«La violencia sexual fue un plan sistemático de la dictadura»

Escribe: Mónica Puertas
Fotografía: Pedro Guridi

Leyendo tu libro “Putas y guerrilleras” y llegando marzo, el mes donde se conjugan el día de la mujer y la conmemoración de la dictadura, ¿qué pensás que está pasando respecto a esos temas?

Las mujeres estamos empezando a tomar conciencia de la situación de sojuzgamiento en que vivimos hace siglos  a través del patriarcado. Incluso, en las organizaciones que supuestamente nos iban a liberar y a modificar las relaciones de poder, esas relaciones de poder se sostenían. El rol de la mujer era totalmente subalterno. Las mujeres teníamos triple jornada, porque éramos madres, laburantes y militantes. Mientras que los hombres no: llegaban a la casa y a lo mejor “te ayudaban”. ¿Viste este término: “yo ayudo”? Como sino fueran también responsables de las tareas de la casa.

Las que nos rebelábamos éramos tildadas de “malas madres” o “malas esposas”. Porque era renunciar a roles tradicionales. Era problemático decir: “Yo no quiero ser madre” o “yo no me quiero casar”. Incluso tus compañeros de militancia te decían: “¿Cuándo te vas a casar?”, “te voy a presentar a este compañero que acaba de perder a su mujer en un enfrentamiento que tiene nenes chiquitos”. Se convertía, además, en un deber moral el asistir a un compañero de lucha que había quedado en banda con los pibes. Buscaban reemplazar a esa compañera idolatrada y heroica, pero que toda su vida había vivido bajo el dominio del macho, tanto en la casa como en la militancia.

El rol de la mujer era totalmente subalterno. Las mujeres teníamos triple jornada, porque éramos madres, laburantes y militantes.

Nosotras pensábamos que nos íbamos a liberar cuando toda la sociedad se liberara y se hiciera la revolución. Pero en la experiencia de países socialistas esto no se verificó. ¿Cuántas ministras mujeres hay en Cuba o en Rusia? Muy al contrario; la participación política y social de la mujer, en esta mitología comunista, se considera “heroica”. Se muestra como una excepcionalidad. A nadie se le ocurre que un guerrillero que estaba en el monte era tan excepcional como para que todo el mundo conociera su nombre, salvo que fuera el Che. En cambio, Tania, la mujer guerrillera, o la mujer astronauta, eran «una». Y todo el mundo la conocía.

Si bien hubo una participación femenina en el Ejército Rojo, no fue tan masiva como para que dejara de ser excepcional. Y en setenta años de socialismo, cuando yo fui a hacer una encuesta preelectoral, y preguntaba: “Y usted ¿a quién va a votar?”, me bajaban la vista. Si después de setenta años de socialismo la mujer no se independizó ni es autónoma, si la mujer no es igual al hombre, ¿cuánto tiempo más vamos a esperar?

¿Notás algún cambio después del “Ni una menos” o el “No nos callamos más”, con el caso de Thelma Fardín?

Sinceramente, creo que lo hacen por miedo y no por convicción. Lo del cupo tuvo que ser por ley. Durante mucho tiempo pusieron a la “mujer de” o a “la hermana de” que, una vez que ganaban la lista, renunciaban o pedían licencia para que subiera el que realmente querían  de candidato. En el interior sigue pasando. Hecha la ley, hecha la trampa. No hay un cambio mental. El progreso hacia la igualdad se está dando de una manera muy morosa y a expensas de salir a la calle.

Hay un montón de cosas de las que nosotras mismas no nos dábamos cuenta sobre el machismo. Dentro del libro de alguna manera yo misma me hago una autocrítica por no haber sabido ver lo que era violencia sexual. Venía una compañera y te decía “me violaron” y la respuesta era: “Dale, ¿cómo que te violaron? ¿te pusieron un fierro en la cabeza?”

¿Qué pasó para que hicieras ese cambio de mirada sobre tu propia historia y la de tantas mujeres?

En 2004, cuando fui a presentar la traducción al inglés de mi primer libro a Estados Unidos, una jurista del área de la mujer de la OEA, me preguntó cómo marchaban los juicios por crímenes sexuales. Yo la miré y le dije: “No hay”. Y me preguntó: “¿Cómo? ¿No hubo crímenes sexuales?”. Y yo le dije: “No, no hay juicios”. A partir de ahí empecé a reinterpretar lo que nos había pasado como mujeres, en los centros clandestinos. Y a pensar: “Cuando me torturaban, ¿por qué me desnudaron? ¿Por qué no me cagaron a piñas o me picanearon las encías sin desnudarme y hacer observaciones de mi culo o mis tetas? Me decían: “¡Qué buena que estabas!”, “estabas mejor en las fotos”, “vení que te vamos a garchar todos”, “¿cuántos abortos te hiciste?”, “¿con cuántos tipos de acostaste?”

