El Arbol de Paltas y la Educación

El periódico titulaba “Un hombre murió de hambre” y nada más tristemente corriente nos llamó la atención. Índices, números, estadísticas y encabezados grandilocuentes hacen, si están bien conjugados, al éxito o al fracaso comercial a la hora de vender un diario.
Pero si bien esta nota no tenía otro destino más que el de rellenar un espacio en un papel, se adjuntaba a la crónica una foto del hombre fallecido. La imagen mostraba los restos del hambreado recostado bajo un árbol e intentaba retratar el desgarrador gestus de la muerte. Y lo conseguía, lo lograba. Nada puede mejorarnos una vez muertos excepto pasar a ser un buen recuerdo. Pero en todo caso, qué sentido tendría este fútil intento periodístico por destacar el horror de la cara de alguien que ve aun conciente venir fatal e implacable a la muerte segadora y que escucha acercarse sigilosos los remos de Caronte como preludio a su final, más que estimular el morbo idiota de un posible comprador deseoso de emociones fuertes y de nutrir su charla de café matutina con torpes exclamaciones del calibre de “mirá a este pobre infeliz”, o “Como esta el país” mientras internamente un alivio embriagador, catártico, lo lleva al sentimiento inconfesable y al elemental razonamiento de “Yo debo estar haciendo las cosas bien, a mi esto no me puede pasar, estas cosas le pasan a otros”.

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Todo habría acabado allí, dando vuelta la página y puteando a estos diarios, a estos periodistas, y a los por siempre culpables del hambre y a su insistencia en modelos, planes y contra planes para sostener un sistema económico perverso y decadente. Pero no fue así esta vez, ya que la fotografía contenía imperceptible de momento la metáfora más acabada para esta o para todas las tragedias posibles e imaginables. El cuerpo inerte yacía a la sombra de un árbol de Paltas. Podía verse al grandioso y eterno vegetal con sus frutos maduros, a tiempo, en estación. Pensé en este hombre, en su hambre y en tamaña ironía. Me pregunté si no habría visto el fruto, si no se habría animado a comerlos, si no sabría que estos son frutos comestibles.
Pensé en la importancia de la educación, ya que la ironía no resuelve los problemas, no crea conciencia, no nos da armas consistentes, duraderas, para poder enfrentar la adversidad. La ironía es inmediata, un juego de palabras, de sentidos y contra sentidos domésticos y coyunturales generalmente esgrimidos y guiados por la emoción más primaria y vulgar.
Pensé en la educación otra vez y me pregunté ¿si este hombre hubiese recogido los frutos del árbol habría muerto de inanición?, IDIOTA, me dije, nadie puede vivir a base de paltas y menos de un árbol del estado, si es que la plaza o el predio donde se encontraba este árbol aun seguía siendo pública. Un gran esfuerzo hace uno por no caer en el lugar común, en la ecuación grotesca de “En este país con la cantidad de vacas que tenemos” y todo el tipo de comentarios imbéciles que suceden a este.
¿Pero este hombre habría muerto de inanición o habría muerto de tristeza al saberse acorralado en la intemperie, en el olvido urbano, y en todas las geometrías opresivas posibles?.
Di vuelta la página, el hombre había muerto. Pensé en la educación, y a mi memoria vino el recuerdo de una escuela en la que había estado. Un edificio enorme, un patio gigantesco y un árbol de paltas que vive allí, al que es necesario montarse de a dos o de a tres para comer sus frutos.
El hombre había muerto y yo… yo pensé en la educación.