Editorial 2 #NoNosQuedaOtra 4 de Mayo

Con la misma lapicera que estoy escribiendo ahora, acabo de pinchar una piñata. Los pequeños hamartianos se abalanzaron sobre la lluvia de papel picado y glucosa. En ese momento, la emoción parece no tener límites pero a la hora de hacer el recuento, siempre hay uno que se llevó la mejor parte. Recién ahí quedan expuestas las desigualdades: cuando el otro tiene lo que a uno le falta y viceversa. Entonces, el ritual festivo se desvanece en una carrera de canibalismo, devoración y celos.

Con esta misma lapicera, escribo por primera vez los seis años de Hamartia. Los hamartianitos se empujan para llegar primero a soplar. Todos quieren cumplir años. Festejan como bomberos cuando el fuego se apaga y aprovechan para chorearle una frutilla a la torta en el clamor de los aplausos. Dentro de la lógica infantil es común encontrarse con el egocentrismo y chocar con el compañero, por eso cuando estalla la piñata, todo vale.

Nacimos el primero de mayo de 2009, el día del trabajador. Hubo dos cosas fundamentales que nos posicionaron definitivamente del lado de este proyecto: La crisis del campo con la piña adjunta de Luis D´ Elía y la rebeldía y los huevos de un gobierno para identificar con nombre y apellido a nuestro principal enemigo: Héctor Magnetto.

Y claro, por supuesto, nacimos al calor de una nueva Ley de Medios que al día de hoy no se aplica como debiera ni nosotros, como pueblo, la tenemos en el cuerpo para hacerla valer en la calle. Logramos muchas conquistas y estamos orgullosos de ello pero hay cosas que no cambiaron. Todos las mañanas me subo al subte B pero no hay caso: Los que viajan en subte modelo 81 parecen contar también con el privilegio de la piñata, con particular sexualidad infantil se plantan al piso como árboles y osan rechazar a la muchedumbre que se avalancha para entrar y, si alguno de los empujadores lo logra, lo miran con altanería y dejan salir un tímido y asqueroso «No hay lugar». La semana pasada me subí al Sarmiento en Ciudadela. El tren viene hasta las bolas desde Moreno pero uno se queda quietito en el andén y sin apurarse da un paso y ya está adentro. Las reglas son otras en el transporte nacional. Apenas ponés un pie del lado de adentro, con vocación de hormigas, los pasajeros se corren unos centímetros en bloque y, sin empujar a nadie, en 15 minutos estás en Once y llegás a Radio Rebelde. Hormigas, las que viajan en el Sarmiento las podríamos ubicar dentro de las hormigas obreras. En la Revista Hamartia más de uno se dedica a la fumigación y hace rato que nos preocupa un insecto en particular. Es la hormiga argentina, la que en Brasil arruinó varios campos de soja, en Estados Unidos está cambiando prácticamente el ecosistema, en Europa arrasó con todas las especies locales y aquí, en la Ciudad de Buenos Aires, lidera el mal humor de los más finos edificios con doble mucama y quíntuple pantalla. Dominan el cemento. Se instalan desde que el primer camión de arena desembarca en un baldío antes de que se empiece a construir un edificio. En poco tiempo, dominan cuanto intersticio, hendija o hueco se genere entre las paredes. Para ellas, no hay medianera ni separación. Con privilegio de espíritu atraviesan las paredes. Son ingenieras invisibles que, sobre la base de nuestras rutinas, edifican un futuro que las perpetuará.

