Dos Argentinas en un día

El minuto que separó al 9 y el 10 de diciembre fue más que un lapso de 60 segundos: se trató de la diferencia entre un país gobernado por el kirchnerismo y otro por el macrismo. A continuación, una crónica que relata cómo transcurrieron esos días en los diferentes actos.


Había demasiado ruido en el Sarmiento. No era normal que a las 14.30 hs. y con destino a Once se viera a tanta gente.
−¡Vengo bancando este proyecto…!− entonaba un grupo de militantes del Movimiento Evita que hacía ruido con las cosas que tenían en sus manos.
Según las caras de los pasajeros se podía deducir a quién había votado cada uno. Una señora −¿macrista quizás?− fruncía el ceño en señal de desagrado mientras un hombre de alrededor de 60 años −definitivamente kirchnerista− hacía una mueca de alegría con la boca.
Unos festejarían ese día; otros lo harían después de las 23.59. Se estaba por despedir Cristina y una multitud viajaba a Plaza de Mayo.
−Dicen que venimos por el chori− denunció un militante.
−¡No saben que el chori en la plaza está como 40 mangos!− agregó otro.
Siguieron alegres hasta llegar a la estación terminal. Sólo dejaron de cantar cuando pasó un vendedor ambulante.

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De las bocas de subte brotaban cientos de personas. Los audios de gente cantando por el proyecto kirchnerista se viralizaban por teléfono y una multitud llenaba Plaza de Mayo esperando que hable su líder.
−Yo si fuera mamá vendría con mi hijo− decía una chica de alrededor de 25 años que caminaba por Avenida de Mayo.
Muchas parejas pensaron lo mismo y la asistencia de niños nacidos después de la crisis de 2001 era enorme.
La gente se amontonaba en las diagonales y en Avenida de Mayo. Las calles que cruzan la plaza eran intransitables y concretar un encuentro prefijado una utopía. No cabía un alfiler cuando Cristina empezó a hablar. Todos pedían silencio para escuchar pero a algunos se les escapaba un comentario.
−Hay muchos pibes de veinte años que necesitan sentir un poco de hambre− opinaba un señor ofuscado por el resultado de las elecciones mientras una veinteañera lagrimeaba y lo miraba de reojo. Al mismo tiempo un oficinista asentía con gestos y murmuraba algo que el ruido no permitía discernir.

***

Cristina salió al escenario de la plaza y la militancia explotó. Se alzaron miles de manos con los dedos en V que vitoreaban a su líder.
−¿Por qué se va?− era la pregunta más recurrente.
Cientos de radios portátiles y celulares juntaban personas que pretendían escuchar el discurso con más claridad. Cada frase era la puerta a un debate que se postergaría hasta que Cristina terminara de hablar. Era −probablemente− su último discurso como presidenta en una plaza llena y estaba prohibido perderse alguna parte.
El pueblo gritó, río y lloró prometiéndose a sí mismo que iba a volver. La fiesta se apagó cuando la mandataria finalizó su parlamento porque, según explicó, si se hacía medianoche “se convertía en calabaza”.
Los militantes se desconcentraron con tranquilidad y, mayormente, lagrimeando.
−Fueron los mejores doce años de mi vida− explicaba una señora de más de sesenta años.
Muchos se preguntaban por qué pasó lo que pasó, otros hacían autocrítica y prácticamente todos rogaban no perder el impulso político.
Las consignas se siguieron cantando en los subtes, los colectivos y los ferrocarriles. Los trenes de la línea A explotaron al grito de «pro-ce-sa-do, pro-ce-sa-do» mientras algunos pasajeros, en broma, deseaban que el motorman no fuera macrista.

