LA INVASION HUMANITARIA A VENEZUELA

Escribe: Carlos A Villalba (*)

La decisión se tomó hace años y llegó la hora. La cuenta regresiva está a punto de llegar a su final. Tropas, aeronaves y flotas, con todos sus pertrechos bélicos ya cerraron el cerco alrededor de Venezuela; sin embargo, la invasión no arrancará con el desembarco de los marines y los mercenarios que desde hace dos semanas mascan chicle en sus ya 16 acantonamientos de Aruba, Curazao, Colombia, Brasil, Guadalupe, Guayana Francesa, Honduras, Martinica, Panamá, Puerto Rico y Trinidad y Tobago, además de las concentraciones alistadas en distintos fuertes de los propios Estados Unidos, bajo la comandancia de “Halcón 1”, nombre de fantasía que asumió la jefatura del Comando Sur para el presente despliegue, instalada en Key West, Florida.

Desde el momento mismo en que los comicios del 20 de mayo del año pasado proclamaron a Nicolás Maduro como presidente reelecto de la República Bolivariana de Venezuela, gracias al concurso del 67,8% del 46% de los empadronados que participaron del acto, el gobierno de Estados Unidos lanzó una campaña destinada a evitar el reconocimiento internacional de ese resultado. En ocho meses logró convencer a una cuarta parte de los países ‎miembros de Naciones Unidas, entre los que se cuentan 19 naciones americanas, incluidos el Brasil de Jair Bolsonaro y la Argentina de Mauricio Macri, mascarones de proa del proceso político social involutivo que padece la región.

El 23 de enero pasado se concretó el siguiente paso de una estrategia desestabilizadora que se coloca por encima de las especulaciones acerca de si coronará con un golpe “a la chilena” (1973) -esta vez con desembarco desembozado de soldados yanquis- o transitará hacia esa “revolución ‎de colores”, conceptualizada y guionada por Gene Sharp, quien apodó de esa manera a su plan de acción para la desestabilización y el derrocamiento de cualquier gobierno que “moleste” o no acate los intereses de EEUU y sus corporaciones, el vulgar golpe “blando”, que recorrió países de Asia, África y ya tiene una historia abultada en la América del Siglo XXI.

Antes de ese mediodía sonó el teléfono en las oficinas del titular de la Asamblea Nacional (AN) venezolana. La voz neutra pidió que se ponga al habla Juan Guaidó, para escuchar al vicepresidente de los Estados Unidos, Mike Pence. El diálogo fue breve, y único; con dos frases Washington le ordenó el siguiente paso, con la implícita garantía de que el anuncio guionado que realizaría al jurar ante su “Dios todo poderoso”, “asumir formalmente las competencias del Ejecutivo Nacional como presidente encargado de Venezuela», recibiría el apoyo público e inmediato de la máxima potencia regional.

En cuestión de minutos, a las 15.08 de Washington, Donald Trump hizo saber que bendecía la acción que él mismo acababa de ordenar y respaldaba a la figura de alguien que hasta ese momento era conocido por menos del 20% de los venezolanos. Ni siquiera uno de cada cinco habitantes de su país habían escuchado hasta entonces hablar de Juan Guaidó, a pesar de la participación -personal y de su partido, Voluntad Popular- en los hechos de violencia antigubernamental de 2014 y 2017, registrados tras sendas derrotas electorales de la oposición, popularizados como “guarimbas”, con un saldo superior a los 200 muertos entre civiles y miembros de las fuerzas de seguridad y con miles de heridos.

El siguiente paso del libreto -que desde 2016 comenzó el trabajo de instalación de una “crisis humanitaria” en el país- se cumplió el 12 de febrero, con la notificación pública de la entrada de la “ayuda humanitaria” a territorio venezolano once días después. El ingeniero industrial de 35 años es miembro de una fuerza minoritaria aún en el espacio opositor, instalado en la presidencia de la desautorizada Asamblea Nacional por el azar del mecanismo rotatorio de los contrarios al gobierno bolivariano. Su anuncio, en realidad, dio la localización geográfica y temporal de la cabeza de puente de la “invasión humanitaria” diseñada por el Departamento de Estado de EE.UU., con la logística de guerra del Comando Sur, la cobertura de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) -que opera en consonancia con los objetivos de la Agencia Central de Inteligencia (CIA)-, y el concurso de los gobiernos que baten palmas detrás de las directrices de Donald Trump, como los ya citados Brasil y Argentina.

