Viernes 8 de enero del 2021

Escribe: Luciana Espíndola

Imágenes: via @thewalkingconurban

“La geografía de mi barrio llevo en mi, será por eso que del todo no me fui:
la esquina, el almacén, el piberío, los reconozco, son algo mío
y ahora que sé que la distancia no es real, y me descubro en ese punto cardinal
volviendo a la niñez desde la cruz, teniendo siempre el corazón mirando al sur”
Eladia Blázquez, conurbana

Entender de dónde venimos para saber a dónde vamos

La palabra identidad viene del latín “Identitas” que a su vez viene de la palabra “ídem” que significa lo mismo, aquello que se repite. La identidad es un poco eso que nos constituye no solos, sino a través de nuestra relación con los otros.

El concepto es amplísimo y sumamente dual: por un lado la identidad personal es aquello que nos conforma en lo individual y hace que nos diferenciemos de los demás siendo seres únicos y particulares. Por otro lado existe también la identidad colectiva, que a diferencia de la individual, hace que nos pensemos en relación con el otro a través de nuestras similitudes para encontrar la coincidencia homogeneizadora.

La identidad es una reafirmación fluctuante, y es también lo que nos motoriza:
Hay una dialéctica entre nuestro espacio geográfico y nosotros que nos construye para ser eso que decimos que somos.

El termino “conurbano” proviene de “conurbación”, que por definición es el conjunto de poblaciones próximas entre ellas, cuyo progresivo crecimiento las ha puesto en contacto.
Pero en Argentina, cuando hablamos de Conurbano, no hablamos de conurbación como fenómeno general y pensando que cada ciudad tiene su espacio circundante con dicha denominación. No. Hablamos de Buenos Aires. En Argentina si decimos “conurbano” la asociación tacita e instantánea es “bonaerense”.

Pero… ¿Qué es lo que hace que ese conglomerado enorme integrado por 24 municipios de la provincia de Buenos Aires sea llamado EL conurbano con mayúsculas? ¿Qué lo destaca de los demás conurbanos? ¿Cuál es nuestro elemento cohesionador? ¿Por qué tenemos tan arraigada la identidad y la levantamos como bandera?

Territorio en disputa por el sentido

El conurbano, ese espacio geográfico repleto de significaciones se pone hoy en agenda desde muchas perspectivas: desde la esfera política, como reivindicación cultural, y como fenómeno sociológico entre muchas otras variantes. El tema está ahí y lo tocamos cada vez que podemos.
En este contexto pensar la identidad como ese lugar de diferenciación con nuestra otredad más cercana, aquella por la que más fuimos despreciados históricamente es sustancial: somos o buscamos ser la contra a la hegemonía porteña en un juego que emula muchas veces disputa futbolística.

Ocurre también en la política. Podemos ver que salvando las distancias la historia un poco retorna a sus bases: Kicillof, cual Restaurador 2.0, retoma la dicotomía unitarios/federales pero transpolándolo al universo Buenos Aires, para realzar desde la política oficial el antiquísimo contraste. Mientras la hegemonía ensalza la cultura porteñocentrica de Larreta, más nos corremos para el costado pensando en reivindicar lo que es nuestro y que por años fue despreciado.

Por ello es también es que desde lo social existe un imaginario que cada vez cobra más vigencia, una especie de cosmovisión conurbana que nos alimenta la idiosincrasia: desde las redes, @TheWalkingConurban es una cuenta que se dedica a mostrar la realidad del conurbano, ese paraíso post-apocalíptico a minutos del Obelisco a través de fotos de lugares tan insólitos como posibles.

Un modo de ver este vasto territorio es entendiéndolo como lo entienden muchos, como un taper, una especie de recipiente que contiene aquello que está adentro, y no solo contiene, sino que mezcla, amalgama conformando eso que somos quienes vivimos aquí.

Retomando la idea de contraposición con lo porteño, la identidad conurbana surge como una especie de justicia para reivindicar el espacio en el que vivimos y que fue minimizado: quizás ese sea nuestro rasgo común esencial, además de la diversidad, el contraste y la desigualdad que conforma nuestra geografía.

Lo cierto es que, más allá de las divergencias, ese variopinto colorido que nos conforma, existen innegables rasgos identitarios que hacen que alguien de Lomas viva lo mismo que alguien de Quilmes, La Matanza o Hurlingham.

Porque el conurbano no es una categoría meramente espacial, sino que responde a procesos históricos, sociales y políticos.

En la periferia que habitamos están los laburantes que corren por el andén para no perder el tren, las fábricas abandonadas producto del menemismo, están las construcciones encimadas cual juego de yenga y los almacenes de ventanita cada tres casas.

Somos las esquinas que transitamos, los amigos con los que tomamos un mate, las sillas en la vereda, las cinco cuadras a la parada del bondi atravesando como mínimo dos calles de tierra, somos las inundaciones, los carnavales, los chicos jugando a la escondida, la casa con ladrillo a la vista, los extravagantes canastos de basura; somos las líneas de ferrocarril, ese gran pulpo que nos une con la capital federal y que recorremos en busca del pan de todos los días. Somos todo eso y más. Somos lo que vivimos.

Pero tampoco son cosas que no veamos en otros lugares, solo que sabemos adornarlas para que parezcan únicas.

La realidad es que nuestra identidad es propia de la lucha de resistencia contra la negación y aflora cada vez con más fuerza y orgullo para posicionarnos con picardía y viveza en un mundo hostil que busca anularnos.

Pensamiento situado de Gerli al mundo

En su libro “Una Historia del conurbano“, Pedro Saborido realiza un análisis sociológico de aquello que llamamos conurbano, un poco desde el humor y otro poco desde una mirada mordaz que muestra nuestras virtudes y desatinos invitándonos a pensar el particular mundo que habitamos y del cual somos parte.

A través de los veinte relatos que lo componen, el libro se pasea con altura entre enanos de jardín, simuladores del Puente de Gerli, Rodolfo Kusch, Vírgenes del Comercio y Foucault, con un ingenio y un análisis que deslumbra y deja pensando al lector.

Entre otras cosas, lo que Saborido plantea es eso: que nosotros, los conurbanos, somos la tercera posición de la demografía, somos el gris necesario que une la ciudad con el campo, la rebelión de lo estético, la libertad de ser y hacer lo que se nos cante.

“Si la Argentina tiene todos los climas, el conurbano tiene todas las Argentinas. Y todos los continentes. Es un catálogo de épocas, clases sociales y distintos países que se fueron amontonando” dice un fragmento del prólogo de “Una Historia del Conurbano”.

No hay un patrón de comportamiento conurbano, o sí, no lo sabemos aún.

Lo cierto es que accidente demográfico o fortuna del destino, esta heterogeneidad nacida desde la contraposición comprende un cuarto de la población total de nuestro país.

Somos la mixtura amalgamada, el barrio empoderado. El orgullo que inexplicablemente para muchos crece cada día más.

Desde afuera quizás no se entienda, desde adentro tampoco se entiende, pero no buscamos entenderlo, solo nos limitamos a vivirlo.

“El conurbano no es una ciudad máquina, es una ciudad animal. La mejor manera de aprender será viviendo en el animal “.