Para el que nace entre chapas, la vida viene medio oxidada

Jueves 17 de diciembre del 2020

Escribe: Luciana Espíndola

“Violencia es mentir, violencia es no repartir.
¿Dónde nace el peligro?¿Fuerte Apache o San Isidro?”

Científicos del Palo

 

Debido al asesinato de un ciclista armenio a manos de un chico de 15 años en Retiro la semana pasada, los sectores más reaccionarios de la sociedad aprovecharon para reabrir el debate por la baja en la edad de imputabilidad: con él resurgieron también una infinidad de sentidos comunes latentes.

Los prejuicios frente a la pobreza responden a construcciones discursivas que son instaladas, nadie sabe de donde salieron, nadie sabe cómo llegaron pero están ahí, acechan nuestras cabezas, se nos escapan en algún furtivo pensamiento sin quererlo, y se perpetúan en el tiempo, años tras años, convirtiéndose en mitos.

En su libro “Mitologías”, el semiólogo Roland Barthes dice que “el mito priva totalmente de historia al objeto del que habla. En él, la historia se evapora; es una suerte de criada ideal: prepara, trae, dispone, el amo llega y ella desaparece silenciosamente; solo hay que gozar sin preguntarse de donde viene es bello objeto. O mejor: no puede venir más que de la eternidad; desde siempre estaba hecha para el hombre burgués”.

En esa o en otras palabras lo que Barthes quiere explicar es cómo a través del mito se naturalizan prácticas y discursos que son históricos y culturales.

“Todos los pibes pobres son delincuentes”, el mito número uno de la derecha argentina a la hora de pensar a las juventudes de bajos recursos.

“Salen de la primaria, se mandan un moco, tienen que ir en cana: si tiene edad para matar, tiene edad para ir preso” Resulta que cuando es un pibe de la villa 31 la edad para castigarlo no importa: es enteramente responsable de sus actos. Si, en cambio, quien comente algún delito es un muchachito de country jugador de algún deporte de elite las lógicas cambian y las morales también.

Construcciones humanas como lo son los discursos son vestidos de neutralidad para hacerlos circular dentro de la sociedad fundamentalmente con un fin determinado: estigmatizar la pobreza.
El relato circula por entre las realidades tangibles y virtuales: se oye por la calle, lo comentan en el supermercado, lo reproducen los programas de amarillismo político del prime time, se atiza por redes desde la acotada verborragia de 280 caracteres, lo alimentan referentes con su odio disfrazado de preocupación. Y de tanto transitar se legitima.

Barthes dice también: “Todo mito madura porque se extiende” y vaya que se extiende: Los pibes pobres, los de la villa, los marginados, se convierten así en responsables exclusivos de la inseguridad.

Según datos de Unicef con base en la Encuesta Permanente de Hogares y considerando privaciones en educación, protección social, vivienda, saneamiento, acceso al agua y hábitat seguro, se estimó que en 2018 el 48% de las y los niños en Argentina experimentaban al menos una privación de alguna de las dimensiones mencionadas.

Por su parte, el Observatorio de Deuda Social Argentina en su informe del Barómetro de la Deuda Social de la Infacia del mismo año 2018, el 60% de las infancias sufre algún tipo de privación de derechos.

Entonces… Si seis de cada diez niños, niñas y adolescentes sufren algún tipo de privación de derechos, ¿son realmente ellos sujetos responsables de su contexto?

Comprender el entramado de las construcciones discursivas y hegemónicas imperantes proporciona un panorama un poco más amplio de la cuestión para que el árbol no nos tape el bosque.

Hoy nos encontramos ante miles de subjetividades distintas avalando el discurso punitivista, miles de ojos poniendo el juicio en el último eslabón de la cadena.

Resulta alarmante pensar en resolver el conflicto bajando la edad de imputabilidad cuando la realidad arroja otros datos:

La “Red Argentina No Baja”, un colectivo de especialistas y organizaciones sociales y políticas que articula las voces de quienes están contra la baja de edad de punibilidad plantea en un comunicado que la propuesta de bajar la edad para lograr más seguridad es una falacia dado que el número de delitos graves cometidos por adolescentes menores de 16 años ínfimo: de 175 homicidios registrados en 2015 en la Ciudad, solo 1 caso fue cometido por un menor de 16 años por lo tanto es una medida ineficaz.

La rancia derecha de nuestro país encabezada por el macrismo asoma los colmillos, ataca, juzga, construye desde el prejuicio: esa es su herramienta esencial para perdurar.

“Todos los pibes pobres son delincuentes”: La derecha necesita del mito para existir y un caso como el ocurrido hace unos días sirve para alimentarlo.

Los adolescentes son utilizados como chivo expiatorio de las situaciones de violencia, violación de derechos, pobreza, delincuencia y abandono de políticas de estado que en realidad son los primeros en padecer.

La baja en la edad de imputabilidad como respuesta a una problemática estructural y profunda no soluciona la inseguridad sino más bien parece alimentar la sed de venganza de los Bullrich, los Santilli, los Larreta, los Macri, de aquellos que buscan por todos los medios responsabilizar a los jóvenes de bajos recursos de las desigualdades que ellos mismos generaron con sus políticas neoliberales de hambre y exclusión.

Los mitos no son eternos, dice Barthes, porque la historia humana es la que hace pasar lo real al estado del habla y solo ella regula la vida y la muerte del mito. Tampoco podemos pensar a los mitos como objetos, sino entenderlos como formas: formas de construir poder, de legitimar discursos, de instalar posturas.

Se vuelve indispensable entonces dar el debate de la construcción de sentido y sobre todo llevar la tarea de mitólogos: romper los mitos y descomponer el sentido común para terminar así con el estigma y la criminalización a la pobreza.