Martes 3 de noviembre del 2020

Escribe: Juan Manuel Bassus

Ilustra: Gonzalo Rielo

Reza uno de los preceptos tradicionales del sueño americano, que todo niño puede llegar a ser presidente de los Estados Unidos de América. Pero, desde la desaparición de sus padres fundadores en adelante, la democracia norteamericana ha ido en una lenta decadencia que la llevó de ser el paraíso de los inmigrantes a una plutocracia para pocos, donde sólo accede al poder político quien haya previamente aceptado las reglas que el statu quo estableció de antemano. En el final de las elecciones internas de cada uno de los partidos mayoritarios (la contracara de nuestras Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias) que comenzaron, en el caso de los demócratas, con un mosaico multicolor de casi treinta candidatos, quedlo claro que el próximo presidente de EEUU será blanco, mayor de 70 años, hombre y heterosexual.

¿No tan distintos?

Las coincidencias entre las primarias norteamericanas y las PASO se agotan en esa primera palabra que compone el acrónimo. Para empezar, no son abiertas. Las elecciones partidarias se desarrollan en dos variantes: Primarias y Caucus. En ambas, sólo aquellos ciudadanos que puedan acceder al voto y hayan solicitado ser incluidos en el padrón, podrán expresarse. Y no contentos con este primer filtro, aquellas elecciones que se celebren en la modalidad de Caucus serán aún más restrictivas. Se trata de reuniones de las que solo pueden participar miembros del partido en cuestión que, por lo general, se realizan en horarios laborales para complicar el acceso de las minorías, y en las que se vota a mano alzada al final de una serie de debates. Los únicos votos que cuentan son los expresados por aquellos miembros que se encuentren presentes después de extensas discusiones. Esta dinámica suele excluir a los asalariados, ya que en los Estados Unidos es muy difícil para los trabajadores hacer uso de licencias sin ser despedidos, y la afiliación a un gremio es causa legal para dejarlos sin trabajo.

Por otro lado, no son simultáneas. Se desarrollan en cada estado, según un cronograma pre-acordado que abarca desde febrero hasta junio, y culminan con dos convenciones partidarias, previas a las elecciones generales que se realizan en el mes de noviembre. Por último, no son obligatorias. En los Estados Unidos, el voto es opcional (siempre y cuando el ciudadano en cuestión no sea ex convicto -ya que nunca recupera el derecho al sufragio- o resida en uno de los territorios de ultramar que, pese a albergar bases norteamericanas y contribuir significativamente en efectivos a su ejército, tampoco tienen derecho a expresar su opinión en las elecciones). En este sentido, la “guerra contra las drogas” ha sido la excusa de preferencia para aplicar la privación de derecho al voto (Felony Disefranchisement), como forma adicional de exclusión de las minorías raciales de la vida política del país.

Finalmente, en la tierra donde el lobby es legal (quiero decir, el hecho de que un empresario o una compañía multinacional le pague a un legislador para que vote de determinada manera, no sólo no se contradice con la ley, sino que es esperable, al punto de que los congresistas de ambas cámaras pasan buena parte de su tiempo de trabajo en un call center, montado al lado del parlamento, pidiendo donaciones por teléfono), mantenerse en carrera para postularse a ingresar a la casa blanca cuesta dinero, y mucho.

Business rivals entered into negotiations. Ilustración de Gonzalo Rielo.

Million Dollar March

El derecho de acceder al salón oval y tener el botón rojo en las manos, está vedado para todo aquel que no posea el dinero necesario para comprarlo. En los Estados Unidos, la intención de voto de los candidatos suele sufrir un fuerte condicionamiento territorial, ya que solo se gana en donde se es conocido. Instalarse en la opinión pública en distritos donde no se tiene experiencia de gestión, implica cientos de miles de dólares -cuando no millones- en pauta publicitaria, organización de eventos partidarios e impresión de material gráfico (agregando voluntarios para repartirlos y “militar” al candidato). Todo esto sumado a los costos logísticos de trasladar toda la estructura de campaña a lo largo de este “road show” que configura el camino a la casa más famosa del mundo occidental moderno.

Pocos candidatos cuentan con la fortuna y la voluntad de solventar todo esto con sus propios fondos. Por lo que todos y cada uno de ellos, están condenados a conseguirlos con donaciones. Y esto implica aceptar condicionamientos. Amerita un breve apartado la campaña de Donald Trump para las primarias de 2016. Uno de sus pilares de campaña, por
fuera de sus slogans de tres palabras (Build the Wall, Drain the swamp, Lock her up, etc.), fue el hecho de financiar su campaña con fondos propios. Sin embargo, resulta que hay dos formas de colaborar a una campaña de primarias: donaciones y contribuciones. Las primeras son sólo eso pero, el ganador puede recuperar las segundas, cobrándoselas de los
fondos partidarios tras su victoria (creo que no es necesario que explicite que opción tomó el buen Donald). Por cuanto, a menos que se trate de multimillonarios con un alto espíritu de filantropía, se verán obligados a entregar algo a cambio de los dólares necesarios para mantenerse en carrera.

El derecho de acceder al salón oval y tener el botón rojo en las manos, está vedado para todo aquel que no posea el dinero necesario para comprarlo.

La atomización del Partido Demócrata en tres decenas de candidatos les permitió acaparar la atención de la prensa, poniéndolos en el centro de la escena. Pero, esto los llevó a enrostrarse la cantidad de millonarios que respaldaba a cada uno como forma de desacreditar a los demás y terminó exponiendo sus debilidades. Uno de los más grandes motivos de discordia, fue por la aceptación de varios candidatos, de fondos provenientes de
Comités de Acción Política y Súper Comités. Conocidos en inglés como PACs y Súper PACs, son cajas negras donde empresas, individuos y organizaciones de todo tipo depositan fondos para que sean entregados a los políticos en cuestión, sin que se revele la identidad de quien los entrega. Una forma de que el candidato pueda públicamente expresar una posición, mientras que recibe dinero de manos de entidades que defienden las ideas exactamente opuestas. Por otro lado, mientras los demócratas se peleaban para las cámaras, Donald Trump aprovechó tras bambalinas para sortear un juicio político y solventar su campaña enteramente a través de fondos privados, a los que llegó a alquilarle sus propios edificios para usarlos como locales partidarios, encontrando otra forma de enriquecerse robando fondos, nuevamente, de las donaciones hechas a su misma campaña. Tal y como su “amigo” Mauricio, está dispuesto a cualquier cosa para valerse hasta último momento de la influencia de la primera magistratura para su propio interés económico.

Abrazame hasta que vuelva… ¿Obama?

En medio de una pandemia que, a causa de la pobre respuesta gubernamental, pone en duda la casi segura victoria de Donald Trump, producto de la indiscutible reactivación económica que había logrado, el nuevo movimiento populista de derecha mundial se mide contra una centro derecha aggiornada que dice haber aprendido a valorar la vida de mujeres, afroamericanos y minorías, en general, pero considera que la persona mejor preparada para convertir ese mantra en políticas públicas es un hombre cisgénero, blanco, multimillonario y con casi 8 décadas de antigüedad.

Tendremos que esperar hasta noviembre para saber si el neo populismo nacionalista se afianza en los EEUU, renovando su impulso y asegurando su expansión al resto del mundo; o si las viejas instituciones de la doblemente indirecta democracia más vieja del continente, resisten al punto de permitir que gane el candidato que viene a cambiarlo todo, para
que nada cambie.

Nota a publicar en Revista Hamartia #35