“Las plazas son un fenómeno de una magnitud histórica”

Ya sin programa en Radio Nacional ni panel en 678, a Edgardo Mocca lo escuchamos poco, menos de lo que quisiéramos. Sus análisis pasaron a estar, en cambio, en las tribunas de parques y plazas. Según Mocca, tenemos la posibilidad de repensarnos en términos históricos, con autocrítica pero sin mezquindad, y con el norte hacia las elecciones legislativas del 2017. La conjunción de las fuerzas políticas que ven en Cristina un liderazgo tiene la chance de potenciarse en las plazas donde la militancia es más activa y diversa que nunca.


Hay muchos compañeros angustiados ante las primeras medidas del gobierno de Mauricio Macri. ¿De qué hay que hablar en estos tiempos en los encuentros militantes?
Estamos viviendo momentos complejos. El juntarse es una oportunidad de templar el ánimo, de compartir los dolores, las perplejidades. El encuentro suele estar centrado en la búsqueda de explicaciones y la mirada al futuro. Se habla de reconstituir la mirada sobre nosotros mismos, de pensarnos a nosotros en términos históricos. Somos producto de una salida de la crisis del 2001 que generó una dinámica política de la cual nadie puede sentirse totalmente responsable ni totalmente dueño, ni siquiera Néstor o Cristina. La dinámica fue impensable: el regreso de viejos lenguajes, la apropiación de viejas identidades, el cruce entre identidades que si bien formaban parte de un ideario popular, anti-imperialista, democrático, habían atravesado querellas insalvables y habían estado ubicadas en veredas opuestas a través de décadas. La dialéctica de unidad y confrontación interna de estos sectores del campo popular se reconvirtió en un nuevo principio de diferenciación política. Algunos apoyan con razones la idea de que el antecedente de esta fractura interna de la sociedad argentina hay que buscarlo en los orígenes del peronismo. Pero sucede que las fuerzas que apoyaron al proyecto de transformación del 2003 estaban cargadas con herencias que no estaban en el conglomerado de 1945. El 2003 tiene un sello marcadamente peronista. El triunfo de Néstor fue la solución de una interna peronista que terminó resolviendo la elección general con tres candidatos. Sin embargo, la praxis de gobierno fue creando un discurso nuevo, que tiene una fuerte implantación peronista pero no se encierra en esa tradición. La idea de no volver al pasado, que es el enunciado principal de Néstor en su campaña de 2003, contiene una potencialidad unificadora y le da lugar a actores que vienen de lugares impensables como las viejas izquierdas y sectores del radicalismo.

¿Estamos hablando entonces de repensar nuestra identidad?
Es así, y hay un rasgo que se juega en el futuro. ¿Qué fue lo que ocurrió y cuáles fueron las condiciones que lo hicieron posible? La crisis fue el gran alimento de la creación política. El sentido de lo que somos no nace de una cuadrícula político-ideológica rigurosa ni mucho menos de escenáculos intelectuales. Nace de un tipo de dinámica política surgida del conflicto de lo que se hacía contra las fuerzas que resistían. Ese choque es muy excepcional en la historia argentina por la presencia de los sectores populares en el Estado, por eso nos remite al primer peronismo. La pluralidad constitutiva no niega la tradición peronista y la estructura del PJ en el nacimiento y desarrollo de este proceso, pero obliga a pensar en términos de época, a sacarle a la condición peronista el estatus de un sello formado y agotado. Y a su vez, visto desde las tradiciones no peronistas, no hay que restarle importancia a la presencia troncal del peronismo. Lejos de ser un proceso cerrado, estamos entrando en momentos de gran interés y de gran importancia, la posibilidad de repensarnos a nosotros mismos crítica y autocríticamente pero no bajo la lupa mezquina del pasaje de facturas. A partir de esa buena idea de la autocrítica viene una especie de género literario que bauticé “Ay, si me hubieran hecho caso a mí”. El INDEC, la relación con ciertos gobernadores, la falta de apertura, ¡en un mismo texto se pueden encontrar críticas a la falta de radicalidad del proyecto y a la mezquindad frente a Scioli! Ese es un ejercicio neurótico que nada tiene que ver con la autocrítica. Un resultado electoral que se define por dos puntos de diferencia no puede dar lugar a un estallido de todo lo construido durante 12 años.

