Edad de imputabilidad

 

Detrás de los menores hay adultos

morreliLos chicos crecieron con la insensibilidad de un sistema que los apartó de todo. En medio de la desesperación más absoluta de quien se sabe sin techo, sin comida, sin afecto y sin futuro, apareció un ejército de púberes dispuestos a tomar la calle por asalto con el inconsciente objetivo de poner fin a su suplicio.

En cualquier esquina donde dos escobas y un manojo de ruleros conviven barriendo las hojas amarillas del otoño, se escucha la repetida frase: “Son cada vez más jóvenes”.

“Devolver al menor al proceso penal es darle las mismas garantías que tenemos nosotros”, dice el juez de la Corte Suprema Eugenio Zaffaroni, defensor de la idea de no bajar la edad de imputabilidad.

El Juez de menores de La Matanza Rodolfo Brizuela, opinó que “bajar la edad de imputabilidad sería una locura, dado que esos niños, en definitiva, no son delincuentes sino victimas de la exclusión social. Los jóvenes entre 14 y 16 años son inimputables y el objetivo que nos proponemos al trasladarlos a hogares de menores tiene que ver con cuidarlos y protegerlos de los riesgos de la calle, no con privarlos de su libertad. Darles la posibilidad de defenderse en un proceso penal es absolutamente absurdo, dado que no tienen nada de que defenderse. No son punibles”.

La palabra de este magistrado es más que autorizada, lleva 14 años trabajando con menores y pasó tres años de su infancia –de los 9 a los 12- en una institución de General Rodríguez, luego de que murieron sus padres.

“Me cansé de escuchar que los chicos son el futuro. Ellos son el presente y hay que cuidarlos”, remató su idea el jurista en una entrevista en la Revista Veintitrés.

Una cuestión a tener en cuenta sobre el escenario actual es que estamos frente a la cosecha de una siembra putrefacta y errada. Elpidio Isla, en una edición de abril del periódico El Argentino, nos da una pista en su nota titulada “¿De qué hablábamos hace 14 años?”. Sandra Russo, en Página/12, remata el concepto con otra frase demoledora: “14 años tienen las AFJP”, exactamente la edad a la que quieren llevar la imputabilidad para los pequeños.

El de la AFJP es un ejemplo paradigmático. Hombres y mujeres que fueron seducidos y engañados por ese mensaje de una adultez pacífica y económicamente vigorosa, con hijos que se desempeñarían en un país repleto de oportunidades que serían brindadas por grandísimas y millonarias empresas multinacionales, y recibidos en efectivas universidades públicas que les darían todos los elementos para aprovechar la prolífica oferta laboral, que vivirían tomándose vacaciones en el exterior y pagando la cuota del colegio de los nietos de los adultos mayores aefejotapeizados.

Nada de eso fue cierto, sí los cartoneros, clases medias que migraron a asentamientos, superpoblación bajo puentes, trenes blancos, asambleas barriales, microemprendedores sacrificados, auto gestionados por el pancho y la coca, ingenieros taxistas, profesionales emigrantes, capitales golondrina, etc, etc, se contaron de a miles. En la década del 90 se sembró el debate de la baja de la edad de imputabilidad de estos días, y casi nadie lo advirtió.

El ya citado Elpidio Isla nos ayuda a refrescar la idea. ¿De qué estábamos hablando cuando nacían estos pibes que ahora tienen 14 años, y asesinan de 14 tiros, para conseguir 14 mangos? La reflexión es sencilla pero pocos se hacen cargo: Detrás de los menores hay adultos.

En cualquier esquina donde dos escobas y un manojo de ruleros conviven barriendo las hojas amarillas del otoño, se escucha la repetida frase: “Son cada vez más jóvenes”.