¡Se siente, Se siente!

Y uno se pregunta: ya que esos justicieros están tan locos de ganas de matar, ¿por qué no exigen la pena de muerte contra la injusticia social? ¿Es justo un mundo que cada minuto destina tres millones de dólares a los gastos militares, mientras cada minuto mueren quince niños por hambre o enfermedad curable? ¿Contra quién se arma hasta los dientes la llamada comunidad internacional? ¿Contra la pobreza o contra los pobres?.

Hay innumerables frases del genial Eduardo Galeano en “Disculpen la molestia”, nota para Página/12 del 8 de mayo, que permitirían dar el puntapié inicial a este humilde texto. Pero por algún lado hay que empezar, y sobre inseguridad siempre se empieza por el mismo lugar: mano dura. Y si no funciona, más mano dura. Y si el plan sigue fallando, más policías y pena de muerte. La apuesta se redobla cada vez. ¿Pero qué sucederá cuándo ya no existan más alternativas para potenciar el discurso que castiga?

Desde hace meses se instaló públicamente el concepto de “sensación de inseguridad”. Algo así como un alegato religioso que deja de lado los datos empíricos para dedicarse a las creencias populares de que vivimos en riesgo constante. Lo cierto es que todas las recolecciones estadísticas de esta problemática muestra que no estamos ni mejor ni peor que antes.

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Palabra autorizada, el sociólogo Gabriel Kessler, investigador de CONICET y profesor de la Universidad de General Sarmiento, dice en la revista Veintitrés que “el sentimiento de inseguridad tiene una autonomía relativa frente al delito. En general, ese sentimiento crece cuando el delito aumenta, pero aún si después el delito desciende, la sensación de inseguridad se puede mantener alta”.

“En las grandes urbes latinoamericanas, las tasas de victimización (personas que sufren delitos) van del 30 al 40 %, y las de temor a sufrir un delito ascienden entre el 70 u 80%. La lógica es que el temor duplica las tasas del delito. Sucede lo mismo en Europa”, agrega Kessler, y pone de manifiesto que la realidad es distinta a lo que se percibe.

¿Pero cuál es la realidad? ¿Lo que empíricamente se manifiesta o la interpretación que la sociedad hace de esa manifestación? “A nivel político, la inseguridad es siempre una sensación. Testimonia la dificultad del Estado de garantizar a la población un riesgo aceptable en los espacios públicos y privados (…) Pero que sea una sensación no desmerece su estatus de realidad y de problema político. Una sensación es algo real”, dice Kessler.

La única verdad es la realidad, decía el General. Lo que habría que intentar dilucidar es quiénes y por qué se empeñan en manipular y usufructuar esta supuesta ola de terror que nos pone en jaque como sociedad, y nos obliga a pegar un timonazo. Lamentablemente, el cambio más viable en estos casos siempre es virar a la derecha.

Según explica el sociólogo, “la sensación de inseguridad tiene consecuencias nocivas en la sociedad: genera la deslegitimación de la justicia penal, favorece la idea de la justicia por mano propia, favorece el armamentismo personal, aumenta la desconfianza, y produce mayor desigualdad porque la protección se centra en los lugares de mayor poder económico”.

Pero existe la obligación moral de poner de manifiesto que el “gran pueblo argentino salud” no quedó dividido entre clases marginadas ultra necesitadas y con la única opción del delito, y aquellos que figuran en la lista negra de ser virtuales víctimas, por mera casualidad.

¿Quiénes administran el miedo, la inseguridad y la desigualdad? Los victimarios más brutales no habitan en asentamientos, sino en grandes barrios privados con altos muros o en torres espejadas con vista al río. Así como las victimas no son sólo aquellos de clase media con auto, tele e internet en casa; sino una gran masa desclasada y fuera de todo.

En este caso, una realidad irrefutable indica que no se resalta como se debería la evidente interconexión entre la desigualdad social y económica y la miseria, con los delitos contra la propiedad.

La claridad de Kessler en la entrevista con la revista Veintitrés indica que el fenómeno actual de sensación de inseguridad produjo una “Deslocalización y desidentificación del peligro”. Es decir que se rompe con el prejuicio pero de modo negativo, porque apremia la idea de que cualquiera puede ser un delincuente y de que en cualquier lado se puede producir un delito. La mesa servida para los amantes del conservadurismo en todas sus vertientes. ¿Quién habrá fomentado este escenario?

Sin embargo, los Blumberg o cualquier dolorido familiar de alguna victima de inseguridad no son un invento de nuestro país. En los años ochenta en Estados Unidos, los sectores conservadores comenzaron a las victimas en el centro de los debates penales para ganar encrucijadas judiciales y fomentar una reforma del código.

Lo que también vale aclarar es que la tasa de homicidios en Estados Unidos es más alta en aquellos estados que tienen pena de muerte.

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CADA UNO SIENTE LO QUE QUIERE, PERO LOS DATOS NO SE DISCUTEN

Aúno no están disponibles los datos del 2008, que según se dice no son tan distintos a los del 2007. En ese año, las victimas de accidente de tránsito casi duplican a las de homicidio doloso (3.762 contra 2.071).

Según el Ministerio de Justicia, Seguridad y Derechos Humanos, la tasa de homicidios desciende cada año desde el 2002. En el 2007, en Argentina hubo 5,1 homicidios cada 100 mil personas, en Estados Unidos 5,4; en toda América Latina fue de 25, en América Central de 43,4; y en nuestro vecino y pujante Brasil de 31.