Ciudad con Alma

En este breve informe nos propusimos pensar los disparadores –teóricos y literarios- que nos conduzcan –ofreciéndonos nuevos y viejos sentidos- hacia una hipótesis que pretendemos transitar: la ciudad como objeto-sujeto. Esto nos lleva a pensar en la pasivización de las almas que la transitan. ¿Qué pasa cuando las autopistas nos conducen, en lugar de conducir nosotros en ellas? ¿Miramos nuestro entorno? ¿Por qué nos detenemos ante enormes carteles publicitarios que capturan nuestra mirada?

Uno de los posibles recorridos que nos ofrece la Ciudad de Buenos Aires es pensarla como un objeto-sujeto e, incluso, como un sujeto activo; la ciudad sin alma de la que habláramos. Surge, inevitable, una pregunta: ¿Hasta qué punto Buenos Aires nos habita? Frederic Jameson, en su descripción del Bonaventure Hotel, nos ha revelado cómo una construcción, propia de la urbanística pos moderna, instaura un sistema independizado de los sujetos que la transitan. Más aún, podríamos decir, un espacio que promueve la pasivización de quienes lo recorren. Es así como las escaleras mecánicas y los ascensores (en donde los cuerpos son trasportados) reemplazan los paseos citadinos y la observación- apropiación (activa) del entorno. Ya no existe la elección de detenerse en los volúmenes que nos interpelan: otros guiarán nuestros ojos y nuestras andanzas. Vemos, de este modo, la construcción de un ciudadano- engranaje, presto a ser conducido por las máquinas, hacia donde ellas decidan. En el caso del Bonaventure Hotel, hacia la confitería giratoria, en donde las almas encerradas son movidas para observar –contemplar– los paisajes que le imponen a sus ojos por los vidrios espejados.

obelisco

Podemos tomar también el caso de Casa Tomada de Julio Cortázar.

¿Qué sucede cuando la derrota es producto de una aceptación pasiva de los poderes vigentes?

Los hermanos de Casa tomada aceptan desde el silencio y la pasividad que sus cuerpos sean escritos y leídos: “Estábamos bien y, poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar”.

Los protagonistas de Casa tomada (un hermano y una hermana) habitan un espacio común del que resultan expulsados por un invasor inidentificable e innominado. Desde un comienzo podemos leer cómo esos cuerpos son asediados por el espacio (la casa). En efecto, la casa “los habita”; circunstancia que revela la dicotomía entre actantes y “actuados” que tiene lugar en todo el relato “A veces llegamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos”, dice el narrador. La casa se presenta como “un adentro” total que se opone al afuera como instancia clausurada. Sin embargo, hermana y hermano recorren en formas distintas la distancia que separa el afuera del adentro. Irene representa de un modo más nítido el “adentro”: la casa, la cocina, el bordado. Es su hermano quien elige la lana con la que Irene emprende su bordado, es él quien la compra y elige los colores “Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas”. Los géneros imponen una distribución de roles; roles que, una vez más, son aceptados en forma pasiva, natural. Irene, cuyo ámbito es el hogar, se caracteriza por el silencio y la docilidad “Irene era una chica nacida para no molestar a nadie”. Su espacio es el ámbito doméstico, el de su hermano contiene predicados que lo ligan a la calle y la literatura (la cultura) “Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa”. Roles, predicados, disposiciones y acciones se someten al poder regulador que fija las existencias y crea los significados (significados que se derivan en conductas firmemente ligadas a los cuerpos) “como un volumen en perpetua desintegración, el cuerpo está siempre sitiado, sufriendo la destrucción por parte de los verdaderos términos de la historia. Y la historia es la creación de valores y significados de una práctica significante que requiere la sumisión del cuerpo”.