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¿Qué connotación tiene para vos la palabra “resistencia”, tal como se la escucha hoy en las plazas, en la calle?
Si la palabra resistencia tiene una importancia en esta etapa (que creo que la tiene) es propia del 2016. Ni del 55 ni de los 90. Creo que nosotros somos la mayoría popular, más allá de lo electoral. El macrismo no quiere destruir la representación política del 48%, necesita que haya una oposición, cooptar a una parte y que la otra parte siga creciendo bajo la forma de un gran acuerdo nacional, de un bipartidismo previsible, sensato, de esta época, abierto al mundo. Ellos creen que el movimiento político de los últimos doce años no tiene nada que ver con la sociedad argentina. Realmente creen que la sociedad argentina es un grupo de gente que mira los programas de Tinelli, que está preocupadísima por el fútbol y que todo esto pasó por gente activista con memoria montonera o comunista que armó un candombe gracias a recursos del Estado. Piensan que sin los recursos materiales nos desinflamos como si no hubiéramos existido nunca. Ese es el diagnóstico. Una forma de subestimación. Por eso se dedicaron los primeros meses de gobierno a echar gente del Estado y a censurar voces kirchneristas. En la infraestructura de ese proceso transfirieron dinero de los sectores populares a los exportadores, a la banca y a los grupos financieros. Además del saqueo, la agenda es perseguir voces diferentes y sacarles bases de operación pública a las fuerzas políticas que apoyaron el proceso político del kirchnerismo.

Después de estos años de valoración de los militantes políticos y de los trabajadores del Estado, se está construyendo que el paralelo simbólico es el de los “ñoquis”.
La censura y la expulsión tienen un sustrato simbólico. No se pueden hacer sino bajo el enunciado de que el Estado ha sido asaltado por militantes y de que la comunicación ha sido perturbada por grupos súper bien pagos por Cristina. Están echando a Dios y María santísima. Y hay una persecución ideológica, se recorre el archivo de la gente para saber cuáles son los contactos con la militancia política. Es la instalación de una especie de delito de opinión, que tiene su máximo momento en Argentina en la Ley 17.401. Ya con el decreto 4161 se excluyeron las palabras Perón, peronismo, Justicialismo, la marcha peronista… La ley 17.401 llamada “anticomunista” en el gobierno de Onganía no proscribía actividades como una pintada, prohibía ser. El hecho de ser comunista te daba lugar a varios años en la cárcel. Más allá de estos acorralamientos que hoy estamos sufriendo, hay que tener cuidado con algunas afirmaciones que se escuchan en las plazas. Yo me pregunto: ¿es una dictadura esto? No, eso es pasto para las fieras. En el momento en que alguien decida que se cerró la etapa democrática en la Argentina –y estamos muy lejos de eso–, la situación en Argentina será otra. La dictadura habilita formas de lucha y de resistencia cualitativamente diversas, que usadas fuera de los contextos que realmente las habilitan llevan a cosas que ya vivimos. Nosotros tenemos una agenda político-electoral. Si algún cable tiene que cruzar nuestras cabezas son las elecciones legislativas del 2017, que tendrían que ser una especie de principio para juzgar nuestras acciones.

¿Cómo se relacionan las tensiones orgánicas con lo que suceda en el Congreso, desde la apertura de las sesiones ordinarias?
Hay un liderazgo que es el de Cristina Kirchner. Todo el que acepte que el pliego reivindicativo converge en Cristina 2019 no puede quedar afuera. La orgánica se resuelve partiendo de que queremos empujar un reordenamiento de fuerzas que tiendan a la centralidad del liderazgo de Cristina. Si ese es el principio, y si el primer objetivo es el 2017, hay dificultades fácticas pero no conceptuales para operar sobre la realidad del Senado y de la Cámara de Diputados. La orgánica y lo que pase en el Congreso están unidos dialécticamente. Hoy para arrancar tenemos el Frente para la Victoria, al Partido Justicialista, tenemos mayoría en el Senado y una primera minoría en Diputados. Es una condición inestable, que se estabiliza o se desmejora con la política. Va a haber una presión muy fuerte porque el macrismo se juega la vida ahí: si no nos logra ganar esa batalla en el parlamento está perdido. Existen cuestiones de gobernabilidad y de la lógica de diálogo. El punto es discriminar cuáles son las cosas esenciales para que esa institucionalidad siga funcionando y no aparecer en el rol de poner palos en la rueda, ese es un extremo. Pero por corrernos de ese extremo no quiero ir al extremo de la pipa de la paz: “Tomala vos, dámela a mí, que con las leyes nos vamos a divertir”. Bajo una fórmula pragmática algunos pueden dejarles pasar la Ley de Medios. Ahí yo les quiero ver la cara a todos los que votan, quiero marcar a fuego cómo votó cada uno. Eso genera un antecedente político muy fuerte. Las plazas saben que pueden jugar un rol en ese sentido.

