Despedida

Despedida 1wDoña Perla se murió a las seis de la mañana del segundo día del piquete. De acuerdo a sus directivas, los compañeros del barrio deberían llevarla al cementerio después de llorarla un rato, en un cajón cualquiera y sin flores. Eso era tirar la plata. Pero antes que nada, la Mariela debería llegarse con la carta hasta lo de Javier, el Javiercito criado por Doña Perla hasta los cinco años, momento en que lo internaron en aquel colegio de curas y ella sólo lo veía algún domingo que otro.

El nene era un pobre crío que le entregaron a la patrona una madrugada de 1976. Los pañales que le sacaron esa noche sobre la mesa de la cocina, Doña Perla los tiró a la basura muerta de asco. Nunca había visto un trapo más sucio en el culito de un bebé, ni siquiera en lo más hondo de la villa, donde las madres son tan jóvenes que ni siquiera saben poner una batita. Los tiró y miró a la señora, arrullando al chiquito con una desesperación cercana a la locura. Cuando Javiercito no tenía siquiera un año, la patrona se mató con el auto, en una curva de la autopista demasiado cerrada por el cognac. Y el pibe se quedó solito, con el padre y la sierva.

El capitán no tenía muchas ganas de aguantar los llantos del hijito pero había jodido tanto para conseguirlo que no le daban las tripas para devolverlo. Entonces se lo encajó a la vieja, que se ocupara ella. Y se ocupó. Incluso cuando el capitán tuvo que irse a vivir al interior y Doña Perla se quedó en el departamento con Javiercito, cuando al padre lo mandaron a las Malvinas y cuando volvió, con dos dedos menos y un juicio encima. Pero en aquellos días el chico ya estaba internado con los curas y el padre ni lo miraba los domingos.

Javier creció entre las sotanas, endurecido por los castigos y la poca paciencia que le tenían y por la distancia del padre. Sólo cuando veía a Perla podía moquear un rato, abrazarse a alguien y decir pavadas. La vieja le hacía flan y el chico reía mientras lo devoraba. Le hacía papas fritas con huevos y él se ponía bizco. Le metía caramelos en los bolsillos del uniforme y las lágrimas le mojaban las mejillas con lenta angustia. Algunos domingo lo llevaban a ver a su abuela y ahí saludaba a los tíos dándoles la mano y a las tías bajando levemente la cabeza. A los primos ni los miraba, ellos no lo querían cerca.

Cuando Perla fue despedida por el coronel, mejor dicho, por la nueva esposa del coronel, Javier ya estaba terminando el secundario y parecía un miliquito sin uniforme. Sólo con la vieja se ablandaba un poquito y cuando se despidieron, en medio del abrazo a escondidas le susurró que lo llamara, que él la seguiría queriendo.

En el barrio ella tuvo que hacerse de nuevo. Todo le resultaba desconocido, los vecinos, el sodero, el cura de la parroquia y los perros cimarrones que andaban en grupos por las calles, robando comida de la basura. Le costó mucho conseguir trabajo porque ya estaba grande y su experiencia en una casa de la Capital no era suficiente antecedente. Entró en una casa para baldear los patios y limpiar vidrios, pero tuvo que dejarla antes de perder los pulmones. Después planchó un tiempo para dos o tres clientas cercanas pero cuando se empezó a poner fiera la cosa, ya no encontró nada más.

Un día de diciembre lo llamó a Javier y el chico se le puso a llorar en el teléfono. Se encontraron en un café de Liniers, lejos de la vigilancia paterna y la vigilanteada permanente de la madrastra. Doña Perla lo vio flaco, ojeroso y pálido y pensó que necesitaba un par de guisos suyos para levantarse un poco. Pero Javier le salió con un montón de preguntas, de sus primeros pañales, de la madrugada aquella en que lo vio por primera vez y de la madre borracha. La vieja no sabía qué hacer. Habían pasado tantos años desde aquello que ni siquiera estaba segura de haberlo vivido, pero el pibe seguía preguntando, la miraba a los ojos y le pedía por favor, decime la verdad, vos sos la única que siempre me dijo la verdad, ahora no me podés fallar.

