Problema de motores

Por *Axel Kicillof y Carlos Bianco.

Ilustran Maite Larumbe y Germán Pasti

 

El plan original de Macri

Entre otras muchas desgracias que trajo consigo, una que pasó acaso inadvertida fue la pretensión de Macri de suplantar al discurso político por una disciplina de dudoso origen: el denominado “márquetin político”. Bien visto, el concepto es un oxímoron. El márquetin, por definición, oculta los defectos y exagera o inventa las virtudes del producto que quiere colocar. El márquetin, por definición, miente. Precisamente por esta estrategia comunicacional, el plan económico del macrismo es difícil de caracterizar, envuelto en mentiras y frases hechas de tono esperanzador.

No obstante, luego de dos años, es posible resumir el contenido general de este programa en una sola frase: «todo lo bueno vendrá de afuera». En los primeros meses de gobierno se implementaron numerosas medidas y se derrocharon gestos tendientes a generar centralmente dos efectos. Primero, a través de la participación en diversos foros internacionales, de la apertura comercial, de la negociación de tratados de libre comercio, del desmantelamiento de los controles a los capitales especulativos, se buscó producir algo así como un shock de confianza en los inversores extranjeros. Segundo, mediante la devaluación del peso, la eliminación o reducción de los derechos de exportación, la reducción de los impuestos a los sectores más acaudalados, se intentó mejorar la rentabilidad de ciertas actividades económicas vinculadas especialmente a las ventas externas. El propósito buscado era poner en marcha los dos motores de crecimiento en los que Macri depositaba todas las esperanzas: un boom de exportaciones y una lluvia de inversiones productivas extranjeras. El crecimiento inducido por el sector externo y la inversión extranjera debería luego, «teoría del derrame» mediante, conducir a la «pobreza cero».

Al mismo tiempo, y con las mismas convicciones ideológicas, Macri se abocaba a apagar el motor de crecimiento vinculado a la demanda interna. El techo a las paritarias, los despidos, los recortes varios y los tarifazos contribuyeron a deteriorar el poder de compra de los sectores medios, asalariados y bajos. La inversión y las ventas externas debían sustituir al mercado interno.

Este primer programa quedó, en los hechos, descartado. No había terminado el primer año de gobierno y ya resultaba claro que el esperado boom exportador y la ansiada lluvia de inversiones no se habían producido ni por asomo: durante los primeros meses del gobierno macrista sólo se registraron ingresos de capitales extranjeros por 8.000 millones de dólares. Pero no se trataba de inversiones productivas sino de la ejecución del swap de monedas con China negociado por el anterior gobierno y de un préstamo puente con la banca internacional en condiciones visiblemente leoninas. Ambos pretendidos motores del crecimiento nacieron muertos.

Sin lugar a dudas, y como era previsible para cualquier observador de la situación que atraviesa el mundo, el escenario internacional contribuyó también al estrepitoso fracaso del modelo original de Macri. A diferencia de períodos anteriores, como en la década de los 90, la economía mundial de la actualidad no está en condiciones de acompañar un modelo económico neoliberal periférico, ni en lo que atañe a la economía «real», caracterizada por un crecimiento moderado, un creciente proteccionismo y un reducido precio de las commodities, ni tampoco en el plano «financiero», donde se observan una tasa de interés de los EE.UU. al alza y la reversión de los flujos financieros hacia los países centrales.

En suma, el plan económico de Macri puede entenderse, desde sus mismos orígenes, como un «corso a contramano», dada la situación económica internacional. Ofrece el libre comercio en un mundo proteccionista, apuesta al modelo agroexportador con baja cotización de las commodities, busca aspirar a capitales financieros cuando el centro mundial los está reabsorbiendo. Por ceguera, dogmatismo o ignorancia, la fuerza gobernante no vio o no quiso ver que lo que proponía era imposible.

Barajar y dar de nuevo

Ante el ostensible fracaso del plan original, con una balanza comercial crecientemente negativa y sin inversiones a la vista, la imperiosa la necesidad de que ingresaran divisas a la economía llevó a Macri a acelerar el camino del endeudamiento externo. Pero la condición para volver a los mercados de deuda privada era la firma inmediata de un «acuerdo con los holdouts«. Esa urgencia produjo la penosa capitulación ante los fondos buitres, a los que se les pagó en efectivo no sólo todo lo que reclamaban sino hasta los honorarios de los abogados. La publicitada «vuelta a los mercados» desencadenó un festival de endeudamiento público y privado, nacional y provincial en moneda extranjera, que desde diciembre de 2015 hasta la actualidad se eleva a más de 100.000 millones de dólares, acompañado por un nuevo capítulo nacional de la «bicicleta financiera».

Sin embargo, ni la versión original del plan económico de Macri ni su posterior readecuación lograron dar en la tecla y, pese a los esfuerzos de la propaganda oficial, el esperado «segundo semestre» y los «brotes verdes» nunca se hicieron visibles. De hecho, durante 2016 se observó una notable caída de la actividad y un aumento del desempleo; un recrudecimiento inflacionario principalmente causado por la devaluación; un incremento del déficit fiscal por la reducción de impuestos; una caída de salarios, jubilaciones, pensiones y asignaciones por el techo impuesto a las paritarias; una caída de la inversión extranjera productiva por la falta de rentabilidad en la producción; y un estancamiento relativo de las exportaciones por el mal escenario internacional y la falta de incentivos a la producción.