Con la frase “¡Venezuela, tenemos fecha para la ayuda humanitaria!” y el 23F como día señalado, Guaidó lanzó el santo y seña de la operación que forma parte del desarrollo del golpe de Estado en marcha y clavó la punta del compás en la variable más sensible del proceso: las Fuerzas Armadas Bolivarianas. La bravata remarcó que “En 11 días la #FANB tendrá que decidir si va a estar del lado de los venezolanos, de la constitución o del #Usurpador”, calificativo con el que denomina a quien ocupa el cargo que él intenta usurpar.

Dislates de una etapa

La llegada de Trump a la Casa Blanca y su decisión de traer la mirada de sus políticas -y las bocas de sus cañones- hacia la región que vuelve a concebir como “patio trasero”, implicó la redefinición de los integrantes del “eje del mal”, para deslizarla desde Irak, Irán, Corea del Norte, Libia, Siria y Cuba hacia la “troika tiránica” de Venezuela, Cuba y Nicaragua.

El viraje se da en simultáneo con el reflujo de los gobiernos soberanos, redistribucionistas y latinoamericanistas que campearon por la Sudamérica de los tres primeros lustros del nuevo siglo. Ambas situaciones definen el escenario en que se instala la desestabilización bolivariana.

Los cambios producidos en la Argentina con la derrota electoral del peronismo-kirchnerismo en 2015 y en Brasil con la destitución ilegal de la presidenta Dilma Rousseff y la proscripción judicial de Lula da Silva, que terminó entronizando a Jair Bolsonaro, debilitaron de modo extremo el andamiaje institucional de la región construido a lo largo de más de una década, con el concurso de mandatarios como el boliviano Evo Morales, el venezolano Hugo Chávez, el ecuatoriano Rafael Correa, el brasileño Lula da Silva y los argentinos Néstor y Cristina Kirchner.

El retroceso de administraciones consustanciadas con los intereses de sus pueblos y sus países, dinamitó los esfuerzos de integración regional soberana desarrollados desde comienzos de siglo, con la consecuente destrucción de los avances logrados en el proceso de integración económica, las propuestas de colaboración financiera sin sujeción a los mandatos del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el desendeudamiento externo, además de acabar con las posturas compartidas ante negociaciones multilaterales de diferente índole que incluyen hasta temas de coordinación para la defensa y, ahora, la redefinición de los principios de la “ayuda humanitaria”. A juicio de Jorge Taiana, canciller de Néstor y Cristina Kirchner y coordinador del Grupo de Trabajo Internacional Mundo Sur, el presidente Mauricio Macri “boicoteó todas las instancias políticas y económicas de integración regional como Mercosur, Unasur (Unión de Naciones Suramericanas), Celac (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños) o Parlasur (Parlamento del Mercosur)i.

El panorama de los últimos años muestra a las autoridades de Argentina, Brasil y de otras naciones del continente, desmarcándose de los acuerdos regionales para aceptar de manera acrítica las imposiciones, políticas y estrategias de Washington, el Banco Mundial, el FMI y del Comando Sur de los Estados Unidos. Ese realineamiento implicó el abandono de posturas autónomas, nacionales, solidarias, productivistas y distribucionistas, que mejoraron la calidad de vida de las mayorías en cada uno de esas naciones.

La República Bolivariana de Venezuela constituye un bocado más que apetecible para los grupos económicos para los que opera el mandatario estadounidense, a partir de reservas probadas de petróleo crudo medidas en barriles (bbl), las mayores del mundo de acuerdo a los informes públicos de la CIA -y no de las autoridades nacionales-, con un estimado de 302.300 millones de barriles calculados el 1° de enero de 2018, lo que le permitiría abastecer, por sí sola, el total del consumo mundial durante nueve años y dos meses.