Despedida 2wSe lo dijo. Le contó de sus pañales mugrientos, llenos de sangre y orina, de los hipos de la madre mientras lo abrazaba, de los amigos del padre diciendo “Te lo conseguimos, ¿viste? Ahora crialo bien, no como esos mierdas…”. Le contó que la madre siempre preguntaba de dónde lo habían sacado y que terminaba arrumbada en un rincón, golpeada por el capitán y tomándose la vida. Pero también le dijo que no hubo nadie en la familia que estuviera de acuerdo con el padre sobre el asunto. Por eso no lo habían querido nunca.

Javier, absorto y asombrado, la escuchó sin interrumpirla. Después le dijo que lo estaban buscando las Abuelas de Plaza de Mayo, que querían que se hiciera un análisis de sangre y que el padre estaba como loco. Tanto que no quería que él saliera a la calle ni que viera a los amigos. Y él no sabía qué hacer, que quería su consejo.

Perla se lo quedó mirando, tratando de entender lo que el chico le pedía. Javier se dio cuenta y no pudo aguantar el llanto. En medio del café, con toda la gente que pasaba por las veredas en busca de colectivos para volver a sus casas, bajo la mirada de los canillitas y los buscas, se largó a llorar en silencio y lo único que pudo hacer fue agarrar las manos de la vieja.

Despedida 3w copiaEn marzo del año siguiente Perla lo llamó para el cumpleaños pero la madrastra de Javier no le avisó y el chico pasó el día como si nada. Una semana después la llamó por primera vez en su vida y la citó en el café de Liniers. Él la pasó a buscar y juntos fueron al hospital para que le sacaran sangre. Le presentó a una señora de Abuelas, a una doctora que hacía los análisis y a dos chicos que ayudaban a buscar gente. Perla se sintió fuera de lugar porque Javier decía que ella era casi como su mamá.

El resto fue muy rápido. Javier conoció a sus abuelas de sangre, a dos tías y varios primos, le mostraron fotos de los padres verdaderos, los documentos pidiendo el paradero y la ropita que le habían tejido cuando estaba todavía en la panza. Después se fue de la casa del coronel, le cortó el teléfono al tío diputado un par de veces y se dedicó a buscar su futuro. Visitó a Perla en su casita de Laferrere varias veces. Se la quiso llevar a su departamento pero ella no quiso. Ya no quería volver a dormir en otra cama que no fuera la suya y allí, en su barrio, se las arreglaba.

Cuando empezaron los piquetes Perla se unió a la gente del barrio y cocinó varios guisos para todo el mundo. Javier la fue a buscar, tenía miedo que le pasara algo pero ella seguía firme, no se quería ir. El chico nunca la terminó de entender, si él le podía dar una vida mejor, más tranquila, lejos de los sobresaltos y con comida a diario, ¿por qué ella se empecinaba así?

El día que se murió, la Mariana le llevó la carta de Perla y Javier lloró como nunca en su vida. La vieja le decía que tenía que ser fuerte, encontrar una buena chica y tener hijos. Que tenía que querer a las abuelas, a las tres, porque las viejitas no tenían la culpa de nada y que el coronel ya hallaría su castigo. Pero él, el Javiercito de lágrimas silenciosas, tenía que hacer algo, no sabía qué, pero algo por la gente. Si había estudiado tanto, si había sufrido semejante dolor con lo de su familia, no podía tener el corazón del otro lado y no ver lo que estaba pasando. Él podía cambiar un poquito las cosas, ¿no era cierto? ¿O acaso no era un empleado del Ministro, de los buenos, de los fieles, de los que nunca se entregan?

La carta fue a parar al desintegrador. La Mariana fue acompañada a la puerta por uno de los custodios y la secretaria de Javier encargó por teléfono una cruz de claveles rosados con destino a Laferrere con una tarjeta que decía: “Perdón, Perla, pero no puedo”.

Doña Perla se murió a las seis de la mañana del segundo día del piquete. De acuerdo a sus directivas, los compañeros del barrio deberían llevarla al cementerio después de llorarla un rato, en un cajón cualquiera y sin flores.