Elecciones, programa y poder popular

Las épocas electorales suelen hacer que todos los esfuerzos de las organizaciones políticas se canalicen, como en un embudo, hacia las urnas. Las perspectivas electorales opacan todo el resto de los aspectos de la política y se comienzan a pensar, hacer, y decir cosas en función de esa variable.

Y en cierta medida está bien que así sea. Es indudable que en esta etapa histórica la contienda electoral es la principal vía de disputa de una parte -significativa, pero parcial- del poder, como es la representación institucional. Sin embargo, sobran ejemplos en la historia reciente que muestran que no es lo institucional lo que determina la política, sino que es exactamente al revés. Tanto en nuestro país como en la región se pueden ver casos de legisladores o incluso miembros del poder ejecutivo que llegaron a su lugar de representación institucional desde una perspectiva política determinada y terminan emprendiendo un camino totalmente distinto. Los nombres es mejor ahorrarselos…

Entonces vale preguntarse cuál es la justa medida de lo electoral en términos de disputa por el poder. ¿Qué pasa si un representante elegido por el voto puede cambiar su rumbo político en cualquier momento sin ningún tipo de consecuencia o de control popular? Suele argumentarse, desde una visión democrático-liberal, que este representante la próxima vez será escasamente valorado en el marco electoral, pero en los años que ejerce sus funciones sus acciones tienen consecuencias concretas, y los afectados por el ajuste no pueden darse el lujo de esperar cuatro años para no repetir el mismo error involuntario.

Por eso es que un salto cualitativo en la política del campo popular en general sería asumir que la disputa por el poder no se da sólo dentro de las instituciones, sino que lo hace en todos los ámbitos sociales, y que incluso es necesario dar una disputa por la naturaleza del poder que se necesita construir para resolver los problemas que históricamente afectan a la clase trabajadora y al pueblo.

Por este motivo es que postulamos que lo electoral no es el punto de llegada para frenar el ajuste de Cambiemos, sino un objetivo más, que debe servir como expresión y respaldo de todas las luchas populares que se han desarrollado en estos meses. Debe expresar la resistencia a los tarifazos, la defensa del salario y de la legislación laboral, el rechazo al endeudamiento indiscriminado, la necesidad de proteger las fuentes de trabajo, la discusión sobre la desigualdad de género y muchas cuestiones más.

La capacidad que tengan los espacios de unidad que nacen ante el calendario electoral de dotarse de un programa político es sin duda un punto positivo. Cristaliza la forma de encarar estos debates, estos conflictos que van surgiendo como respuesta natural, organizada o no tanto, de los distintos sectores del pueblo frente al ajuste. El programa al que creemos que se debe aspirar es uno que exprese los dos pilares fundamentales sobre los que debe asentarse, necesariamente, no sólo la resistencia al modelo de Cambiemos sino también el germen de una instancia de ofensiva política: una propuesta antineoliberal y antiimperialista.

Cuando hablamos de antineoliberalismo no debemos poner la vara tan baja como para buscar sólamente que se terminen los ajustes, los tarifazos, las iniciativas privatistas y antiobreras, sino proponerse un curso de acción para desandar el andamiaje legado por el menemismo y la última dictadura. Este andamiaje sin dudas ha sido afectado durante los 12 años de gobiernos kirchneristas, pero varios de sus puntos neurálgicos continúan en pie y sobre la limitación que representa no haber avanzado sobre ellos es que el proyecto de Cambiemos encuentra terreno fértil para expandirse. Esto se ve claramente tanto en medidas puntuales, como el decreto menemista cuya aplicación habilitó el recorte de las pensiones por discapacidad, como en aspectos más estructurales, como la falta de una reforma de la ley de entidades financieras de la dictadura, que posibilita que los bancos hagan negocios titánicos a costa de la destrucción de la economía nacional.

Por otro lado, cuando hablamos de antiimperialismo, basta analizar las principales líneas de acción del gobierno de Macri en política exterior para constatar que han puesto al estado argentino en general, y a la Cancillería en particular, como un apéndice del Departamento de Estado norteamericano. De ello se desprende la afición por atacar a Venezuela y su Revolución Bolivariana, por debilitar el Mercosur, la apuesta por la Alianza del Pacífico y el ruego a los EEUU para que acepten importar limones argentinos.

En consecuencia, para que los espacios de unidad que surjan en esta coyuntura electoral contribuyan consecuentemente a frenar el modelo de ajuste, entrega y represión de Cambiemos, deben servir como plataforma para impulsar los reclamos concretos del pueblo a las instituciones y al mismo dar un espaldarazo a la movilización popular; deben servir para impulsar estas perspectivas antineoliberales y antiimperialistas -que tienen espacio para crecer dentro del campo popular- y así comenzar a darle forma a una alternativa política de liberación nacional y social. El primer paso, sin dudas, es trabajar para provocarle una derrota electoral al macrismo y así demostrar que la resistencia y la movilización pueden lograr victorias frente a la restauración neoliberal. Al día siguiente de los comicios, la tarea fundamental será, una vez más, organizar la esperanza hacia la construcción de poder popular.

Zaida Chmaruk, Referente del Partido Comunista

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¿Qué pasa si un representante elegido por el voto puede cambiar su rumbo político en cualquier momento sin ningún tipo de consecuencia o de control popular?