Sábado 3 de octubre del 2020

Escribe: Pablo Ernesto Suárez (*)

Mi abuela nació en 1921 de una pareja de andaluces bastante pobretones. No era muy creyente. Tenía una religiosidad más fuerte en lo doméstico que en lo exterior. Bautizó a sus hijos, pero porque en esos años era inconcebible no hacerlo. Poca misa, poca biblia.
No teman, no voy a hablar de “La religión” sino de algunas cápsulas de fe con las que convivimos muchos miembros de mi generación.

Para mi abuela, los santos eran como las Apps de su vida cotidiana: Para el laburo, una clásica que ya venía instalada en todos los sistemas operativos: San Cayetano; si se le perdía algo invocaba a Santa Rita, a la que podía agregarse a modo de plug-in el acto de dar vuelta una taza; para el menudeo de la timba, esos pocos pesitos que jugaba semanalmente, corría San Cono. Poncio Pilatos no era santo, pero era invocado y torturado corporizado en forma de pañuelo, en ocasiones especiales como partidos de fútbol o pérdidas de cosas. San Roque era el “bloqueador” de perros (con una rima deliciosa: San Roque San Roque, que ese perro no me mire ni me toque”), San Pedro traía las lluvias y la Virgen de Luján protegía a los viajeros como un GPS, imantada a los tableros de los autos.
Así, crecieron (y crecimos algunos de nosotros) munidos de ese arsenal de recursos que estaban en la sociedad en la que nacimos, sin saber bien quién los puso en nuestras almas; con fidelidades y creencias que se transmitían cotidianamente y se copiaban como gestos, ubicados a medio camino entre lo plenamente espiritual y la materialidad lisa y llana de un objeto perdido o un perro con rostro amenazante en una vereda.

Hoy, los tiempos van a mil y nuestros extraños corazones cambiaron (y ya no tenemos abuelos). El santo de mayor crecimiento en estos años es San Expedito, que ya en el nombre denota su principal virtud: la celeridad. No es casual que el santo más invocado (o el que más visibilidad ha tomado recientemente en avisos de diario y pasacalles) no tenga como área específica de incidencia a determinados objetos o escenarios, el “diferencial” de San Expedito es el que la época le impone: actúa rápido. Y eso le ha valido una preponderancia visible sobre los santos a los que invocaba mi abuela, que estaban abocados, como las Apps, a objetos y escenarios específicos. Es un intermedio entre los viejos modos rituales y las nuevas necesidades.

De alguna manera, la devoción por las aplicaciones de los celulares, ha venido a reemplazar aquella devoción santeril de nuestras abuelas. En mayor cantidad temática, idéntica confiabilidad y mayor apego por parte de los usuarios, un sinfín de aplicaciones nos son ofrecidas desde nuestros celulares, para ayudarnos a sobrepasar aquellos obstáculos que la vida cotidiana nos pone adelante.

La transición de la regulación vía mística a la accesorización via Apps no me resulta fácil todavía. Es más: ¡todavía no me queda claro que no sea una vía mística! El fetichismo de la mercancía -que Marx chicaneramente le adjudicó al capitalismo para decirle “ojo que esto que vendes como nuevo, es muy viejo”- no deja afuera a las Apps, que son efectivamente mercancías, aunque lo disimulen bien, o aunque se escondan detrás de la gratuidad.

Quién sabe cuál fue el proceso por el cual la religiosidad orientada a objetos se hizo carne en la vida cotidiana de las generaciones anteriores y quién sabe cuánto durará el rol de los smart phones como centralizadores y en parte solucionadores de muchos de los desencuentros con los que cotidianamente convivimos. Quizás no terminen de consolidarse nunca porque seguramente el fetichismo que está en la esencia del capitalismo, generará nuevos dispositivos para control y gestión de las vidas (de la cotidiana y de la otra) y de las muertes.

¿Cómo será la relación con los objetos domésticos y cotidianos en hogares administrados por la “internet de las cosas”? ¿Viviremos en un mundo sin extravíos y sin perros traicioneros? ¿Cuándo se derrame el vino, un filtro de Instagram automáticamente nos dibujará una cruz en la frente?

El celular ha jubilado a algunos de los objetos de mi vida: el despertador, el afinador, el metrónomo (con magros éxitos en los tres casos), pero no todavía a algunos de esos rituales con los que crecí. Quizás en el futuro los objetos vengan dotados de una fe que se nos implante a los humanos al modo de sistema operativo, para convivir apaciblemente con ellos y la internet de las cosas, llegue a ser “la internet de las personas”. Pero para eso falta. Todavía hay margen.

Mientras tanto, los de la generación intermedia, vamos mechando: una App por aquí, un gestito místico no softwarizable por allá. Cargar en el GPS las veredas donde haya perros malos, y para los que aparezcan sorpresivamente, la rima de San Roque.
“Por favor San Pantaleón, ayudame a vivir en modo avión”.

(*) Historiador y redactor publicitario