A semejante tesoro deben sumarse las reservas de oro (segundas en el mundo) y, muy especialmente, de coltán, mineral combinado a partir del cual se produce el tantalio, usado en la elaboración de condensadores electrolíticos, presentes hoy en la mayoría de los dispositivos electrónicos, como teléfonos móviles, computadoras, pantallas de plasma o cámaras digitales y en proyectos de alta tecnología como los satélites artificiales y reactores nucleares.

A semejante atractivo material hay que sumar el peso que tiene del país tanto por su localización como por sus definiciones políticas, en el enfrentamiento geoestratégico de Washington con Rusia y China, para muchos considerado como una “tercera Guerra Mundial”, para otros la “nueva Guerra Fría”, que incluye armas arancelarias, financieras, propagandísticas y… militares, para la ocasión camufladas como “fuerzas de paz”.

Las constantes victorias electorales del chavismo -certificadas por distintas organizaciones internacionales-, mechadas con algunas derrotas inmediatamente reconocidas, junto al apoyo de un sector muy amplio del pueblo venezolano y a la sujeción constitucional de las fuerzas armadas a su Presidente, hicieron y hacen muy difícil el inicio de una invasión militar descarnada, explícita, que le ponga la banda de mando a una figura maqueteada en Washington.

El dislate de una invasión a la vieja usanza y sobre un país americano, además de la reacción adversa de los principales países del mundo –incluso de los europeos que presionan contra Maduro- significaría un riesgo altísimo para un gobierno que, como el de Trump, camina al borde del desfiladero interno, tendría también un costo militar de envergadura. Los analistas castrenses consideran que el desembarco sería “dificilísimo, pero la salida, prácticamente imposible”, por las características de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana. El panorama que pintan es el de un “Vietnam del Siglo XXI”, pegado a Colombia y a las puertas de Estados Unidos.

En una fuerza que cuenta con más de 2.000 generales y almirantes, la campaña de desprestigio y dólares lograron hasta el momento que sólo un alto oficial sin tropas a cargo, el ya capturado Oswaldo García Palomo, prometiese lealtad a Guaidó, junto a dos coroneles, uno médico y otro agregado militar en Washington. Incluso desde el exilio, el coronel retirado Antonio Guevara, reconoció que «El alto mando militar permanece unido y las grietas aún no se han convertido en fracturas que puedan generar desestabilización». Su visión coincide con la propia experiencia de la inteligencia estadounidense, que en 2018 trató de reclutar militares para instalar una junta militar, a la usanza de la centuria pasada, y solo recogió los rechazos de un fracaso estrepitoso.

La República Bolivariana tiene la fuerza aérea más poderosa de la región, gracias a sus caza bombarderos Sukhoi 30 MK2l, de fabricación rusa, y al más aceitado sistema de defensa aérea, desarrollado con la asistencia de Rusia y soportado por brigadas de misiles S-300 y de misiles antiaéreos Igla-S y Super Igla. Además, su ejército supera largamente los 100.000 combatientes activos, equipados con el rifle de asalto AK 103, con una artillería equipada con más de 200 tanques rusos T-72BM1, efectivos en la protección y defensa de áreas urbanas. Junto a sus propios músculos, la nación fortaleció sus recursos gracias a acuerdos y ejercicios realizados junto a contingentes de Rusia y, en especial, a las maniobras desarrolladas entre el 22 y el 29 de septiembre de 2018 en cercanías de la frontera con Colombia, en conjunto con efectivos de China, Cuba y Rusia, un zafarrancho que, para algunos analistas, condujo a la reconsideración del posible desembarco extranjero.

(*) Carlos A. Villalba. Psicólogo y periodista. Investigador argentino asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE); Miembro de la Usina del Pensamiento Nacional y Popular, Buenos Aires, Argentina

El autor fue Coordinador General de la Comisión Cascos Blancos de la Cancillería argentina entre 2003 y 2013