hormigas argentinas

¡La torta entera! se morfaron. La dejamos arriba de la mesa solo quince minutitos. Cuando volvimos había más de cien. Habían trazado una autopista que iba desde el toma corriente hasta la torta de Hamartia. Miden apenas 2 milímetros las obreras y 4 las reinas. El aspecto más destacable es su capacidad organizativa. Mientras los humanos nos creemos re pulenta porque manejamos comunicaciones instantáneas y damos conferencias por what sap, ellas no requieren del lenguaje para coincidir en un objetivo. Su estructura organizativa y comunicacional es de un nivel tan alto que sus cambios para adaptarse a nuevas realidades se tramitan a nivel genético. Ellas entendieron hace mucho tiempo que no se trata de ocupar un territorio y perpetrarse en el lugar. Por eso, a las hormigas argentinas les alcanza con dar un golpe certero en el momento indicado. Son vietnamitas y peronistas. Vietnamitas porque aparecen de cualquier lado y atacan en el momento menos esperado. Peronistas porque la única manera de pararlas es eliminando a su líder, es decir, matando a la reina. Para combatir esta plaga, los fumigadores recomendamos usar un buen gel hormiguicida. El gel es un cebo, una porción de comida con veneno. Y, tanto en el mundo de las hormigas como en el mundo de los humanos, este método tiene un sólo nombre: Traición.

La tecnología nos traiciona. Nos hace creer que todo se vuelve más sencillo, que se achican los tiempos y se extienden los espacios. Vivimos con la ingenua ilusión de que podemos ir al ritmo de la tecnología. Las hormigas argentinas y las del tren Sarmiento nos enseñaron que no hace falta apurarse para llegar más rápido. Nombramos a la tecnología como un medio pero en el fondo todos sabemos que se volvió un fin en sí mismo, un objeto, un fetiche. Tenemos una relación sexual con los aparatos tecnológicos, nos rendimos a la pantalla como ancestralmente lo hicimos ante los espejos. Somos lo que hacemos. La pantalla nos mostró un Boca exitoso y ahora nos muestra un Macri presidente. El candidato del imperio, se quedó con la mejor parte de la piñata y eso muestra a las claras que no alcanza con pretender pincharles el globo. Tenemos que mirar adentro nuestro. Cuando militábamos en secundarios Hebe nos decía que teníamos que ponernos en frente del poster del Che y conectarnos con su mirada. Que teníamos que ser rebeldes. Nuestra pantalla tiene que ser la utopía y nuestra tecnología, la historia. Hay dos razones por las cuales las hormigas argentinas triunfan sobre el resto: La primera es que tienen más de una reina, más de un referente, más de un líder. Y la segunda es que su tecnología es simplemente, su sabiduría. No sirve enojarse con la realidad, eso es ya de por sí, una posición de derrota. No podemos acusar de gorila al votante porteño más allá de que históricamente la ciudad haya sido el epicentro de las operaciones de la oligarquía. Porque así como la ciudad elige a un tipo que está dispuesto a defender a Clarín y a la sociedad rural, probablemente el bonaerense elija algo más o menos parecido. La política no es River-Boca, no se trata de ganar o meter más goles en el arco contrario y después, gozar con la derrota ajena. Nosotros, los seres humanos, tenemos mucho que aprender de las hormigas y, como ellas, meternos por todos los huecos que genera la miseria y poner el cuerpo, llenarlos de amor, movernos en bloque sin apuro y sin descanso, hacia un único objetivo: la profundización del proyecto nacional y popular.

Con esta misma lapicera, esbozo relatar la esencia de lo que nos conmueve. Hamartia es rebeldía y lealtad, creatividad y compromiso, error y humildad. Pero sobre todo, Hamartia es revolución. Es por eso que en el día de hoy, me permito una serie de preguntas: ¿No nos queda otra que apoyar a Scioli? ¿Tan difícil es para la reina, designar un sucesor? ¿Tan difícil es para nosotros encolumnarnos en una sola lista opositora al sciolismo? ¿Tanto respeto le tenemos a esa pantalla que nos anticipa el futuro? Sólo se me ocurre una respuesta: Patria o muerte.

Bienvenidos a No Nos Queda Otra, un grupo de hormigas argentinas que esquiva el cebo de las encuestas y se va por otro caminito.

Escribe Damián Cots, 4 de mayo de 2015