En Casa tomada la presencia destructora que arroja a los hermanos a la calle es un “puro efecto” cuya motivación y rostro aparece elidido. Es una presencia que se confunde con el espacio y, de este modo, se instala como un vacío instrumental, una no-presencia. Tal como afirma Rosario Campra, en el fantástico cortazariano, la pregunta por el “qué quiere decir” que suscitan los no dichos textuales se deriva en la pregunta acerca de “qué es lo no dicho”. Efectivamente, la pregunta por una ausencia (textual, discursiva, argumentativa) recorre el relato auspiciando un quiebre entre un hipotético Lector Modelo y los protagonistas del relato. Todas las miradas se dirigen hacia la explicación del “significado” de esa presencia destructiva que “trabaja” desde las sombras, menos la de los protagonistas que aceptan la invasión de un modo tranquilo, apacible, dócil y natural “tendremos que vivir en este lado”. La diferencia genérica que separa los roles de los protagonistas (su distribución en la dicotomía dentro/ fuera) resulta igualada por la presencia invasora que los reduce a dos entes pasivos y los complementa en sus actividades domésticas.

El sujeto tácito (que sobrevuela la sintaxis del relato) supone un actor que está presente como efecto discursivo pero ausente como referente textual “Han tomado la parte del fondo”. Esta posición ambivalente de un sujeto presente (en sus efectos) y a la vez ausente (como referente y presencia identificable) puede, también, conducirnos a pensar en la figura del panóptico (figura espacial que presupone un perfeccionamiento de los mecanismos de control y regulación de los sujetos). El panóptico se erige como una de las grandes “trampas” que el poder ha inventado en su intento de manipular y controlar las relaciones que los hombres establecen con su vida cotidiana. La figura del panóptico supone un quiebre de la relación ver- ser visto, “la visibilidad es una trampa”: “es visto pero él no ve; objeto de una información, jamás sujeto de una comunicación”. Poco importa quién ejerza el poder: la base y el poder del panoptismo se relaciona con saberse siempre e ininterrumpidamente vigilado. De esta forma, una sujeción real se deriva de una relación ficticia (puede no haber nadie que controle; los cuerpos seguirán respondiendo a la mecánica de la vigilancia, del poder de una mirada que los sigue y observa en cada uno de sus movimientos). Como lo que ocurre con el invasor innominado, la base de este poder radica en la eficacia de sus efectos “(…) el poder externo puede aligerar su peso físico; tiende a lo incorpóreo; y cuanto más se acerca a este límite, más constantes, profundos, adquiridos de una vez para siempre e incesantemente prolongados son sus efectos: perpetua victoria que evita todo enfrentamiento físico y que siempre se juega de antemano”. El poder incorpóreo destierra las complicaciones de una batalla física: discurre en la sombras y, desde allí, instala su trampa.

Los hermanos de Casa tomada son expulsados de su hogar por una fuerza incorpórea que va avanzando y ocupando lugares y a la que ellos no ofrecen ninguna resistencia. Sin un discurso que pugne por defender su territorio (tras la renuncia a toda lucha o resistencia mental, lingüística y corporal), ambos ocupantes se transforman en un puro cuerpo que va siendo, poco a poco, ocupado por un “otro” hostil, extraño e indefinido. El sujeto tácito deviene un sujeto agente que “actúa” sobre los cuerpos dóciles: éstos son, paulatinamente, “actuados”, “ocupados” y, finalmente, “expulsados”.

La invasión del cuerpo y del espacio propio es aceptada sin vacilaciones. El invasor actúa absorbiendo los cuerpos, los espacios, las voces e incluso la propia capacidad de pensar y articular un discurso alternativo. Los habitantes de la casa devienen sujetos pacientes de una acción que llega desde el exterior y los conduce al afuera.

Su estrategia de no resistencia les impide actuar. Se convertirán, pues, en sujetos “actuados”. La casa es tomada y ellos adoptan los predicados de ese espacio que, desde un principio, parece “habitarlos”. En efecto, ambos hermanos van adoptando un carácter de objeto sin conciencia, sin lenguaje, sin capacidad de resistir a los poderes que lo manipulan y trasladan de adentro a afuera, de afuera a adentro. Paradoja del poder: transforma al individuo en sujeto pero el sujeto se vuelve objeto (se trata de un sujeto altamente cosificado que expresa una relación de sujeción).