Taller literario Delfor Santos Soto

Ricardo Díaz Montarte 2Ricardo Díaz Montarte no puede dejar de hablar. Le encanta. Y lo hace muy bien. Habla, hace muecas, mueve los brazos. Pero parece que todo eso no le alcanza para expresarse. Necesita más. Por eso se caracteriza a sí mismo como un escritor de ficción. Lee. Definitivamente Ricardo ha leído muchísimo. Eso se nota en sus anteojos, en su memoria y en los paisajes que dibujan sus palabras.

En La Matanza, su casa, los barrios más alejados del centro y que se encuentran a lo largo de la ruta 3-que atraviesa el distrito- se los conoce como “los kilómetros”. En esa expresión popular se mueven miles de historias invisibles. Muchas de ellas Ricardo las conoce. Son el escenario de los mundos que crea. También es la escenografía de su historia. Sin embargo, dice que es un universo que no lo deja de sorprender.

Cuenta que hace casi un año, fue a la feria del libro para buscar algo que le llamara la atención. Su intención era conseguir algún título que valiera la pena, un saldo, un clásico o conocer a algún autor nuevo. Al momento de entrar a la muestra, Ricardo se confundió en la multitud.

Es que en estos masivos espacios suelen haber dos tipos de concurrentes: los lectores y los compradores de libros. Los últimos, generalmente, se llevan lo que está a la vista, en la exposición, los best seller, punto.

Los primeros, en cambio, se mueven sigilosamente por los estantes de cada puesto. Se los puede diferenciar por tener cara de preocupación. Algunos usan anteojos. Y otros tantos se llevan la mano al mentón y cierran los ojos como un viejo sastre cuando intenta pasar un hilo en una aguja. Son fáciles de reconocer. En este último grupo está Ricardo.

Cuando se disponía comenzar con su rito, se encontró con un stand de la agrupación HIJOS de La Matanza. Sobre la mesa, además de folletos que desbordaban de consignas, dos diminutos libros despertaron su atención. Ambos tenían las hojas amarillas, eran viejos y llevaban la firma de un tal Delfor Santos Soto.

Esa tarde, Ricardo entendió que no iba a conseguir algún título que valiera la pena, un saldo, un clásico o conocer a algún autor nuevo Ricardo debió conformarse con una gran historia.

Palabra y acción

Unos días después Montarte se había devorado “Chito y otros cuentos” y “El despojo”. Comprendió que aquellos libros eran un pedacito de una vida destinada a la militancia. La de Delfor fue una de esas miles de historias que le fueron amputadas al distrito más grande del país. Y Ricardo empezó a caminar de cerca por las huellas del autor.

Descubrió que en 1956 Soto había sido dado de baja como soldado por negarse a participar del fusilamiento de civiles y militares vinculados al levantamiento del general Juan José Valle.

En plena efervescencia del Cordobazo, Gustavo Rearte fundó el Movimiento Revolucionario 17 de Octubre. Soto engrosó sus filas. Y tiempo después de su ingreso, fundó en San Justo la Unidad Básica Felipe Vallese.

Cuando la sonrisa compradora de “el Tío” Héctor Cámpora aparecía en las tapas de todos los diarios como presidente, Delfor ya formaba parte del Frente Justicialista para la Liberación (FREJULI). Accedió al Honorable Concejo Deliberante matancero. Pero se bajó de su banca con la muerte del general, por diferencias con el movimiento.

Montarte no quería poner a dormir esos libros en su biblioteca. No podía volver a desaparecer esa historia. Aquellos textos tenían que encontrar otro destino. Y como no puede dejar de hablar y le encanta y lo hace muy bien, Ricardo le propuso a la hija de Delfor, Eva Soto, hacer un taller para difundir la obra de su padre. Una obra que trasciende a la publicación de sus dos libros.

Desde aquel entonces, Ricardo pasa sus días recorriendo los barrios populares de La Matanza con su taller de literatura. Para recordarles a los vecinos que los encuentros son gratuitos, abiertos y comunitarios, en las invitaciones decidió promocionar las actividades de la siguiente manera: “Taller literario Delfor Santos Soto. Donde el héroe es colectivo”.

Unos días después Montarte se había devorado “Chito y otros cuentos” y “El despojo”. Comprendió que aquellos libros eran un pedacito de una vida destinada a la militancia.