Escribe: Franco Rossi

Después de estar veinticinco días encerrada en un barco, debía esperar una semana más en el camarote que compartía con un portugués y cuatro coterráneos. El puerto de Buenos Aires estaba abarrotado, el tráfico de navíos excedía su capacidad y los controles sanitarios no daban a basto.

Las enfermedades infectocontagiosas eran las más nocivas. Un simple estornudo, un dar de manos, la vajilla mal lavada, el picaporte del baño, eran canales efectivos para que el virus se cuele por el tacto y se introyecte en sangre, sin que nadie lo perciba. Ella viajaba en tercera clase.

Epidemias hubo en todo los tiempos y regiones. Ninguna fue igual a la anterior. Quizás lo más sorprendente de la malaria actual no sea la digitalización de la vida, el rol de los medios de comunicación o la gran capacidad de movilidad de personas, sino el modo en que nos vinculamos. Estamos en una época donde la aceleración de los mecanismos de mercantilización de las personas y de la naturaleza han acotado nuestra capacidad de decisión. Cada vez debemos trabajar más horas para llegar a fin de mes, y empleamos el tiempo restante para tareas domésticas, y en menor medida, para actividades (re)creativas. Sin embargo, hemos construido dispositivos cotidianos para soportar y regular dicho acotamiento de soberanía, sin que se tramite como frustración.

Administramos nuestro sueldo, subimos una historia, organizamos el tiempo libre, miramos Sex Education antes de dormir, y sobre todo compramos cosas. El consumo, aquel medio que tenemos para adquirir lo que queremos, se ha transformado en una gran fuente de disfrute. El consumo, que está individualizado como nuestro sueldo y el celular, pauta un modo de vincularnos con les otres. Se condensa el despojo corporal y emocional capitalista. Aprendimos a ser y pensar en primera persona. Antes del nosotros y del ellos, está el yo. El yo que consume. Allí el cimiento de una estructura moral que amalgama pulsiones de fuga y gestiona emociones: soy porque tengo.

El miércoles pasado ya había corrido la bola de que teníamos que abastecernos. El estado de excepción decretado el jueves 19 por el gobierno nacional se veía venir como un mar de lava que baja desde la cima del volcán. En esos días la gente aprovechó para proveerse y realizar las últimas visitas. El decreto era inminente. “¡No hay pan con lino acá!”, relinchó una señora de cincuenta años con una vincha verde en la frente al entrar a la panadería, “¿Cómo puede ser? Tu  esposa me dijo que hoy llegaba más.”  El panadero terminó de cobrarle a un joven que cargaba dos bolsas estalladas, y restándole importancia a la situación, invitó a la señora a llevarse un pan de salvado “que está buenísimo”. El estado de excepción anímico había llegado antes que el decreto.

Los territorios barriales y digitales vivieron pequeñas revueltas. Hubo quiebres irregulares en el sistema de relaciones cotidiano. Se libró una lucha silenciosa por los bienes comunes. Si bien la falta de papel higiénico y el acaparamiento de alcohol en gel fueron los síntomas más rotundos, el temor social y el sálvese quien pueda, incidieron en los múltiples quehaceres diarios. Las relaciones de interdependencia y reciprocidad propias de los modos comunitarios de vida fueron acorraladas. La co-responsabilidad necesaria para la vida en común fue puesta a prueba.

La pandemia llegó a la Argentina en un momento de severa crisis económica y social. Un tercio de la población es pobre y la mitad tiene trabajo informal, día a día necesita salir a ganarse el pan. El aislamiento social que nos iguala en apariencia, nos desiguala en posibilidades. No es lo mismo quedarse en una casa con jardín y sueldo fijo, que vivir cinco en una casilla alquilada, con laburo precario. Si la deuda, la restricción externa y el derrumbe productivo, herencias del macrismo, impedían una pronta recuperación económica, los condicionantes de la pandemia complican al máximo la situación.

