Ni una menos – Editorial 6 #NoNosQuedaOtra 04-06

Editorial por Rocío Alterleib

Algo habremos hecho para haber inundado de gente las principales plazas del país ayer. Habremos decidido que las discusiones tenían que dejar de hacerse de escritorio a escritorio y que el reclamo no debía quedarse cajoneado en algún juzgado. O tal vez nos hemos dado cuenta, tanto hombres como mujeres, que gente como Mirtha no merece una reproducción de su discurso. Porque no alcanza con indignarse, escucharla y requete escucharla. Lo único que suma es esto. Salir a la calle.

En la marcha se vieron familiares de víctimas que, gracias a los medios, ni siquiera conocemos. También hubo hipocresía y de la más barata. Pero no deberíamos quedarnos en eso. Hay que hacer hincapié en la suma de ideas para generar un cambio. Se tienen que modificar muchas cosas a nivel social y, algunas compañeras feministas, se están quedando en la bolsa de gatos porque aplaudiendo que cualquiera use el cartel de “ni una menos” así sea violador, fomentador de violencia, etcétera, suma para hacer bulto en las plazas, mientras el feminismo se queda vacío de contenidos. Ni hablar del Boca-River que algunos plantean. No se trata de hombres o de mujeres, se trata de una sociedad machista y patriarcal que nos instala en la mente que nuestro valor es tan ínfimo como el de una moneda de un centavo fundida.

Simone de Beauvoir en una de sus autobiografías titulada “La fuerza de las cosas” y publicada en 1960 decía: “La libertad de la mujer comienza por el monedero”. El problema radica en que la libertad de todos los individuos empieza por allí. Porque no me cabe la menor duda de que si no tendríamos que preocuparnos por el monedero las relaciones sociales de poder serían diferentes. Simone tenía la “suerte”, por decirlo de alguna manera, de ser de clase alta desde que nació a principios del 1900. Ese acceso al capital lograba que su discurso sea criticado pero no así ella denigrada por él. 55 años después de ese gran libro, en Argentina se da una marcha que poco habla del dinero. Pero la maldita guita está íntimamente relacionada con el patriarcado que tanto se quiere combatir desde el feminismo ¿No te parece? Fijate cuánto cobra una mujer con respecto a un hombre o cómo se reniega la licencia por embarazo en ciertos trabajos o preguntate si alguna vez escuchaste que si una mujer “avanza” en el laburo es porque seguro es una “putita”. Pero no termina ahí: los billetes dan poderío de palabra a quien la posee y escupen con asco a quién no. Si no lo creés así te estás olvidando como los medios eran cómplices de la violencia machista ocultando o denigrando la imagen de mujeres víctimas por la clase económica a la que pertenecen. Además, el dinero de mierda le pone precio a los cuerpos en la publicidades y no se hace cargo de los desastres psicológicos que genera. Ese mismo monedero decide que por no tener buenas tetas o linda carita no podés trabajar en ciertos ámbitos. Ese mismo monedero logra que cuando una mujer opina de política se critique su ropa o se diga que “seguramente eso no lo escribió ella”.

No deberíamos olvidar que se dijo que Melina era una fiestera, que sus padres eran irresponsables y que no trabajaba ni estudiaba como si esa descripción justificara el morboso final que sufrió. Recordemos también que de Candela decían que “era muy chica para sacarse esas fotos y difundirlas por Internet”. Ahí estaba también el capitalismo: ambas eran pobres y vivían en barrios fuera de Capital Federal porque si hubieran sido adineradas, quizá los medios se acordaban que la Argentina continúa del otro lado de la General Paz y justificaban el crimen por el “exceso de amor” de quienes convirtieron esos cuerpos en basura.

Otra feminista, de la que tenemos mucho que aprender, es Frida Kahlo. Ella habitaba lejos de Simone de Beauvoir, hablaba otro idioma y vivió muchos años menos que la escritora francesa. Frida tomaba las problemáticas sociales y las hacía bandera. En su diario titulado “Alas Rotas” escribió “No sólo el rico, no sólo el poderoso, tiene derecho a poseer un rostro”. Frida poseía un buen pasar económico pero eso no se quedó en la comodidad de su hogar y  se comprometió con el feminismo. El merecer tener rostro se tele transporta a la actualidad, sobre todo, con respecto al aborto. La imposibilidad de decidir si se quiere o no tener un hijo es violencia. Porque una despenalización de la interrupción voluntaria del embarazo no va a hacer que se realicen más abortos sino que va a reducir las muertes de mujeres pobres a causa de los mismos. Y si, señora Legrand, digo pobres porque muchas muchachas ricas se realizan abortos pero, como tienen la posibilidad económica de hacerlo de la manera más oculta y segura posible, nadie se entera ¿Porqué el dinero decide entre la vida y la muerte de una mujer que opta con libertad sobre su cuerpo?

