Los reyes son los reyes

Martes 5 de enero del 2021

Escribe: Bernardita Castearena

Eran los días previos a la llegada de los reyes y la pequeña Mirta de ocho años se acercaba temprano a dejar leche en la barraca vecina donde la esperaban para hacerle un interrogatorio:

Esta noche llegan los reyes, ¿qué van a pedir vos y tus hermanos? le decía la mujer que atendía

Entonces Mirta respondía por ella y por los cinco hermanos que esperaban en la casa, al mismo tiempo que la señora dejaba asentado en la máquina de escribir que ella quería una muñeca, que el hermano quería una pelota y así hasta completar el pedido familiar.

Familia lapridense.

“La inocencia era igual que la de ahora”, dice Mirta 60 años después desde el living de su casa en Laprida. Mientras, recuerda cómo los seis hermanos se encargaban de llenar una palangana con agua y de juntar pasto durante todo el día para que los reyes los sorprendieran a la mañana siguiente con los regalos que la señora de la barraca se había encargado de pedir. Pero a la ilusión le seguía una decepción total: si tenían la suerte de recibir algo, los regalos de los reyes nunca coincidían con los de la carta. Entonces, al día siguiente se encontraban en el barrio los niños con bicicleta nueva con los que -en el mejor de los casos- habían recibido una chomba sin entender que la desigualdad no sabía de festejos infantiles.

La realidad de Mirta no fue aislada: las medidas económicas del Onganiato, que iban desde la suspensión de convenios colectivos de trabajo y el congelamiento de los salarios en una Argentina con devaluación, dependencia extranjera de insumos y un PBI en declive, calaban de una forma u otra en la cotidianeidad de los sectores populares; sobre todo en aquellos en los que la familia superaba los cinco integrantes y el hombre era el único proveedor. “La infancia del pobre siempre es más corta que la del rico”, dijo Tita Merello, y el abandono masivo de escuelas para trabajar en condiciones inhumanas de los niños de los años setenta le daba la razón.

A Hugo le quedaban unos cuatro años de infancia cuando Nilberto Domingo, su papá, lo subió a la Capri 48 cc para hacer los 9 kilómetros de tierra que separaban Villa Fournier -el pueblito en el que vivían- con el centro de Nueve de Julio: el partido de cabecera, ubicado en el noroeste de la Provincia de Buenos Aires, en el que los niños de todas las edades y clases sociales se juntaban a ver los muñecos ubicados en la tienda de moda del momento que simulaban ser Melchor, Gaspar y Baltazar, para después terminar en el bar donde los guitarristas y bandoneonistas de la ciudad improvisaban un show para entretener al público.

La pelota.

Recibir un regalo en una familia de trece era casi un milagro que un día de reyes se cumplió, cuando a Hugo le trajeron una pelota para que la compartiera con José Luis, el hermano que le seguía. La ilusión duró las pocas patadas que aguantó el descarne antes de hacerse flecos, y se convirtió en uno de los pocos recuerdos de infancia que tuvo el niño que a los doce se ponía un delantal tres talles más grande para hacer el trabajo duro de una carnicería de barrio y que hoy puede carnear una vaca con los ojos cerrados.

Que esas criaturas, hoy adultas, hagan lo imposible para que cada pequeño integrante de la familia tenga el regalo que sueña, que las tarjetas colapsen y el aguinaldo se esfume en las dos semanas que separan navidad de reyes, sólo significa una cosa: que esos ex niños entienden que la inocencia de la infancia tiene que ser un derecho y no un privilegio de clase.