A un hombre le sucedía excepcionalmente. Igual no es lo mismo que un tipo esté desnudo delante de diez tipos que una chiquita de diecisiete años. Es distinto el impacto. A mí no me hubiera dado tanta vergüenza si los torturadores hubieran sido mujeres. Empecé a reflexionar sobre mi actitud frente lo que les había pasado a mis compañeras. Y una de las grandes culpas que yo tenía era cómo habíamos reaccionado frente a las compañeras que sí individualizaron la violencia sexual; a pesar de no haber individualizado otros hechos. Cuando decían, por ejemplo: “Me puse de novia con…”. Pero si la compañera percibía que se trataba de una situación de violencia tampoco le dábamos apoyo. Dentro de la ESMA no se hablaba del tema, ni públicamente ni en secreto. Y no era que nosotras no percibíamos o no teníamos conciencia de que las compañeras estaban siendo abusadas sexualmente de la manera más refinada o pseudo caballerosa, como cuando las llevaban a cenar y en el medio del trayecto paraban en un hotel alojamiento. Además estaba el verso de: “Ustedes son mujeres como nosotros pensábamos que había sólo en las películas; porque ustedes saben hablar de economía y empuñan armas. No como mi mujer que va a estudiar modelaje y lo único que le preocupa es llevar la sombrilla al club el sábado”, “ustedes son las culpables de las crisis en nuestros matrimonios”. Un juego perverso en el sentido de: “Yo te admiro”.

Es decir que vos pudiste resignificar todo esto a partir de esa pregunta de la mujer de la OEA.

Sí, empecé a pensar sobre qué cosas había sido víctima o testigo, en cuanto a violencia sexual. Porque no era la violación clásica de un tipo que vos estás en la celda, te pone la capucha, te tira y te pega. No. Entendí que este patrón de violencia sexual, que yo llamo “Terrorismo sexual desde el Estado”, fue un plan sistemático contra las mujeres y también contra los hombres. Porque, como dice Rita Segato, el macho no está violándote solamente a vos. Está dando un mensaje a los otros machos. Y en el caso del Centro Clandestino de Detención le está hablando a sus pares: “Mirá cómo me la cojo”, “mirá qué macho que soy” Pero también al secuestrado, compañero de militancia de esa mujer, diciéndole: “Mirá todo lo que hago con ella y vos no podés hacer nada”. Es un mensaje letal para todos. Porque nosotras mismas le hubiéramos reclamado a nuestros compañeros que “nos defendieran”. En el libro cuento una anécdota de una sobreviviente de Villa Grimaldi, que había estado en el Estadio Nacional, en Chile. Se reunió en una conmemoración de los 25 años del Estadio Nacional y un compañero le dijo: “¿Vos te acordás cuando los hijos de puta de los soldados nos querían hacer comer ratones y nosotros no cedimos?”, y ella le contestó: “También me acuerdo cuando me violaron delante tuyo y no hiciste nada para defenderme”. Y el tipo se arrodilló, le pidió perdón y se puso a llorar.

El patrón de violencia sexual, que yo llamo “Terrorismo sexual desde el Estado”, fue un plan sistemático contra las mujeres y también contra los hombres.

Le reclamó que él tenía que ocupar ese lugar.

Claro. Pero, ¿qué margen tenía él en momento en que Pinochet los tenía a todos secuestrados? Y, salvo en algún que otro Centro Clandestino de Detención, no hubo casi resistencia por parte de los otros varones y de las otras mujeres a situaciones de abuso sexual. No recuerdo si en una cárcel o en un Centro Clandestino de Detención hicieron una caceroleada, o una cosa así, cuando se pusieron a gritar mientras uno de los guardias estaba violando a una chica.

De las mujeres sobre las que vos contaste su historia, ¿hubo alguna que creas que el libro la haya ayudado a reflexionar sobre el tema?

Sí, yo creo que sí. Hubo algunas con actitud dubitativa, en el sentido de “no quiero que se sepa mi nombre” y después, cuando salió el libro, “¿por qué no pusiste mi nombre?” [Risas]. También sucede que, al pasar un tiempo entre la entrevista y la edición del libro, en el medio hay procesos. Me dicen: “Dejame primero que lo hable con mis hijas o mi marido”. El correr de los años se encargó de empujar procesos de comprensión, como el que hice yo, de reinterpretación de lo que había pasado. Al principio había una compañera que decía que estaba enamorada del represor y después terminó diciendo: “Fue una situación que no hubiera sucedido si hubiéramos estado en libertad”. Es decir, ella se vio forzada a tener una relación con este tipo, a pesar de que no hubo violencia física.

