Miércoles 24 de febrero del 2021

Escribe: Mireya Dávila Brito

Recientemente la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) dio a conocer un informe sobre el impacto del COVID-19 en el mercado laboral diferenciado por género. En esta investigación, la CEPAL señala de qué manera los estragos económicos que ha causado la pandemia afectan negativamente a las mujeres trabajadoras, profundizando la desigualdad de género que ya predominaba en la región antes de la emergencia sanitaria mundial.

El informe apunta a develar con datos estadísticos provenientes de los países de América Latina y el Caribe, cómo la pandemia precariza aún más la vida de las mujeres, eleva las tasas de desocupación y ahonda en la brecha de género. En este sentido, las mujeres trabajadoras se encuentran, en su mayoría, concentradas en sectores económicos con alto riesgo de pérdida de empleo; en economías de cuidado que las expone a la pandemia; con acceso limitado a la economía digital, y menos probabilidades de inserción en la cada vez más automatización del trabajo. Estas problemátic as acentúan deficiencias en el acceso a los servicios básicos y a los derechos sexuales y reproductivos, por decir menos. Más aún, se incrementa la demanda de tareas de cuidado y crianza, y las expone con mayor vulnerabilidad a la convivencia con agresores en el hogar.

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Trabajadora en maquila de México. Foto: Andrea E. García, 2019.

La desocupación, la precarización laboral y la sobrerrepresentación de las mujeres en los hogares pobres -CEPAL considera unos 118 millones de mujeres viviendo en situación de pobreza- son hechos palpables antes de la aparición del COVID-19. Las medidas de confinamiento repercuten directamente en la falta de empleo e impacta en el cuerpo de las mujeres que se encuentran en la primera línea de atención del coronavirus. Son más las mujeres que han tenido que ocuparse por completo en la labor doméstica no remunerada, el cuidado y la educación de lxs hijxs y de las personas dependientes (ancianxs, enfermxs). Son ellas las que pierden o no alcanzan autonomía, no participan en la toma de decisiones sobre cómo gestionar la pandemia y se perpetúa su sujeción económica a los varones del entorno familiar.

“En el Caribe, donde la economía se concentra en el turismo, estiman que la caída de este sector afectará a 1 de cada 10 mujeres que se emplean en el sector”.

Por ejemplo, en países como Costa Rica y Colombia, de abril a junio de 2020, la tasa de desocupación en mujeres y hombres resulta bastante diferencial. En el primero, tiene una tasa de 44.6% de participación laboral de mujeres, frente a una tasa de 70.5% de hombres. Las mujeres tienen menos participación en el mercado laboral. Más aún, con la pandemia aumentó la desocupación a una tasa de 30.4% en mujeres, en comparación con una tasa de 20% en hombres. En otras palabras, la tasa de desocupación de las mujeres está 10 puntos por encima de la tasa de desocupación en varones. En Colombia la tasa de participación laboral de los hombres es mayor a la de las mujeres: 66.2% frente a un 43.9%, respectivamente. Además, la tasa de desocupación también es mayor: 24.6% en mujeres frente a 17.4% en varones. La inequidad actual tiene sus orígenes en el orden patriarcal que organiza a mujeres y varones de manera desigual en el mercado laboral.

¿Qué sucede en aquellos sectores económicos con alta participación de mujeres?

La pandemia causó el cierre de fronteras, por consiguiente, también la caída del comercio mundial y el estancamiento de la actividad productiva interna de cada país. La pandemia develó que las mujeres participan masivamente en ciertos sectores altamente feminizados y en riesgo alto: como el turismo, la manufactura, el comercio y el trabajo doméstico remunerado. Según el informe, estos rubros afectados por las medidas de aislamiento corren mayor riesgo económico, en tanto la producción y el empleo se ven disminuidos y, con ello, las mujeres quedan al margen de la actividad productiva. Es así como la CEPAL encuentra que, “los sectores en riesgo alto concentran alrededor de un 56,9% del empleo de las mujeres y un 40,6% del empleo de los hombres en América Latina. En el Caribe, un 54,3% del empleo femenino y un 38,7% del empleo masculino se concentran en sectores en alto riesgo”. A menudo, estos sectores no solo concentran a muchas mujeres trabajadoras sino que también tienen niveles altos de informalidad, precarización, abaratamiento de la mano de obra y con menor niveles de calificación. De manera que las trabajadoras no gozan de seguridad social ni derechos laborales, y aquellas mujeres que trabajan por cuenta propia o son propietarias de pequeñas empresas requieren de créditos y financiamientos al no disponer de suficientes activos y capital para afrontar la crisis.