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La plaza del Congreso de la Nación estaba semivacía. Los militantes, evidentemente, se habían ido a esperar al presidente a Plaza de Mayo. Pocos miles de personas se amontonaban sobre las vallas que separaban la calle del frente del edificio. Los costados eran inutilizados por el operativo de seguridad y decenas de granaderos que, con sus caballos, esperaban a Macri para ir a la Casa Rosada.
Parte importante de los legisladores del Frente Para la Victoria estuvieron ausentes mientras el presidente daba un mensaje de concordia, plagado de frases visiblemente prefabricadas –con conceptos como como “el arte del acuerdo”− y un contenido muy similar al de la campaña. Acostumbrados a los discursos kirchneristas de fuerte contenido político y económico que ubicaban con claridad a los oponentes, la nueva y visiblemente guionada tendencia de paz y amor generó algunas risas tímidas en la sala de prensa.
El camino desde allí a la Casa de Gobierno fue un trayecto de 15 cuadras de desmitificación. Mientras Macri viajaba en auto por Avenida de Mayo −en sentido inverso al tránsito habitual− miles de personas lo acompañaban para encontrarse con muchas más frente a la sede del poder ejecutivo. Grupos con bombos y evidente apoyo de algún aparato sindical justificaban la presencia de una cantidad nada despreciable de micros sobre la Avenida 9 de Julio. Por Paseo Colón se estacionaban vehículos del mismo tipo. ¿No es que eso era patrimonio kirchnerista? ¿No se tachaba por ficticio el apoyo que se lograba llevando gente? ¿No se combatía el supuesto paradigma del “pancho y la coca”? El PRO, para ganar, aprendió ciertas prácticas políticas que parecían molestarle. Por su parte, la gente que festejaba la asunción del nuevo primer mandatario resaltaba la diferencia con los manifestantes del día anterior: los del 9 eran “choriplaneros”; los del 10 “ciudadanos”.

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En Plaza de Mayo había bastante gente. No se completaba todo el espacio, pero muchos ciudadanos habían asistido para apoyar al nuevo presidente. Se escuchaba cada vez más cerca el helicóptero de la custodia que anunciaba la proximidad de Macri cuando la multitud explotó.
−¡Si se puede, si se puede! − exclamaban todos al unísono.
Los granaderos pasaron y confirmaron la inminente llegada del presidente a la Casa Rosada.
Los gritos subieron el volumen aún más ni bien apareció el jefe de Estado y los cánticos cambiaron por otros cargados de rivalidad.
-¡Y ya lo ve, y ya lo ve, para Cristina que lo mira por TV!- sonaba con mucha fuerza.
La voces eran acompañadas por bombos que, pegados a la reja de la Casa de Gobierno, daban base a las exclamaciones de los manifestantes que se amontonaban gritando sobre el vallado que dejaba vacía toda la Avenida Rivadavia.
-Le di un rosario bendecido y agua bendita a un policía para que se lo dé a Mauricio y se lo guardo. Yo quiero que se lo dé, es para él- se quejaba una señora frente a empleados de ceremonial de la Presidencia de la Nación que miraban todo desde una carpa.
−Ya se lo va a dar señora− respondieron de mala gana los trabajadores mientras Carlos Melconian miraba de reojo y se sacaba fotos con algunos de los que llegaban desde la calle 25 de Mayo.
Minutos después un policía se acercó a la carpa para pedir una pulsera de acreditación para el “señor Venegas”. Parecía que se habían olvidado de invitar al Momo.
Bajo un calor agobiante miles de personas esperaban que el presidente tome los atributos y hable desde el balcón presidencial.