Se refuerza un imaginario que se trata de derribar…

Claro, la mujer como puta y traidora. Porque si los varones sobrevivientes eran sospechados de haber traicionado, las mujeres ¡dos veces! Porque si habíamos sobrevivido, y éramos jóvenes, entonces «nos habíamos acostado con los represores». En la ESMA era una cuestión explícita. Yo veía que pasaba pero no “sabía” que era explícita. Por suerte, en mi caso, lo único que padecí en la ESMA fue acoso. Por ahí porque era la más chiquita. Nadie sabe. Son estas cosas de que no sabés por qué sobreviviste. Pero cuando llegué, Febres -el que abusó de la Kika Osatinsky, el que repartía los bebés, que apareció muerto en la celda- me hizo desnudar. Cuando se los conté esto a mis compañeros fue mucho tiempo después y en el marco de otra conversación. No es que yo los agarré y les dije: “Che, me hicieron desnudar”. Para mí era tan natural como que te hicieran cagar con la puerta abierta, duchar con la cortina corrida, o que te desnudaran para revisarte, o torturarte. Para nosotras era natural.

¿De qué te nutriste, a nivel teórico? Porque ahora hay un boom académico, intelectual y  periodístico. Pero vos escribiste el libro antes de ese boom.

Leí a Rita Segato, leí escritos jurídicos sobre los crímenes en Ruanda o en la ex Yugoslavia. Me nutrí mucho de mujeres que habían sido objeto de violaciones y que escribieron sobre eso, como Inés Hercovich. También Laura Klein, que había sido su asistente, participó de una entrevista a 200 mujeres violadas. Una de las cosas que me ayudó a construir la idea del consentimiento real fue que todas estas mujeres referían lo mismo: “Mejor no me resisto, a ver si todavía me mata”. La primera actitud de estas mujeres frente al violador fue fingir consentimiento. Es imposible determinar cuáles eran los márgenes para el consentimiento dentro de los centros clandestinos y aun ya liberadas, porque vos vivías en un país que era un Centro Clandestino de Detención. El represor aparecía por la casa de tus viejos y te decía: “Vení, vamos a tomar un café” y vos no sabías si el tipo te iba a matar o no. Y además amenazaba a tu hermanita de quince años.

¿Cómo ves esta nueva ola del feminismo?

Es muy positiva. En las organizaciones políticas las mujeres, y sobre todo las chicas, están reclamando el lugar que les corresponde. Además están denunciando situaciones de acoso o de abuso que antes parecían naturalizadas. Lo que sí me preocupa es la solidaridad que hay entre mujeres militantes y compañeras con abusadores. Hay como una tendencia a descreer de las acusaciones de otras mujeres. Acusarlas de oportunismo electoral, de querer destruir la organización. No existe la solidaridad en esos casos. Existe la solidaridad con el nombre del compañero que fue mancillado “injustamente”. Yo vi cómo en situaciones de violencia o de abuso sexual por parte de dirigentes de organizaciones progresistas o de izquierda las compañeras aislaban a las otras compañeras y se encolumnaban con los dirigentes.

¿Y no te parece que se esté revirtiendo?

Sí, pero a paso muy lento. Hay muchas compañeras que, incluso considerándose feministas, terminan haciéndole el juego al abusador. Pasó en la facultad de sociales con un Secretario de Bienestar Estudiantil. Hubo un caso muy fuerte de una organización guevarista de La Plata, en que las mujeres terminaron sacando una declaración acusando a las compañeras de oportunismo electoral. Hay un grupo de mujeres sociólogas, académicas, políticas y periodistas que se está reuniendo para estudiar la violencia contra la mujer en la política, nucleadas en la Fundación Adenauer y la FLACSO. Buscan reflejar cómo en las provincias se negocian cargos por sexo, o cómo las mujeres sufren distintos tipos de violencia como no dejarlas hablar en las asambleas, boicotearles sus iniciativas o amenazar a su familia.

Por último, con el tema del aborto apareció cierta transversalidad en diferentes espacios políticos, ¿creés que es genuino?

Genuino y sorprendente. Estoy convencida de que por más que en la práctica haya un choque, hay una voluntad de consensuar en pos de un objetivo común que es el aborto legal, seguro y gratuito.