Domingo 28 de marzo del 2021

Escribe: Pablo Ernesto Suárez (*)

No siempre los historiadores somos fanáticos de las fechas. De hecho, se nos adjudica el latiguillo “es un proceso” como una defensa contra análisis muy puntillosos de determinados hechos o coyunturas.

Pero yo soy de los que les gustan las fechas. Me gusta recordarlas, mi cabeza tira un par de reglas mnemotécnicas -en general las tira automáticamente, sin mi consentimiento- y así retengo muchos datos inútiles incluso para mí.

Eso cuenta para cosas “de historia” como para los cumpleaños familiares por ejemplo. Me los acuerdo todos… o casi todos.

Nunca sabré si entre mi gusto por la historia y mi recordación de fechas hay un vínculo, y no me importa. Debe haber algo que une la subjetividad interna, los modos, los temas recurrentes, etcétera, con los modos de relacionarse con el conocimiento; seguro. Pero no indagaré demasiado en eso.

Como todos nuestros gustos y pasiones, esos puntos en que uno vibra alto, son fieles indicadores del paso del tiempo. Juventud, madurez, vejez, decrepitud, etcétera.

Por ejemplo una señal -llamemosla “mecánica”- de que uno se está viniendo viejo -o grande, para decirlo más piadosamente- es que comienza a dejar de incorporar cumpleaños familiares. Con los cercanos no tengo problemas: de hecho, incluso mi hija mayor nació el día en que su mama cumplía años. Pero con los que se agregan, ahí vienen los problemas.

Mi familia presenta un problema adicional: me llevo muy bien con algunos de mis primos que tuvieron hijos e incluso una de mis primas ya tiene una nieta. El destino me ha dado una mano, y algunos de ellos nacieron en fechas en las que ya había cumpleaños familiares, entonces hay un día, en que además de mi hermana nacieron la hija de una prima y el hijo de otra prima; tres por uno. Mi hijo cumple años el mismo día que el hijo de otra prima; dos por uno.

Pero la señal inequívoca de que la palabra “viejo” no desentona como etiqueta es que una vez que me resigné a no incorporar fechas de nacimientos, salvo que coincidan con algún otro, la vida me ha empujado a incorporar fechas de muertes. La llamaré señal “histórica”. La muerte de mi abuelo por ejemplo, se juntó con el cumpleaños de un sobrino conformando así un dos por uno “mixto” de muerte y nacimiento. Después, a medida que uno crece, razonablemente las fechas fúnebres comenzaron a abundar: mi papá, mi abuela (esta ya no la recuerdo, por ejemplo), y las más recientes de mi mamá y mi hermana.

Y así nuestros familiares comienzan a ser parte de esa gente que tiene sus vidas “cerradas”, como la de los personajes históricos que estudiamos. Con un principio y un fin. Su historia junto a nosotros terminó, queda solo la evocación, el recuerdo que crece en las -ahora- dos fechas en que el almanaque señala su paso por la tierra y los momentos compartidos el tiempo en que coincidimos por aquí.

Me quedan fechas por incorporar, el futuro dirá si esos ingresos desplazan a los que ya existen en mi memoria. Sería bueno elegir, como cuando desinstalamos la app de “Lichess” para instalar el “Cuidar” en nuestros celulares, porque se avecina un viaje. Cambiaría tranquilamente recordar que el 7 de noviembre es el dia del canillita (un gremio que en cualquier momento desaparece) por la muerte de Florencio Sánchez en 1910 (un autor que nadie recuerda) por el cumpleaños de alguien cercano. Ya veremos…

Ya venía pensando en eso desde hace unos meses y en estos días apareció una noticia que movilizó esta presentación que ya venía madurando.

Hoy leí que en el libro de Mauricio Macri hay un error respecto de la fecha de la muerte de su padre. Ya sé que el libro no lo escribió él. Y que es más que nada una burrada del editor y de la editorial. Si aún no lo compraron, esperen a la segunda edición donde ese error se subsanará.

La relación de Macri y del macrismo con la historia y el pasado es un tema muy interesante, sobre los cuales he escrito alguna cosa. Y aun a riesgo de exagerar, voy a arriesgar algunas líneas.

Deberíamos preguntarnos hasta qué punto el macrismo expresa una subjetividad ahistórica o -peor- antihistórica. La nueva derecha argentina ha construido una demonización del pasado sin el mínimo gesto de dignidad de localizarse en él. Volviendo al ámbito familiar, es como si cuando vemos las fotos familiares y vemos que salimos mal negamos nuestra presencia en el registro. Todo lo contrario de mi mamá que podìa llegar a decir “mirá que gorda estaba acá” o mi abuela “que vieja que estoy, nene”.

La derecha argentina quemó la caja de las fotos, borró la carpeta, se desetiquetó, formateó la memoria SD. Y si alguno tiene una copia hace como que no existe, lo ignora. Y cuenta para eso con un gran maquinaria de olvidos.

La confusión de Macri con relación a la fecha de muerte de su padre, ocurrida -además- hace muy poco tiempo define un modo de relacionarse con el pasado, mediante aproximaciones y estimaciones de trazo grueso. Al fin que el pasado es lo que hay que eliminar y desterrar.

Muchas veces siento -y a veces también lo pienso- que este maltrato del pasado -incluso del propio- es uno de los pilares sobre los cuales la nueva derecha construye “sentido común”. La operación consiste demonizar el pasado colectivo -50, 60, 70, 80 años de populismo peronismo, socialismo, etc- y apostar a que la unión de los esforzados triunfadores individuales -acá entra otro pilar: la idea meritocrática- construya el país del futuro.

El mismo gesto se repitió -me recuerda mi amigo Javier- cuando sacaron a los próceres de los billetes para poner animales para “dejar atrás la muerte”, sin chequear además si los animales elegidos estaban vivos al momento de ser retratados (?).

Finalmente, no quiero decir que olvidarse las fechas sea causal de destierro. De hecho, tengo uno o dos amigos a los que les pasa lo mismo que a Macri y los considero amigos. Pero quizás haya en el olvido de Macri o en la falta de control de sus editores un gesto respecto del pasado que -junto a otros que Macri y la nueva derecha encarnan- explica algunos rasgos de las construcciones políticas con que llenan los diarios y las redes y cada tanto, algunas plazas.

El otro día le pregunté a mi psiquiatra
– Pero entonces, doctor: ¿yo estudio historia porque me gustan las fechas, o me gustan las fechas por que estudio historia?
– ”Is in pricisi”.

 

(*) Historiador y redactor publicitario