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−Cuando asumió, Néstor hizo estupideces con el bastón y después se golpeó la cabeza con una cámara, entre otras pavadas− recordaba sobre el lado izquierdo de la Plaza de Mayo una señora impecablemente vestida y con tono de voz de Barrio Norte.
Todos ponderaban el cambio de modelo presidencial y la mayoría resaltaba que lo anterior era “una dictadura”.
La gente esperaba en silencio que Macri reciba el bastón y la banda presidencial. La mayoría del tiempo no había odas de aliento: solo aplaudían. En su manifestación fundacional de apoyo al candidato de Cambiemos la militancia no tenía consignas que cantar. Solo el simple “si se puede” −que ya quedaba viejo− podía unir todas las voces.
−Ayer había pibes que no conocen nada, que no saben que Santucho fue un guerrillero− opinaba con tono pedagógico un señor que sostenía una bandera con la cara del primer mandatario.
Se agitaban insignias argentinas y remeras con la cara del presidente. Los asadores ambulantes esperaban hacerse el mes entre el miércoles y el jueves. El segundo día los dejo disconformes: el choripán no era bienvenido entre los macristas. Por su parte, los heladeros vivieron una buena jornada y los vendedores de remeras y banderas pasaron el mediodía sentados al sol de la Avenida de Mayo esperando compradores.
−¡Ese hijo de puta bailó en el balcón de Perón! − exclamó un peronista de más de 50 años que vio los actos por televisión y, lógicamente, no votó a Macri.
Minutos antes el presidente se había dirigido a quienes fueron a apoyarlo y, en línea con la campaña, se había sacado la banda celeste y blanca para ponerse a bailar. A su lado, Gabriela Michetti cantó prácticamente entera una canción de Gilda mientras la multitud la acompañaba siguiendo la letra.
−Avísenle a este tipo que la campaña terminó. Mirá lo que está haciendo en el balcón, que tenga un poco de respeto por la historia− se quejaba un cronista en la sala de conferencias de la Casa Rosada.
Parece que la misma sensación le causó a Juliana Awada, la primera dama, que se acercó a su marido y al oído le susurró: “Ya está Mauricio, basta de baile”.
El espectáculo continuó unos minutos más y el jefe de Estado finalizó el show. Los manifestantes se empezaron a desconcentrar mientras empleados del Gobierno de la Ciudad limpiaban los residuos tirados en las calles ocupadas. Durante los últimos ocho años, el macrismo mantuvo una queja constante por los desechos que dejaba en el suelo cada manifestación kirchnerista. Esta vez el PRO dispuso lo necesario para barrer la suciedad porque ya no era necesario hacer de eso un hecho político de confrontación.

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−Esta es la primera promesa incumplida − se quejaban los camarógrafos y fotógrafos acreditados en el Museo del Bicentenario. Les habían asegurado que estarían a 40 metros del escenario, pero la distancia sobrepasaba largamente lo comunicado. No tenían los lentes adecuados para realizar tomas de calidad.
El salón en el que el presidente tomaría juramento a su gabinete estaba dividido en tres partes: adelante, los invitados más importantes; en el medio, periodistas bien estimados por la nueva administración, algunos personajes políticos y allegados de los ministros; al final, el resto de los cronistas. Para cada sector había una pulsera de diferente color, como en el festejo del triunfo del balotaje en Asia de Cuba.
El cambio con respecto a la liturgia kirchnerista era rotundo: si cambiemos tenía militantes en el salón, estaban todos de ambo y corbata. No había remeras partidarias, mucho menos banderas y era impensado esperar que alguna canción interrumpa lo cuidado de la ceremonia.
El discurso comenzó con Macri distendido y haciendo chistes a cada uno de los ministros. Atrás de todo, los periodistas comentaban ante el paso al frente de cada miembro de gabinete que anteriormente había sido CEO de tal empresa o gerente de tal otra. En lo formal, sorprendió el discurso utilizado: se juraba “por Dios y la Nación”, en la mayoría de los casos. ¿Lo habitual no era hacerlo “por la patria”? Extraño cambio en el primer día de gestión.

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El sector delimitado en el medio del salón se vació en su parte trasera. Quienes estaban ahí se acercaron por las arcadas del costado del Museo del Bicentenario y, al finalizar el evento, salieron por los pasillos laterales.
−Yo no hablo− expresó cortante el histórico dirigente radical Enrique Coti Nosiglia cuando los cronistas cortaron su caminata y le acercaron micrófonos para hacerle preguntas.
Del corralito de invitados especiales salió Juan Carlos Blumberg, que quizás se ilusiona con que Macri aplique las medidas de mano dura que pregona desde el trágico asesinato de su hijo. Detrás de él se retiraba Miguel de Godoy, secretario de Medios del Gobierno de la Ciudad, que juraba que “ahora es un desocupado”. Se refería, irónicamente y con tono canchero, a la disputa que el macrismo mantiene con Martín Sabbatella por su lugar en la Autoridad Federal de Servicios de Comunicación Audiovisual (AFSCA).
Con el público separado en tres segmentos, sin militantes y con una estética de impecable solemnidad terminaba el primer día de la Argentina amarilla.