Apuntes para un balance de tres años

Escribe: Nuria Giniger (*)

Se cumplen tres años del gobierno de Mauricio Macri y los aniversarios siempre son fuente de inspiración para hacer balances.

Uno de los chillidos más estridentes de las grandes multinacionales durante el gobierno de Cristina (y de las izquierdas latinoamericanas) -expresados en sus diversas formas: explícitamente en sus medios de comunicación, con corridas bancarias, con puja inflacionaria y largos etcéteras- fue bajar el precio de los salarios y del costo laboral general (impuestos). El gobierno de Mauricio Macri, una verdadera CEOcracia, se auto-cumplió los deseos: inyectó las eficaces recetas para redistribuir a su favor, en forma de shock, la riqueza. Inflación, devaluación, despidos, paritarias a la baja y el regreso del Fondo Monetario Internacional y el endeudamiento sistemático son el combo brutal para las y los trabajadores, que vemos -no sin resistencia- como nuestra vida va precarizándose día tras día.

Despidos por doquier.

Cinismo y sincericidio

Macri en la campaña electoral dijo que no iba a hacer todo lo que hizo, sino que “el cambio” traía bienestar y algunas otras cosillas. Esas otras cosillas las plantearon, sobre todo en la voz de Bullrich (Esteban), que explicitó la estrategia: “la nueva conquista del desierto”, “lanzar muchas iniciativas al mismo tiempo porque el gremio focaliza en una: le abriste 12, las otras 11 avanzan”, “un metro más de asfalto y un pibe más preso”, “el embrión es un ciudadano argentino” y otras genialidades. A su vez, éstas fueron contrapunteadas por Bullrich (Patricia) en una escalada represiva que incluye una desaparición seguida de muerte (Santiago); la doctrina Chocobar sobre el cuerpo de militantes (Rafa Nahuel) y cientos de pibxs pobres; una treintena de presas y presos políticos. En este punto, el rol del poder judicial es pieza clave para el macrismo y, junto con el rol de los medios masivos (incluidas las redes sociales), el hilván técnico-político que nos permite trazar las recurrencias que las distintas derechas latinoamericanas llevan adelante en nuestra Patria Grande. Tanto la secuencia de golpes de Estado (Honduras, Paraguay, Brasil) como las victorias electorales de las derechas estuvieron cortados por la misma tijera: la articulación entre poder mediático, judicial y represivo.

Recolonización y soberanía

La caracterización del macrismo como “derecha democrática” la debatimos hace más de un año. Ese enfoque supone que la novedad de la derecha actual es que respeta las instituciones del Estado de Derecho, incluyendo los procesos electorales, en contraposición a los golpes cívico-militares que, bajo el Plan cóndor, asolaron nuestra región en la década del 70. Ya lo hemos dicho, democracia y elecciones no son sinónimos. Sostener el carácter democrático del macrismo y sus pares latinoamericanos, ya es necio: la doctrina del lawfare, bajo la cual se encarcela a dirigentes políticos populares (más de treinta ya), construyendo causas judiciales que presentan delitos impugnables por todxs: corrupción. Pero este mecanismo no solo es judicial (con todas las trampas, trampillas y abusos que el poder judicial es capaz de desplegar), sino que desarma el principio de presunción de inocencia, pues mediáticamente se presenta a lxs acusadxs como culpables, sin derecho a legítima defensa. Retrocedimos al momento en que María Antonieta aún tenía su cabeza y su cuerpo unidos. Tanto el Estado de Derecho como la República penden de un hilo. La impugnación material de la vida y el crecimiento de las praxis fascistas (en Argentina, el protocolo nuevo de seguridad, el decreto 683/18 de las fuerzas armadas en seguridad interior, la “ayuda” del Mossad para “proteger” el G20; así como los discursos de linchamiento, xenofobia y persecución de disidencias clasistas, machistas y racistas) ponen seriamente en cuestión la libertad, la igualdad y la fraternidad como principios ordenadores de la vida social en el Capitalismo.

Macri y Trump.

La revancha que el imperialismo lleva adelante, particularmente EE.UU. en su intentona de recuperación del “patio trasero”, atravesado además por disputas hegemónicas, cobra en nuestra Patria Grande un cariz trágico: miles de compatriotas sometidxs a la pobreza, a la falta de futuro, al intento de mercantilización de todas las formas de vida social, a la impugnación de los intentos de las izquierdas latinoamericanas de las décadas pasadas por sostener autonomía, autodeterminación y soberanía.

Mucho hemos dicho y escrito sobre el cientificidio como forma de intentar cercenar un proyecto soberano. La destrucción de nuestro sistema público de desarrollo científico-tecnológico, en las Universidades públicas y en los organismos descentralizados de ciencia (fuga de cerebros, salarios magros para cientificxs y tecnologxs, desfinanciación, desmantelamiento de las capacidades instaladas y de aquellas en creación), impacta directamente en la posibilidad de configurar un proyecto de futuro de derechos humanos y universales.

¿Consenso y coerción alcanza para construir hegemonía?

Las derechas hoy carecen de propuesta. Embellecer la realidad con llantos en el Colón y distractores de fin de año, junto con procesos de disciplinamiento coercitivo, no le alcanzan al poder para enamorar a las masas. No tienen qué proponernos más que los últimos aullidos de un recetario largamente conocido como “teoría del derrame”. La iniciativa recuperada por las derechas se entrama en la única consigna sostenible: “vivir en la incertidumbre”. No hay certezas, no hay creencias, no hay perspectiva. Las derechas del continente y la Alianza Cambiemos no tienen una aspiración respecto de qué sujeto configurar (ni una clase media consumista en Miami, ni negros emblanquecidos, ni ninguna otra versión neoliberal); solo una expectativa individual (a lo sumo, emprendedores) sin promesa de futuro.

Esta versión desesperada de la reconquista, que pone al saqueo en primerísimo primer lugar, tiene patas cortas, aunque el límite del dominio siga siendo la organización de la bronca de lxs dominadxs.

Crisis es Oportunidad

La impugnación a esta apuesta cruel de recolonización nos pone al sujeto-pueblo (trabajadores, campesinxs, estudiantes, feministas, indígenas, intelectuales) en la tarea de la hora: construir un futuro, recuperando lo mejor de nuestro inventario popular, de nuestra experiencia de lucha llevada adelante a lo largo de nuestra riquísima historia. Dar vida a un tiempo turbulento, que deconstruya el sentido común egoísta e individualista, para comenzar la nueva historia. Esto significa recuperar la democracia en su dimensión absoluta: en su dimensión legal, pero atravesando las fronteras de lo que hoy es legítimo para los pueblos; reivindicar el universal popular, como derecho y como proyecto de futuro. Revertir la muerte frente a la vida colectiva. Reivindicar lo común por sobre lo singular. La disputa no es ni siquiera estrictamente electoral. 2019 nos propone un escenario en el que no se juega una coyuntura, sino un ciclo histórico, que tendrá su batalla electoral, pero que nos fuerza a sistematizar un programa de transformaciones profundas, que se plasme institucionalmente, que inaugure una constituyente: como Constitución escrita y como proceso de constitución de nuevas relaciones sociales. Dar vuelta la tortilla. Ese programa, que durante estos tres años estuvo en las calles, en las marchas, en los debates, en las asambleas, debe sistematizarse alrededor de una alternativa política popular, en unidad, pero con claro rumbo emancipador y liberador de Nuestra América.

(*) Nuria Giniger es investigadora adjunta CONICET.

Militante de Liberación- Corriente de Universidad, Ciencia y Tecnología.