Bitcoin se fue al carajo. Su valor, que comenzó un leve ascenso en 2016, llegó a los U$1000 en 2017 y hoy se ubica cerca de los U$33.000 y ofreció en 2020 una ganancia de 300% a sus poseedores.

El Coronavirus también se fue al carajo. Para analizar cifras locales nada más, el 12 de marzo de 2020 murió una persona por coronavirus. Desde entonces, han muerto en la Argentina unas 45.000 personas.

Y en ambos casos, hay un frenesí informativo por llevar la cuenta inmediata en el minuto a minuto.
-¡¡¡Cuarenta y cinco mil!!!
-¿Ya llegó? Pero si estaba treinta y tres mil la semana pasada ¡Y yo como un boludo no compré!!
-¿Qué ibas a comprar, ridículo?
-¡Bitcoins!
-Ah, yo te estoy hablando de muertos por COVID

Igual, no es lo mismo, porque los bitcoins son una cantidad limitada (veintiún millones de los cuales faltan “minar” un poco más de dos millones), mientras que la comunidad humana va creciendo a una velocidad más rápida que aquella con la que el virus extermina gente.

¿Qué hace subir al bitcoin? La crisis pandémica, la búsqueda de seguridad en los ahorristas que desconfían de sus Bancos Centrales o fiduciarios. Esto, en un contexto ideológico marcado por el creciente consenso de ciertos núcleos ideológicos con fuertes componentes “libertarios” (aceptemos la mutación del término de una vez) anti estatales y anti societarios.

¿Qué hace crecer al coronavirus? La falta de cuidados de los individuos sumada a ciertos ineficientes controles de parte de las autoridades que no logran impedir por la fuerza (tampoco creo que se lo hayan propuesto hasta hoy) que la movilidad de las personas desparrame el virus por aquí y por allá. Esto, en un contexto ideológico marcado por el creciente consenso de ciertos núcleos ideológicos con fuertes componentes “libertarios” (aceptemos la mutación del término de una vez) anti estatales y anti societarios.

Ya sé. No son lo mismo. Ya lo aprendí. No estamos postulando correlación directa o exacta entre los universos bitcoinero y barbijobajista, simplemente me propuse pensar algunas cosas en torno a ambos colectivos.

El bitcoinero no le interesa bien quién está detrás del asunto. Él participa del negocio con la convicción de que el que depositó dólares recibirá (si es que no se trata de otra burbuja más del capitalismo) dólares. ¿Más o menos dólares? Bueno, eso depende de cómo evolucione el mercado. Muchos bitcoineros (no todos) son felices pensando que ningún estado, ni empleado público, ni miembro de “la casta política” se beneficia con su potencial riqueza. (Nota: para ellos el Estado es eso, nunca hospitales, nunca escuelas, nunca rutas, puentes, cordón cuneta, agua potable para todos, etc). Él es feliz, porque su participación en esa comunidad de negocios es su mera responsabilidad y cree que si le toca perder, sólo él saldrá perjudicado. Lo cual depende de su entorno, claro. No va a ser la primera vez que el timbero de la familia se arruina y hay que vender la casita de Gesell para salvarlo. (Nota interna: buscar casos conocidos mediáticamente, como el del viejo de a la vuelta que una vieja y el hijo lo esquilmaron y tuvo que irse a vivir con la hija a la que nunca le dio pelota).

Muchos bitcoiners prefieren perder todo a manos de un hackeo (muchachos: si hay datos, hay hackeo en puerta) o compartir comunidad de negocios con narcos y traficantes de todo tipo de cosas, con tal de no pagar impuestos a sus Estados soberanos. Como dijo un filósofo: son decisiones.

Al barbijobajista o desbarbijado tampoco le interesa muy bien quién está detrás del asunto de la cuarentena implementada para evitar los males de la pandemia. Si fue un chino con murciélago, los grandes poderes internacionales que nos quieren controlados o la dictadura sovietista encabezada por Alberto Fernández. Claro que hay distintos niveles de argumentación. Incluso conocemos partidarios solventes de la teoría de la conspiración internacional que usan barbijo (para que no los insulten, o por lo que sea). Después están los más ignorantes, que creen que el contagio es una cuestión de “suerte” y que te puede tocar o no tocar. Y aun así, si les tocara, ellos creen que su desbarbijamiento es una actitud de su exclusiva responsabilidad. En una evaluación de costo-beneficio, suponen que es más saludable jugar al fútbol o ir a una fiesta que quedarse sin esas actividades. Ignorando, tal vez, en qué medida ellos pueden ser transmisores -incluso asintomáticos- del virus.

Hay un tema con la comunidad ahí. (Nota interna: si lo mando a una revista de política, reemplazar “tema” por “tensión”). Por ejemplo a algunos de los criptoneros que conozco no es que le guste mucho la comunidad, se trata de personas más bien meritocráticas e individualistas, pero no dudan en sumarse al bitcoinismo. Tengo para mí que aunque sean “anticomunitarios” por principio, si se trata de una comunidad que por serlo maximiza negocios, pues entonces esa comunidad no será tan mal vista. Eso sí, a la hora de “militarla”, militarán sus aspectos más individualistas: “no hay estado”, “no hay autoridades” “no hay bancos”, “anonimato garantizado”, etc. Y no las pretensiones comunitaristas que están en el reverso de aquellas afirmaciones y en el espíritu de algunos de los gestores del bitcoinismo: “somos todos iguales” (ponele), “no hay autoridad”, “la comunidad potencia la individualidad” o cosas así. Eso casi no pasa. Pero puede pasar.

