Editorial 1 #NoNosQuedaOtra 27 de abril

Ayer, por cuarta vez, la Ciudad de Buenos Aires eligió la opción del neoliberalismo. Y digo cuarta vez porque en el 2003 cuando Macri se presentaba curiosamente con Horacio Rodríguez Careta, obtenía el 37,5, sacándole el 4% de ventaja a la fórmula de Ibarra-Telerman que después ganaría en la segunda vuelta. Hace por lo menos doce años que esta ciudad se identifica con el modelo del éxito empresarial que privilegia lo privado por sobre lo público y lo individual por sobre lo colectivo. Tamaña repetición la de los porteños. Y Digo repetición y no puedo evitar acudir al viejo Freud: La repetición tiene que ver con lo traumático y lo traumático está relacionado con lo siniestro que no se puede elaborar. La repetición viene a expresar aquello que no se puede decir con palabras. La repetición de lo mismo, de lo igual que nunca es exactamente igual, pero que remite a algo de ese orden. Es el síntoma social que se repite cada cuatro años. El síntoma enmascara al sujeto (o a la sociedad), toma el cuerpo y gobierna esa parte del goce que se resiste a ser resuelta. El porteño no quiere perder esa instancia de placer irresistible que podríamos llamar… ¿Consumo? ¿Triunfalismo? ¿Cosmética?

Desde las cuatro de la tarde, Jorgito (Rial) lanzó en twitter su propia boca de urna que adjudicaba una victoria cómoda del PRO. 28 para “Él”, 19 para “Ella”, 16 para “Galancito”, 14 para “Aerolíneas” y 5 y medio para “Hormiguita”. Lamentablemente no se equivocó. Y ese es tal vez uno de los indicadores de lo que pasó ayer. El rey de los chimentos y los espectáculos tiene la posta sobre la decisión política de las mayorías en la capital de nuestro país.

Desde los laboratorios del imperialismo, ya tenían preparados los tubos de ensayo para verter el líquido amarillo. Un partido exitoso que por tercera o cuarta vez era elegido por el pueblo y, no por cualquiera, sino por uno históricamente más rico, culto y opresor que el resto del país. Mauricio llegó a la política ensayando, quizá, el primer golpe blando perpetrado en nuestra tierra: el golpe político a Aníbal Ibarra. La república de Cromagnon no fue sólo el escenario en dónde se produjo la dolorosa tragedia que todos conocemos sino también el escenario para que el exitoso presidente de un club de fútbol entrara por la ventana a la vida política de nuestro pueblo.

La estrategia de Durán Barba de polarizar a los candidatos del PRO funcionó como un mediomundo que sacó muchos pescados. Cuesta entender cómo entre los propios compañeros más de uno haya votado en la interna del macrismo. Ahí también se expresa la repetición.

Los hinchas de Boca que nacimos justo después de la dictadura militar, tuvimos que esperar 10 años para ver campeón a nuestro club. El 20 de diciembre de 1992, Boca Juniors conquistó su título 16 y terminó con once años de sequía. Yo estaba en la cancha con mi viejo y me acuerdo con precisión de aquél gol de Beneti. Medio equipo de San Martín de Tucumán se corrió y la pelota entró casi caminando al lado de un palo. Fue la primera vez que grité campeón. Por esa época la fórmula Alegre-Heller venía trabajando para salvar a Boca de la quiebra. Cuando en 1995, Macri ganó las elecciones el club ya estaba en condiciones económicas mucho más saludables que en la década anterior. Boca ganó 6 campeonatos, tres copas libertadores y dos Intercontinentales en la gestión de Mauricio pero quedó endeudada. La ciudad de Buenos Aires debe asumir ahora una deuda de 1600 millones de dólares. Se cerraron más de 500 centros culturales. La UCEP, Unidad de Control del Espacio Público, desalojó familias enteras dejándolas en la calle. Los hospitales y las escuelas se caen a pedazos, pero los porteños siguen votando por un supuesto modelo de éxito.

La pregunta es ¿por qué Macri tiene éxito?. Se me ocurre una sola respuesta: porque gana. Y claro, uno se pregunta por qué gana si no resolvió casi ningún problema de la ciudad. A lo sumo, se puede decir que ha resuelto sus propios problemas, las empresas que patrocina e inventa son clientes preferenciales del Gobierno de la Ciudad y licúan las inversiones de sus empresas madre. Quizá es simplemente por eso, porque «la hace bien», porque acumula su riqueza y reparte bien la limosna. Lo que le da asco a Fito Paez es que la gente elija ese modelo, que casi la mitad de los porteños se identifiquen con él. Lo que repetimos los porteños es nuestra irresistible pasión por ser mejor que el vecino de al lado. Y, lamentablemente, el modelo más alto al que podemos apuntar es el del mercado porque sólo el mercado ofrece la imposible versión de ser más de lo que somos. Los porteños queremos ser más de lo que somos. Eso es lo que repetimos como sociedad, lo siniestro de nuestro infancia, lo incestuoso, lo perverso, lo tortuoso, al punto de desaparecer con tal de subirnos, aunque sea 5 o 10 centímetros arriba de lo que realmente somos.

Como decía Luis D´ Elía a la mañana, en la Ciudad de Buenos Aires, se manejan muy bien los prejuicios. Pero ojo, las derrotas no siempre muestran el fracaso y hacen foco en la falta. Hay algunas corrientes del deseo que se basan en la potencia y no en la falta. Construimos siete listas, decidimos «no confrontar», someter a silencio aquellas pequeñas diferencias que construimos por lo bajo. Ahora es tiempo de demostrar que somos una fuerza, que cada uno de esos siete botes que pretendieron navegar por la misma corriente se encontraron con la misma tormenta. Será cuestión de militar, de una vez por todas, dejando de criticar al compañero y apuntando los fusiles, no a Macri, a Rodríguez Careta y al típico 20% que arrastra un progresismo que murió de viejo hace muchos años, sino a nosotros mismos. Somos lo que somos, con nuestros defectos, nuestras ambiciones y, por supuesto, nuestras repeticiones. No Nos Queda Otra que aceptar lo que somos: una minoría. Pero no cualquier minoría, una minoría que tiene bien en claro que las soluciones del pueblo no están ni en el éxito de los empresarios ni en la empresa del éxito. Una minoría que pudo dejar de repetir, que pudo elaborar la historia, que reconoce a los 30.000 y tiene bien en claro que aunque su equipo se vaya a la B, la pelota no se mancha.

Bienvenidos a No nos queda otra, una posición ética ante la perversión del neoliberalismo.

Escribe Damián Cots, 27 de abril de 2015

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