El descanso de la escalera al subsuelo

Si bien el pospuesto «segundo semestre» tampoco se hizo visible durante el primer semestre de 2017, el hecho de que se tratara de un año eleccionario llevó a Macri a poner en marcha ciertos «anabólicos económicos» que permitieran un nivel de crecimiento al menos moderado durante la víspera de las elecciones de medio término y morigeraran el proceso de ajuste económico. En esa dirección, se pospusieron los incrementos tarifarios previstos para después de las elecciones; se puso en marcha la obra pública de superficie; se implementaron paritarias con cláusulas «gatillo» para mantener relativamente el poder adquisitivo de los trabajadores (aunque no se recuperó lo perdido en 2016); se facilitó el endeudamiento a jubilados y beneficiarios de planes sociales a través de la tarjeta Argenta; y se estabilizó el tipo de cambio.

Como resultado, 2017 fue un año en donde se produjo un incremento moderado de la actividad económica. No se profundizaron el desempleo, la pobreza y la indigencia, y se mantuvo -relativamente- el poder adquisitivo de salarios y jubilaciones. Sin embargo, el sector externo profundizó sus ya visibles rasgos de falta de sustentabilidad futura al incrementarse bruscamente el déficit comercial y turístico, la fuga de capitales y el pago de servicios de la deuda externa. Ello pudo ser sostenido temporalmente por el sobreendeudamiento en moneda extranjera en los mercados internacionales.

La segunda parte del ajuste

Finalizadas las elecciones, ni lerdo ni perezoso Macri avanzó con una segunda parte – claramente más brusca- del ajuste económico y de la implementación de «reformas estructurales»: el Gobierno presionó fuertemente a los sindicatos para congelar paritarias en torno al 15%; se recortaron jubilaciones, pensiones y asignaciones sociales a partir de la Reforma Previsional; se avanzó con una reforma tributaria claramente regresiva; se volvió a congelar la obra pública; y se sucedieron nuevos tarifazos e incrementos en el precio de los combustibles.

El sombrío panorama para 2018 se terminó de completar con una fuerte corrida cambiaria (o simple «turbulencia», de acuerdo a los dichos de Macri) que no fue ni heredada ni importada, sino auto-infligida por al menos tres yerros propios de la política neoliberal del gobierno de Macri: i) el desmantelamiento los controles a los capitales especulativos, ii) el sobreendeudamiento en moneda extranjera, y iii) el incremento hipertrófico del stock de LEBAC. Además, se trató de la corrida cambiaria peor administrada de la historia. El Banco Central entró a la corrida con una tasa de interés del 26%, un dólar de $20,5 y 62.000 millones de dólares de reservas. Cuando terminó la corrida, la tasa había crecido hasta el 40%, la devaluación rondaba el 40% desde principio de año y el Banco Central había sacrificado nada más y nada menos que 11.000 millones de dólares en su intervención del mercado: el doble de lo que costó la recuperación de YPF y más que el arreglo logrado con el Club de París. Y todo cash, como en el pago a los fondos buitres.

Yerro tras yerro, ajuste sobre ajuste

Tanto la descomunal pérdida de reservas como el pánico que duró semanas podrían haberse evitado: el Banco Central tardó en intervenir en la cotización del dólar. Enredado en su dogmatismo flotacionista, demoró varios días en intervenir en el mercado a término como consecuencia de la denuncia al anterior gobierno por el manejo del dólar futuro. Y vaciló en elevar el rendimiento de las LEBAC, a partir del reto recibido de parte del Jefe de Gabinete en los últimos días de 2017. Sólo lograron parar la corrida cuando eligieron un tipo de cambio de $25. Lo anunciaron y lo defendieron utilizando todos los instrumentos. Hicieron todo mal y ya era tarde. Porque la torpeza costó un peso mucho más debilitado, una tasa de interés incompatible con la producción y una fuerte sangría de las reservas.

Estabilizada la moneda en $25 por dólar, comienzan los impactos negativos sobre la actividad económica y el bienestar de la mayoría de los argentinos. La devaluación, más temprano que tarde, se va a trasladar a los precios de bienes y servicios. El traslado será peor que en 2016, ya que el gobierno de Macri directamente dolarizó los principales precios de la economía (alimentos, tarifas y combustibles) y eliminó todo tipo de administración del comercio capaz de morigerar tales efectos. La tasa de interés estratosférica ha encarecido brutalmente el financiamiento productivo, lo que redundará en más inflación y menos actividad. La pérdida de reservas condujo al gobierno a conseguir un sospechoso “refuerzo” de parte de fondos especulativos. Y, en última instancia, quieren utilizar estos problemas auto-infligidos como pretexto para llevar al país a un nuevo y, como siempre ruinoso,  programa del FMI.

Lo que viene es más de lo mismo, pero recargado: más ajuste, menos salario, menos producción, menos jubilaciones, más desempleo, más pobreza y más endeudamiento. En suma, más miseria para el pueblo argentino. Lo mismo que sucedió hace muy poco en varios países de Europa con los programas de estabilización del FMI, a partir del contagio de la crisis de las subprime. La corrida cambiaria es resultado de la política económica de Macri. Y Macri pretende utilizar a la corrida como excusa para volver al FMI, y al FMI como pretexto para profundizar las mismas políticas que condujeron a la corrida. Lo peor no pasó, sino que los efectos de esta corrida innecesaria recién empiezan a desplegarse.

*Axel Kicillof (Diputado Nacional por el Frente para la Victoria). Carlos Bianco (docente-investigador de la Universidad Nacional de Quilmes y asesor de la Secretaría de Relaciones Internacionales de la CTA-T).

El programa original del gobierno se resume en una sola frase: "todo lo bueno vendrá de afuera". Axel Kicillof y Carlos Bianco, analizan por qué fallaron los motores de crecimiento en los que Macri depositó todas las esperanzas y cómo contribuyó el escenario internacional a este estrepitoso fracaso. La corrida cambiaria auto-infligida es ahora la excusa para volver al FMI: yerro tras yerro, ajuste tras ajuste.