Bingo Fuel y Porco Rex: La única libertad es la soledad

Bingo Fuel y Porco Rex discurren sobre la trama del perdido, del que no llega, del que queda a pasos de poseer el deseo que pronto se transforma en desencanto.

La marcada presencia de una subjetividad que transita las sinuosas y amenazantes reglas del juego –el amor, el encierro, la búsqueda de soledad- en Porco Rex tiene una prehistoria en Bingo Fuel, aquí el sujeto es también individual, pero su individuación forma parte de un juego colectivo “Juegan a “primero yo” y después a “también yo” Y a “las migas para mí” y cierran el juego porque ya saben”. En este caso, el individuo se hace uno por oposición a otro, en la medida en que “Van a ver quién se come a quién esta vez”. Deviene, pues, indefectiblemente, un sujeto cultural que transita por las calles y sus vidrieras, que se ilumina en las luces artificiales de una ciudad que no hace sino estremecer su ceguera: el tesoro que no ves, la pregunta por el sitio final del recorrido “¿Cuál es un viento favorable, en fin, para el que ve que no sabe que el puerto está en buen destino?”.

Bingo fuel señala los lineamientos culturales “Te obligan siempre a volar así
en bingo-fuel y ametrallado a sopapos que la costumbre da por el mandato ruin de los muertos”, en donde el sujeto cultural que transita la ciudad no encuentra más oferta que reproducir los mandatos, vomitarlos, volverlos contra los demás o contra sí mismo.

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Lo que se sabe ciertamente es que en esta ciudad del fetiche “ mi vida no anda más” (“los papis no dan más, no bancan”), pero la huida es una opción no siempre acertada: es en este punto en donde cielo e infierno se confunden en un mismo pedazo de tierra enlodado, en donde, quien más quien menos, todos terminan embarrándose. Se puede seguir el cielo como en To beef or no to beef, el trip to gringolandia en donde el paraíso está plagado de frititos; se puede optar por el paseo gentil “Muchos infiernos, diversos, ví y sin embargo yo aquí paseo voy apilando puteadas y sigo ofreciendo mis gentilezas” o por la carrera veloz “Vas corriendo con tus Nikes y las balas van detrás (lo que duele no es la goma sino su velocidad) En el cagadero no hay gato más triste sin moda de callejón”. Pero las opciones, luminosas en un primer vistazo, van mostrando en el caminar la otra cara de la luz: la opacidad de un mundo de cotillón, de lo que habita detrás de los maquillajes, de las grietas que se abren en la contemplación de lo inasible.

En la ciudad propuesta en Bingo Fuel, zapatillas de marca, tecnología, y otros bienes se compran al precio en un sitio donde el infierno se transforma en encantador. Hechizados, sus habitantes asimilan las prendas de sus propios destierros para emprender una carrera hacia el vacío, cubierta de máscaras, donde los ofrecimientos se transforman en parcelas segmentadas de placer. La cultura Niké pisa el barro de suelos sin pavimentar e ilusorias fantasmagorías.

Los protagonistas de El Tesoro de los inocentes (bingo fuel) viven en el tiempo de lo efímero: de la evasión, del salto, del sopapo. A su paso los decorados se derrumban, dando cuenta de las fantasmagorías de los “almacenes coloridos a los que llamás “Ciudad”. Queda como resguardo un frágil sentir constantemente asediado por la industria cultural que envuelve “con canciones indoloras como hilo musical”.

Los errantes protagonistas de Bingo Fuel forman parte del desfile de “carroñeros que te rajan la careta de MTV latina”, al tiempo que despiertan de la inocencia (que no ves) con una cachetada plástica que en lugar de abrir los ojos los cierra, de modo que los milagros estén “de tu lado”, de modo que las aguas sean dulces “aunque te sientas mal”.

El mundo de Porco Rex es el del paseante solitario que se escabulle de un ambiente opaco y vulgar. El rock abandonó su voluntad de trasgresión, su ansiedad eléctrica de derribar puertas y se deja acariciar el lomo como perro amansado por las manos de los que hacen del arte un formidable negocio, en esas “manos de pavotes todo el sueño quedó” En este contexto la opción parece ser el aislamiento, el auto encierro y el refugio en “los placeres que quedan sin dañar”.

El individuo vuelve la mirada hacia su propio rostro y cree encontrar en el amor el último reducto no contaminado donde puede habitar la trascendencia pero también advierte que “nunca hay terreno sagrado”. El amor es posible, en la medida en que se manifieste como deseo, es decir, mientras no se pueda poseer.

La soledad es el terreno inevitable donde Porco Rex se pierde en la búsqueda del ser amado y alcanza a rozarlo con los dedos del recuerdo, la nostalgia y nada de lo que le gusta extrañar. El Otro siempre es ajeno, extraño, un mundo que no puede superar las fronteras del propio cuerpo para conformar una unidad y aún si lograra abarcarlo siempre estaría acechando la sombra de la futura pérdida porque sabe que para todo mortal el destino es la oscuridad.

Queda un último refugio, el de los sueños. Allí puede aspirar a la ligereza del descanso, a la quietud del encuentro pero sobre todo, en un mundo rebasado por el desencanto, el verdadero sueño es poder soñar.

Entonces, la poética de Porco Rex encarna la batalla del hombre solo contra su propia fragmentación. La luz y la oscuridad son las dos caras que devuelve el reflejo de un espejo hecho añicos. Apolo y Dionisios, Eros y Thánatos, en definitiva, la lucha entre las pulsiones elementales que se desenvuelve en su interior y de la que no se alcanza a vislumbrar el vencedor ni el vencido.

El arte de tapa acompaña la poesía de imágenes lisérgicas. No hay un recorrido lineal, sino una multiplicidad de sensaciones a veces contradictorias. No hay narración porque el tiempo de Porco Rex es el presente, el instante mismo que invita a brindar por los rayos de la luz que lo alumbra hoy.

Sin embargo, aunque la búsqueda solo pueda resolverse en la eternidad, desde Zaratustra sabemos que el arte persiste colmando de nuevos valores los detalles donde el dios moribundo no está presente y en ese sentido Porco Rex cumple con su destino.

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