Jueves 12 de noviembre de 2020

Escribe: Darío Andrinolo

Ilustración: Nicolás Nieto

Entre otras muchas cosas el COVID 19 resalta, valida y refuerza ciertas ideas, no sólo ligadas a las consecuencias de la llamada globalización sino en línea de generar alternativas. Por ejemplo, la importancia de la producción local de alimentos en el marco del desarrollo de la soberanía alimentaria. No cabe duda de que desde una perspectiva económica el cultivo masivo de comodities como la soja es más rentable para los dueños de la tierra, o para los que alquilan las tierras.

Incluso desde una perspectiva ambiental, por ejemplo, se aboga por la construcción de micro generadoras hidroeléctricas distribuidas a lo largo de ríos; asociada los servicios eco-sistémicos locales, en lugar de grandes e inmensas represas con sus impactos irremediables sobre el ambiente. En un sentido económico, las grandes represas son evidentemente más eficientes y se logra vender en un lado el producto y dejar los costos ambientales y sociales en el otro. Lo mismo le cabe a la minería.

Entonces cabe la pregunta, ¿qué modelo de producción y consumo construiremos con el cannabis? ¿Cuáles son las bases materiales sobre las cuales construir nuestra forma de relacionarnos con el cannabis?

Así, entonces, el cannabis medicinal, o sea el cannabis, o mejor dicho; los procesos sociales y económicos que en Argentina se vienen dando en esta época de fin de prohibicionismo, se van a influenciar por esta época pos-pandemia.

Por un lado, vemos como en Jujuy, se expresa la producción masiva con objetivo agroexportador, financiado desde el centro del mundo y que avanzó con respaldo político en el gobierno de Macri y avanza hoy dentro del marco legal (o no, eso se está viendo) en el gobierno de Fernández. O sea, son fuerzas productivas supranacionales que se mueven en ese sentido.

¿Qué podemos sacar como sociedad de todo esto? Lo mismo que con la soja, o con la minería. En este modelo produciremos cannabis para millones pero habrá que comprarla en dólares o euros.

Si este modelo abastecerá o no a los laboratorios públicos del país o de la provincia, y de qué forma elaborarán productos en base a cannabis, si es que no venden las flores directamente; está por verse. Igual dudamos mucho que así sea, y si así fuera, que sea significativo en el sistema de salud.

Por otro lado, y con el impulso que el Gobierno del FPV le dará seguramente al Estado, se abrirán posibilidades nuevas para municipios, provincias y diversas instituciones como INTA CONICET y fundamentalmente las UNIVERSIDADES, que tendrán, esperamos, más libertad de trabajar en el marco de la nueva reglamentación de la ley 27350.

Los gérmenes de estas formas de producción ya están a la vista, Lamadrid, Río Negro, San Juan, La Rioja, y seguramente faltan en la lista. La distribución federalista de las universidades y diversos institutos del INTA o INTI permitirán una sinergia entre estos estamentos que potencien el cultivo, la producción de fitoterapéuticos y el control de calidad.

¿Podrá el Estado en este nuevo contexto financiar con fondos públicos estos procesos?

Y mirando desde otra perspectiva, ¿cuál será la mirada sanitarista que tendrá el Ejecutivo con el tema cannabis?, ¿qué lugar en las políticas de salud? En este sentido, es necesario avanzar en la información precisa, desprejuiciada, de la planta, así como en sus aplicaciones medicinales hasta llegar al corazón del sistema de salud. Así, entonces, parece que la fuerza que mueve a los Estados a cultivar y poder ofrecer productos autorizados a base de cannabis con fines terapéuticos, tiene un fuerte componente económico social. Y podría ser fuente de desarrollo, generador de empleos y de polos tecnológicos dentro del área de la producción de medicamentos y fitoterapéuticos. 

Argentina tiene mucho camino que recorrer en este sentido, o en estos sentidos, ya que las posibilidades de la producción pública son muchas y las tendremos que ir recorriendo. Pero es viable pensar en desarrollos productivos regionales en la lógica del Estado presente en resguardo y garantizando el acceso a la salud.

Hay, por otro lado, algunos actores que aún no se han movido explícitamente o significativamente, al menos, que son el sector de mutuales, obras sociales y prepagas, así como la industria farmacéutica local, que seguramente comenzaran a participar del negocio y tendrán fuerte influencia en las concepciones del público sobre lo bueno y la malo ¡Cuando lleguen nos vamos a dar cuenta!

Ilustración: Nicolás Nieto.

Finalmente, están los usuarios, consumidores, cultivadores, los transas, los cogolleros, los profesionales del cannabis, los hippies, los fumeta con y sin OSDE, los médicos comprometidos y los médicos que lucran, los cultivadores tirados a médicos. Los procesos sociales son diversos y sus actores también.

Por la trascendencia y el impacto que tiene la aceptación social de sus planteos, las organizaciones de pacientes o madres de pacientes, su búsqueda de plantas y formas de cultivo, han hecho la diferencia y han generado a lo largo de nuestro país, el desarrollo de cientos de agrupaciones y redes de cultivo comunitario y auto-cultivo, que hoy son los que abastecen y los que sustentan en su acción el conocimiento de hecho sobre las plantas de cannabis en su variedad y sus potencialidades biomédicas y recreativas, si fuera necesario aclararlo ¡Han sido los que han formado a los profesionales de la salud en temas cannábicos! Y que si bien hay grupos similares en Chile, Perú, México, entre otros… En ningún lugar tiene la misma dimensión que en nuestro país, ni la capacidad de incidir sobre políticas públicas, ni de interaccionar con universidades y organismos del Estado.

Esta es una de sus fortalezas.

Lo cierto es que en el mundo pos-pandemia los desafíos para este sector son enormes: el primero, creo, fuertemente, es profundizar en la calidad de los productos; profundizar en la relación con profesionales de salud; tener la capacidad de inscribirse en formas legales como cooperativas o pequeñas pymes, y en definitiva, escalar el nivel de complejidad en la organización.

Se tienen fortalezas como la mantención de la diversidad, en contraparte a los grandes cultivos. ¡¡¡Se pueden hacer productos con cannabinoides ácidos!!! Se pueden acompañar tratamientos tradicionales, y se pueden personalizar los productos según el destinatario.

Deberíamos poder generar productos con sello de calidad que diga: Hecho en Argentina, este es un producto social comunitario de la economía social ¡Y ES EL MEJOR PRODUCTO QUE HAY!

Los Dolores que nos quedan son las Libertades que nos Faltan.

¡Basta de Presos por plantar!

Nota publicada en Revista Hamartia #35. Conseguí tu edición papel acá.