Mediáticamente, tu bolsillo hace que la noticia que protagonizas sea un prejuicio con patas. Decir ciertas cosas sin el monedero (y la panza) llenos no es fácil y, hasta en la actualidad, es imposible hacer ruido en soledad sin recursos económicos. El monedero también hace que haya mujeres convertidas en palos vestidos que caminan sin sonreír por las pasarelas de alta moda. Si, esas mismas pasarelas que nacieron en la patria de la señora de Beauvoir. Mujeres que no comen para poder estar ahí, que,  a causa de la falta de nutrientes que los desórdenes alimenticios provocan, se ven demacradas y mayores con respecto a la edad que poseen cuando se les quita el photoshop… mujeres que llegan a los carteles de las grandes avenidas para decirnos “esta es la perfección”… mujeres que se violentan a sí mismas para llegar a ese ideal de belleza. Todas ellas merecen también tener rostro y el monedero que poseen pierde ante el que tienen los que acumulan dinero a través del negocio de la moda. Porque nos enteramos de las alegrías de los famosos pero pocas veces de sus tragedias.

Vengamos a nuestra tierra, donde el feminismo se ve reflejado, en gran parte, en la figura de Eva Perón. La puta, la actriz mediocre, la mujer que hizo de su nombre una bandera hacia la victoria. Evita, allá por 1949, dos años después de haber obtenido el voto femenino en Argentina, decidió que era necesario un partido feminista peronista. Eva decía, entre otras cosas, que «sólo las mujeres serán la salvación de las mujeres». Por allí se empezó y ayer no sólo las mujeres gritaron por la vida de sí mismas, si no hombres, niños y personas mayores. 66 años luego, los dichos de mujeres y hombres se reducen a la crítica estigmatizante de «si sos actor, dedicate a lo tuyo y no hables» o «¿esa puta se cree que puede hablar de política?».

Me parece importante resaltar nuestro papel en todo esto. Cuando un femicidio deja de ser noticia es cuando más sonreímos porque empezamos un poquito a dejar de hacernos cargo del lugar que habitamos. Ese lugar donde antes estaba el «es culpa de tal» o el «y si fulano no se hace cargo, no podemos hacer nada» ahora está ocupado por el fantasma de esa otra mujer que dejó de respirar y pasó de humano a trapo de piso en cuestión de segundos. Una basurita en el ojo o un pinchazo en el alma ni siquiera son comparables a que tu valor se reduzca a cuánto durás recibiendo los golpes.

Mientras la lloramos, seguimos viviendo en un círculo vicioso de agresión verbal que poco tiene que ver con aportar a que algo cambie. Aplaudimos los culos televisados, nos reímos del que toquetea a una piba en el boliche y piropeamos en la calle «porque le gusta». Ignorar que abonamos a diario a que las cosas sigan así es también un tipo de violencia. Porque las vejaciones verbales y físicas que sufrimos no tienen que ver con los hombres sino con la mentalidad machista de que valemos menos y cualquiera puede hacernos o decirnos lo que quiera sin consecuencias.

Esa mentalidad de no decir nada cuando te apoyan a propósito en un transporte público, es también la que nos hace callar cuando alguien aplaude que se hable de la negrita cuando comete un delito y no cuando es víctima de uno. Esa mente más chiquita que un piojo es la que sonríe despreocupada cuando los femicidios no son noticia. Ríe porque sabe que puede hacerse la desentendida hasta que un caso de alguna famosa remueva el piso de la violencia de género de nuevo. Porque mientras esas mujeres son asesinadas, nosotros cambiamos de canal y miramos para otro lado. Es un acostumbramiento que nos vuelve protagonistas, testigos y cómplices de la tiranía de los medios ocultadores. Cuando la comodidad del hogar y el calor atrayente de la televisión dirige tu vida, lo demás pasa a estar en el plano del desinterés. Entonces, no deberían sorprendernos las manifestaciones misóginas como si habría de preocuparnos la naturalización del patriarcado y la denigración de las mujeres sin grito de justicia alguno.

Ayer, de una u otra manera, se hizo noticia el reclamo. Quizá algún día en los diferentes lugares de poder se hable de todas nosotras. Ojalá ese día dejen de hallar muertos a los niños que fuimos, esos que nacieron en el fuego de un mundo violento y aún hoy no saben cómo apagarlo.