Tras las rejas

“Vamos a seguir sumando esfuerzos porque queremos que los vecinos vuelvan a disfrutar del espacio público como punto de encuentro y recreación, sin miedo y en libertad”. La frase salió de boca del Jefe de Gobierno Mauricio Macri, el pasado mes de enero, al inaugurar la remodelación de la emblemática Plaza Miserere en el barrio de Once. El dicho y la acción parecen contradictorios: ese espacio goza de una cantidad indisimulable de metros cuadrados de rejas que coartan la libertad de acceso, embellecidos por una gran cantidad de kilos de cemento.

A pesar de la sensación reinante, la moda de ponerle rejas a las plazas y espacios de acceso público no nació del privilegiado cráneo del ex presidente de Boca y su séquito de funcionarios. Lo que sí es cierto es que la actual gestión porteña ha hecho una bandera de campaña política en esto de recuperar los espacios verdes para la ciudadanía. Algo que parece poco probable si la decisión implica poner rejas por doquier.

A mediados de este año comenzará un ambicioso plan de obra para recuperar la antigua fisonomía de las 8 hectáreas que comprenden al Parque Lezama, en San Telmo. Se invertirán más de 20 millones de pesos durante 18 meses de obras, que incluyen la colocación de rejas y cámaras de seguridad. Sí, cámaras de seguridad.

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En Capital Federal ya existen más de 21 kilómetros de rejas en torno a los espacios verdes, diseminados en más de 60 parques, plazas, plazoletas, jardines y patios. Equivalen a un tercio del perímetro de la ciudad, calculado en 60,5 kilómetros. Y esa masa monumental de hierro alcanzaría para cercar casi toda la avenida General Paz, que mide 24 kilómetros.

Pero en toda cárcel debe haber guardiacárceles. El domingo 1 de marzo, Mauricio Macri inauguró el periodo de sesiones ordinarias de la Legislatura Porteña. Entre varias referencias políticas, prometió que en el 2009 se sumarán 180 guardianes a los 126 que existen actualmente, en 22 plazas y parques porteños. Es decir que en los próximos meses serán más de 300. Su función es, según el sitio web del Ministerio de Ambiente y Espacio Público, “orientar al vecino para que hagan un buen uso y puedan disfrutar de los espacios verdes, educar sobre las normas básicas de convivencia en espacios públicos, mantener la limpieza y orden de la plaza, controlar las actividades que están prohibidas y efectuar las actas contravencionales”.

Rejas, cámaras de seguridad y guardianes de plaza en los espacios públicos porteños. No es una fantasía paranoica. La sensación de encierro carcelario, vigilancia constante y la acotación a los límites de la libertad de tránsito y acción son cada día más reales.

Entre las rejas y los guardianes, la metáfora de “celda a cielo abierto” es cada vez más fácil de imaginar. Es peligroso pensar que las generaciones futuras darán la significación a la “plaza” cuando vean una manzana enrejada. Por lo pronto ya hay una variable semiótica: ya no hablamos de espacio abierto sino de espacio al aire libre. Hay que meditar sobre esto y relacionar, por ejemplo, las marchas de las Madres reclamando por la aparición de sus hijos durante la dictadura; o la aparición de las asambleas vecinales en plena crisis del 2001. Estos dos fenómenos hubiesen sido imposibles en la enrejada y vigilada actualidad. Ni pensar en la proliferación de expresiones culturales y sociales, que deben limitarse a existir sólo de 8 a 20, cuando las puertas están abiertas. De la casa al trabajo, y del trabajo a la casa.

También aparece la mutación del espacio público al espacio limitado, o privado de libertad de acceso. Los vecinos porteños son distraídos con actividades o festivales que cada tanto organiza el Gobierno Porteño en una de estas “celdas a cielo abierto”. Aquí aparece la necesidad de entretener mientras se comete la atrocidad. Aparecemos tenidos-entre, que es parecido a entre-tenidos, y muy similar a distraídos. En épocas de campaña política se dice que si uno se queda parado en una esquina sufre el riesgo de ser empapelado con un afiche. En este sentido se podría decir que hoy en día, si uno se queda parado en una plaza corre el riesgo de quedar encerrado, a la espera que cambie el día para que el guardián le abra la puerta.

Desde otra perspectiva, la edición de marzo de 2008 de “Le Monde Diplomatique” publica que “pensando que plazas y parques no deberían ser consideradas como un adorno urbano sino como garantes de la salud psicofísica de la población y de la regulación del clima, y a pesar de que la Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda la existencia de 10 a 15 metros cuadrados de espacios verdes por habitante, la especulación inmobiliaria y la inercia de los sucesivos gobiernos determinaron que cada porteño sólo disponga de 7”.

No solo no hay previsión en la cantidad de espacios verdes necesarios en una Ciudad (enrejados o no), sino que también aquí tenemos una clara muestra de desinterés político hacia los barrios más humildes o marginales. Le Monde agrega que “según un estudio realizado hace algunos años por la Facultad de Arquitectura de la UBA, mientras Palermo concentra el 32 % del verde urbano, Almagro participa con apenas el 0,10”.

Como dato vale agregar que la página web del Ministerio que encabeza Juan Pablo Piccardo, informa que en la Ciudad de Buenos Aires existen 821 espacios verdes que son mantenidos por 5 empresas distintas. La zona sur, correspondiente a los CGP 8 y 9 –barrios Villa Riachuelo, Villa Lugano y Villa Soldati, están bajo responsabilidad de la gestión porteña, al parecer ninguna empresa quiso licitar por esos pagos-. Se sabe que muchos de estos espacios son lugares abandonados, alejados de la población, o demasiado pequeños si aparecen en zonas habitadas.

Las empresas que ganaron las licitaciones porteñas para mantener los espacios públicos son Urbaser, Salvatori, Mantelectric, TAYM y Ecología Urbana. En la página web de Mantelectric se detallan  tres décadas de servicios prestados al Estadio Nacional, de la Ciudad, de provincias del interior y de municipios bonaerenses. TAYM es una empresa de CLIBA.

UN POCO DE HISTORIA

Pero la ola enrejadora no comenzó con el ingeniero. El primero habría sido Jorge “topadora” Domínguez, que en junio de 1996 inauguró un cerco de 500 metros que rodeó al Rosedal de Palermo.

En abril de 1998, el diario La Nación publicó que la administración de Fernando De La Rúa había puesto 400 metros de empalizada a la parte trasera del parque Thays. Con otros 130 metros, rodeó la plazoleta Julio Cortázar, epicentro de Palermo Soho, e instaló 300 metros más alrededor del piletón de yatemodelismo de Recoleta (que fue enrejado por segunda vez durante la gestión de Aníbal Ibarra, que también terminó por completo el trabajo en el parque Thays).

Carlos Grosso le adjudicó a empresas la responsabilidad de cuidar los espacios públicos a cambio de que emplazaran el mobiliario urbano. Es decir, la Ciudad renunció a su competencia en esos espacios y casi dejaron de pertenecerles.

Entre la crisis del 2001 y principios del 2007, la inversión en rejas para cercar parques y plazas alcanzó a 1.800.015 pesos. No se sabe cuánto hubo que invertir hasta ese entonces. Ese trabajo fue realizado por la ex Dirección de Espacios Verdes, que en 2006 fue transferida a la cartera de Espacio Público. La información desapareció como la libertad de ingresar a las plazas en cualquier horario.