“¿Querés que te diga la verdad?”, meditó la vendedora tras el mostrador de la fiambrería, “a mí esta epidemia me asusta pero no me puedo quejar, en una semana gané más que en todo el verano.” La tarde estaba cálida y había poco ruido en el sur de Boedo. Un flaco con remera de Nirvana esperaba las fetas de queso y decía: “Ahora estoy viendo qué invento con los chicos. Un fin de semana con lluvia y no sé qué hacer, diez días adentro me muero, o me matan”. Había cuatro personas haciendo cola en la puerta del almacén, por la distancia que disponían parecía una fila de cuarto grado en el saludo de la bandera. Al lado, una nena con vestidito azul y trenzas cocidas jugaba en el suelo a que tenía en sus manos un camión de bomberos. Mientras, la mamá hablaba por teléfono y movía todos los pliegues de su cara para que soltara la botella de Prity pisoteada.

Hay un cúmulo de tensiones rumeando el ambiente. La necesidad de ganarse el mango, el miedo al desabastecimiento, el peligro del contagio y las prácticas preventivas generan una realidad social inédita. En este andar, se pusieron en cuestión diversas representaciones referidas al cuidar y cuidarse. El sentido individualista del cuidado fue cuestionado. La realidad orgánico-corporal, constituida en el intercambio material, simbólico y emocional, tomó una nueva forma. ¿Hasta dónde el individualismo posesivo sería la solución al problema? Un meme apuntaba sobre el riesgo que corrían aquellos que al comprar todos los jabones del súper impedían que los demás se laven adecuadamente las manos: el virus llegaría más rápido a su puerta. En este paréntesis de la vida-rutina, el cuidado colectivo deja de ser un anhelo utópico para ser un requisito de supervivencia. Y así, se abre la posibilidad de pensarnos a partir de patrones cognitivos y prácticos basados en una ética del bien común.

Una piba a punto de cruzar la calle discutía con un amigo por teléfono: “No es así Carlos. Tenés que cuidarte vos, a los tuyos y a los que no conocés, pero están ahí igual”. En la vereda de enfrente, el verdulero repartía a cada cliente un tarjetita con forma de manzana para los pedidos a domicilio. Explicaba que era el modo para que nadie se quede sin morfi y él pueda pagar el alquiler del local, que este mes había aumentado. Un joven de rulos, arito en la nariz y espalda ancha, luego de hacer su pedido y estornudarse en el codo, sacó del bolsillo del jean una listita escrita en birome y se la pasó al verdulero. “Es para mi vecina”, se rascó un ojo y siguió, “me pidió todo esto, es una abuelita y parece que tiene algunos quilombitos de salud”.

Ella hace una semana que no sale de su casa. Pasaron setenta años desde que abandonó aquella aldea medieval repleta de castaños, gaitas y refugiados de la Guerra Civil. Dejó atrás los caminos romanos, doce hermanos y el frío invernal que mató a su prima. Sobre el modular del comedor hay una foto borrosa en la que ella y su marido pasean por la costanera norte, vestidos de camisa y pantalones claros, como lucían los primeros tenistas. Atrás el océano, ese cacho de ecosistema testigo de exilios, conquistas y pestes. Se acomoda en el sillón, baja el volumen de Canal 26, ojea la foto y se alegra de que esta vez el encierro no sea en altamar.

Luisa sabe que le quedan mínimo diez días más adentro. Pudo zafar de las pestes que cargaron aquel viaje de Galicia a Buenos Aires, y de las picanas del ´76, pero sabe que está en tiempo de descuento. A sus noventa y dos años espera la muerte como de niña esperaba al cartero en el umbral de su casa de piedra: despeinada y en chancletas. Sin embargo, prefiere que no sea con esta pandemia. Necesita terminar el chaleco de lana que le está tejiendo a su bisnieto, Benja, quien este año arrancó primer grado en una escuela qué, se rumorea, podría servir de tienda sanitaria.