¿Qué es lo que se juega adentro del Partido Justicialista?
Nos une la idea de que la jefa de esto fue ocho años Presidenta, estuvo doce años co-conduciendo al país y –como pronóstico– va a salir de los primeros meses del macrismo con una enorme fortaleza. Y si la quieren perseguir, la fortaleza de Cristina se va a multiplicar. Inevitablemente cada uno converge a esa política desde su personalidad y desde su propio grupo político. Si no fuera así se perdería la riqueza de lo diverso y lo plural. Varias personas me preguntan: “¿Me afilio al PJ?”. No hay una respuesta categórica. Si la pregunta es “¿Tiene importancia la votación del PJ?”, sí, tiene mucha importancia. Ahora, tenés que medir cuál es el mejor lugar desde donde vos podés aportar como militante. No es bueno hacer una dilución de todas las estructuras políticas que no responden al PJ en medio de un cálculo electoral. Tampoco es bueno lo contrario. El tipo que anda silvestre por ahí, que no tiene un compromiso orgánico con nada, claro, que se afilie y vote. A nosotros nos conviene que haya afiliaciones al PJ y también que se fortalezcan las diversas figuras, incluso en tensiones internas. Cuando hablamos de unidad no hablamos de sacrificio de lo individual y de lo diverso. Nosotros tenemos que tener la cabeza en las grandes líneas de cómo sumar gente de este lado. Es cierto que las condiciones para sumar gente son distintas de acuerdo a cómo se porten los legisladores. Pero si se portan mal los muchachos, nosotros tenemos que crecer en contra de los que se portan mal. Tenemos que tener una bancada propia, segura, de Cristina. Ahora que perdimos tenemos una militancia más enfervorizada y más masiva. Eso también es una lección.

Continuidad de los parques

Reflexiones sobre las llamadas plazas del pueblo

“Las plazas son un fenómeno de una importancia extraordinaria, de una magnitud histórica. Lejos de ser algo nuevo, son un emergente producto del resultado de la primera vuelta electoral. El impulso de no quedarse en la casa cuando está en riesgo lo que se conquistó durante doce años puso en la escena a gente que no venía participando y a muchos no contenidos por las anteriores iniciativas de movilización.

“Hay que buscarle a estas plazas dos antecedentes. En el 2001 hubo plazas que elaboraron programas, se veían como una revolución que se hacía por fuera del sistema político formal. El segundo antecedente es el de los caceroleros. En esa instancia no hubo fuerzas políticas al frente porque eran manifestaciones esencialmente antipolíticas, con un objetivo único que era denostar al gobierno de Cristina Kirchner. Ahora estamos en un momento cualitativamente distinto. Son plazas que no nacen de la simple protesta o indignación como en España con Podemos o en Grecia con Syriza.

“Las plazas pueden ser un factor renovador político extraordinario dentro de la estructura del Frente Para la Victoria. No se pueden pensar como un actor político nuevo desprendido de lo existente. Su principal función sería operar activamente en la capacidad de movilización popular, para influir en el comportamiento de todos aquellos objetivamente comprometidos en los pasos que hay que dar. Si hay un legislador dubitativo, las plazas lo corren para este lado y le levantan el costo a los gestos oportunistas. Y a los más comprometidos le van a mover la cabeza en la dirección de desacartonar un poco las acciones.

“Las tensiones constitutivas de estas plazas son dos. Hay una principal pulsión hacia adentro: la de poder abrazarse entre gente que piensa igual y está sufriendo; ir a un lugar a gritar y a llorar, a ver a los tipos que ya no puedo escuchar y ver en televisión. Y hay una virtualidad hacia afuera que todavía está relativamente inexplotada. No nos están matando, no nos están prohibiendo. Nos están censurando, nos están acorralando, nos están intentando correr del centro de la escena política. Ese es el nervio que constituye la oportunidad nueva que tenemos. Parados del lado de la legalidad y la República, tenemos que ocupar todos los espacios que podamos ocupar.”

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