CEPAL

Por lo que se refiere al turismo, para el 2019 las mujeres ocupaban el 61.5% de los puestos de trabajo, dedicados a actividades de alojamiento y de servicios de comida. Como resultado, el desplome de la economía impactó con fuerza en la posibilidad de trabajo remunerado para estas mujeres.

En relación con el comercio, al por mayor y por menor, optaron por cerrar sus puertas y otros migraron hacia las tiendas online, limitando las posibilidades de las vendedoras para continuar trabajando. Un alto porcentaje (69.5%) trabajan en empresas pequeñas, de menos de 5 personas, por lo cual se prevé que costará mucho su recuperación si no son beneficiarias de políticas fiscales y acompañamiento de los Estados. Al mismo tiempo, la brecha digital crece a niveles agigantados. El teletrabajo y el trabajo remoto no puede ser ejercido por la mayoría de las mujeres del Sur global, dado que el acceso a la internet está condicionado por las empresas prestadoras del servicio; con insuficiente desarrollo de infraestructura tecnológica, y escasa o ninguna presencia del Estado para garantizar el acceso universal a las plataformas digitales. Todos estos factores obligan a las mujeres a retirarse del mercado electrónico.

“En Chile, equivale a alrededor de 150.000 mujeres menos en este sector [doméstico] entre los meses de mayo y julio de 2020.”

En la industria manufacturera, la CEPAL considera que la pandemia impactará en el corte de cadenas globales de suministros y cierre de fábricas. En particular, el desplome de la producción ha provocado que las mujeres centroamericanas, empleadas en maquilas y ensamblajes de firmas transnacionales, queden sin trabajo y vean interrumpida sus trayectorias fabriles.

En cuanto al trabajo doméstico remunerado ha sido muy difícil que las trabajadoras continúen en el sector. En primer lugar, es un trabajo que no es posible llevarlo a cabo de manera remota. Además, enfrentan precarización laboral y las más informales han dejado de percibir su remuneración al no poder asistir a su lugar de trabajo. Aquellas que han continuado trabajando en casas particulares, soportan mayor carga de trabajo doméstico y de cuidados: no sólo están encargadas del cuidado de toda la familia, sino también de las tareas escolares cuando se trata de hogares con niñxs; sufren el incremento de las labores de higiene y limpieza como medidas para evitar el contagio, a pesar de que su salud se encuentra desprotegida ante el mismo.

Feminización del trabajo

Las mujeres también se encuentran en la primera línea de trabajo esencial durante la pandemia. En la economía del cuidado, como la salud y la educación, las mujeres han continuado las labores, trayendo como consecuencia una enorme carga de trabajo y mayores riesgos en su salud. El informe demuestra la desigualdad estructural de género preexistente: ambos son trabajos altamente feminizados y mal pagados.

Asimismo, enfrentan escasa inversión en salud pública y colapsos sanitarios -como los ocurridos en Ecuador y Brasil, por mencionar algunos. Además, se impone una brecha salarial entre mujeres y varones del sector salud. Por ejemplo, en Panamá, Brasil, Chile y Colombia, las trabajadoras esenciales de la salud tienen menos ingresos que sus pares varones. En el caso de la educación, las docentes continuaron dando clases virtuales aunque con dificultades para acceder a herramientas digitales y a equipos tecnológicos. Además, acuerparon a la comunidad educativa, encargándose de las viandas y bolsas de comida repartidas entre lxs alumnxs. En aquellos países que decretaron el regreso a la presencialidad en las escuelas, combinada con jornadas virtuales, se incrementan las tareas docentes; las exponen a riesgos de contagio en las aulas, y le añaden labores de protocolos de desinfección y distanciamiento físico.

“El sector de la salud, además de ser fundamental para el cuidado de la vida, es un sector altamente feminizado: las mujeres alcanzan el 73,2% del total de las personas empleadas en el sector.”

Así pues, a las mujeres trabajadoras se les suma las labores domésticas no remuneradas; están encargadas, en su mayoría, de llevar adelante las tareas de cuidado y de crianza; combinan doble o triple jornada laboral. Aquellas mujeres que trabajan en forma remota o en teletrabajo han visto reducida su capacidad de movilidad y de horas de descanso, porque también trabajan en la educación de sus hijxs.

Por último, el informe rinde indicadores que permiten pensar en ciertas recomendaciones a los Estados nacionales para tomar medidas tendientes a reducir la desigualdad de género en la región: infraestructura pública para los cuidados, políticas laborales, fiscales y sociales que reivindiquen a las mujeres trabajadoras y protejan sus derechos laborales, y garanticen su inclusión en la economía digital.