Más de uno puede inclinarse por el criptoneo, por haberse fascinado de su carácter ilegal o mejor dicho “alegal” y sin control centralizado. Una atracción a la que ciertas subjetividades contemporáneas no pueden dejar de atender. Hacer negocios y seguir minuto a minuto la evolución de los mismos, ¡es como tener tu propia pizarra de Wall Street en el celular! De hecho, creen que su anonimato (Roberto Álvarez, docente, sacó $20.000 de su aguinaldo y compró unos miseros satoshis) es equivalente al de yrdyyfyfgG4456Hdfggdsbfgff un traficante de armas de no sabemos dónde que metió una transacción de U$100.000.

¡Qué fascinación con el anonimato! Le encuentro varias causas. Una: habiendo plata de por medio, mejor que nadie sepa cuánto tengo (ni siquiera mi maride). Dos: si la plata es sucia, que nadie sepa cuánto tengo es una buena medida de autopreservación. Estas dos pasan y se sustentan en hacerse el sonso respecto de que hay alguien (o algo) que sí sabe cuánto tenés: el registro de tus transacciones bitcoineras. Tres: las redes sociales nos obligaron de tal modo a construir identidades (falsas, impostadas o sobreactuadas, no viene al caso) que la posibilidad del anonimato seduce y atrae. (Nota interna: ojo que el ser criptonero puede construir identidad “hacia afuera” de la comunidad cripto).

El anonimato también rige para el Covidero. Nunca sabés quién te contagió ni a quién contagiaste. Se diluye la culpa, viva el anonimato. En el caso del HIV era relativamente más sencillo establecer la cadena de contagios, porque el peer to peer del HIV era de alguna manera más real. Incluso en el criptomenudeo (?), donde el que sujeto con el que transás tiene una dirección (y quizás un rostro, si vive en tu ciudad y vos le das los dólares a cambio de sus BTC), mientras que la cadena de contagios de COVID es realmente anónima, si hay fiesta o fulbito o si hay un grupo grande de personas interactuando sin protección. ¿Incluso niños? Incluso niños.

¿Pero ese encriptamiento no era también ilegible para las ideologías? Bueno, no tanto. En la medida en que la intención fundacional fue constituir una comunidad de negocios que prescindiera de los grandes capitales y bancos, hay una marca ideológica (anarcocapitalismo le dicen algunos) muy fuerte e innegable. Lo que no quiere decir que todos los que compran bitcoins compartan la misma ideología, claro está. También es cierto que si nació como una moneda de transacciones, hoy es más bien para los criptoneros Baez (gracias, Guille Booth por el concepto) una moneda de ahorro que apuesta al largo plazo. Y para los que realmente tienen grandes negocios que ocultar, una forma relativamente segura de seguir comerciando y transando y merced a su poder, tener una posición dominante en ese mercado, lo que puede tornarlo muy riesgoso para el primer lote. Por ahora, hay dividendo y crecimiento para toda la comunidad.

Por su lado, el COVID (más transversal en su capacidad de daño) también sigue creciendo y ya va por su segunda ola mundial, de la mano del anonimato de sus agentes transmisores. Las vacunas producidas por privados, pero distribuidas y aplicadas por los Estados, instalará por un tiempo el tema de la fuerza, la eficacia y la amplitud de llegada de las comunidades centralizadas de gestión. Eso podría acarrear un “revival” comunitarista, en el reconocimiento de que el Estado, finalmente no es tan malo. Tengo dudas. Muchos dirán “está haciendo lo que debe hacer”, y eso no es bajarle el precio a la campaña de vacunación. Es verdad, está en el contrato. ¿Hay que vacunar también a los que no se cuidaron en la pandemia? Hay que vacunar también a los que no se cuidaron en la pandemia.

Por el contrario, para los criptoneros estafados o víctimas de maniobras especulativas de una comunidad que es cada vez más asimétrica, no imagino una contención comunitaria. (Nota pública: solo 4% de las direcciones de bitcoins posee 96% de todos los bitcoins, mientras que las 1.000 personas más ricas poseen 40%; además, «el 70% más pobre de los propietarios de bitcoins posee menos de 1,7% de todos los bitcoins). ¿Se enriquecerán anónimamente, o verán esfumarse sus ahorros a manos de una -nueva- burbuja? Hay augurios y proyecciones en uno y otro sentido.

El COVID y los bitcoins (¡y el 2020!) ponen sobre la mesa algunas actitudes y temas que no son anónimos, se corporizan cotidianamente en quienes nos rodean. Riesgo, individualismo, comunidad, anonimato, especulación, cuidado, fueron los temas del 2020 y lo serán del 2021. Ni indulgencia boba, ni sanción por reflejo. Dialogar, acompañar y comprender, para preservar y potenciar las redes humanas en las cuales basamos nuestras vidas. Familia, trabajo, militancia. (Nota interna: ¿grupos de whatsapp también?).

(*) Historiador y redactor publicitario