Martes 16 de febrero del 2021

Escribe: María Daniela Allegrucci

Publicado originalmente el 3 de mayo de 2016 en sedici.unlp.edu.ar

Comparsa los diablos y las noches, 1922.

Antecedentes sobre el estudio del carnaval

La historia del carnaval se remonta a más de 5000 años A.C. en Egipto, en Grecia y Roma, las primeras civilizaciones que dan cuenta de una tradición que aún hoy en distintas partes del mundo, en diferentes contextos socioculturales se reivindican, se resignifican, se reestructuran y se celebran. Esta tradición se difundió por Europa, y fue traída a América por los navegantes españoles y portugueses que colonizaron el continente a partir del siglo XV.

Se trata de una práctica que tiene como referencias a las fiestas paganas de antaño. En Egipto las fiestas dionisíacas griegas y las bacanales se realizaban en honor a Baco el Dios del vino, en las que se bebía sin medida y se ejecutaban grandes orgías y ritos excesivos; en Roma las fiestas lupercales celebradas en honor al Dios del Pan en el mes de febrero, donde se disfrazaban de cabra y fustigaban a las mujeres para provocar su fertilidad; y al igual que las fiestas saturnales romanas llamadas también fiesta de los esclavos, porque éstos recibían raciones extras y tiempo libre. Estas últimas se consumaban en honor al Dios Saturno, Dios de la agricultura, siendo utilizadas por los conquistadores como estrategia para mantener el orden social en las zonas conquistadas e impedir las tensiones provocadas por la invasión que podrían generar conflictos para el imperio. En la tradición cristiana, el miércoles de Ceniza es el primer día de Cuaresma. Se conmemora el momento en que Adán fue condenado a “regresar a polvo” luego de pecar, por lo cual los cristianos son llamados a purificar sus faltas por medio de privaciones, desde ese primer día de Cuaresma hasta el Viernes Santo (día de la muerte de Jesús) es decir, durante los 40 días que preceden la fiesta de Pascuas, en la que se celebra la resurrección de Cristo.

Como se puede apreciar, el tiempo del carnaval está marcado por la relación entre los Dioses y los hombres, la definición Carnestolendas proviene del latín “dominica ante carnes tollendas” (el domingo antes de quitar las carnes). Es decir, el carnaval es una fiesta para satisfacer las necesidades de la carne para poder quitarla de la mente y dedicarse al espíritu, una celebración anual que se inicia el 6 de enero, día de la Epifanía (fecha que marca el final de las fiestas de Navidad), según el calendario religioso y continúa hasta los tres días que preceden al Miércoles de Ceniza y, por lo tanto, a la Cuaresma.

El origen etimológico de la palabra carnaval refiere a carnemlevare que significa ‘quitar la carne’ en referencia a la abstención de la carne los cuarenta días cuaresmales, durante los cuales no solo no debe consumirse carne sino que tampoco puede ingerirse grasa animal.

Sin embargo, también se le atribuye significancia a lo que en Roma se llamó “carrus navalis” (Eco, Ivanov y Rector, 1984) -carnaval- en relación a una litera ubicada en un carro donde era trasladado Dionisio a lo largo de una procesión que atravesaba la ciudad.
Explica Mijaíl Bajtín (2003) que el carnaval era la forma festiva no-oficial de la sociedad medieval y representaba la cultura folclórica con su idea optimista de la eterna renovación; en ese tiempo se le otorgaba al pueblo salirse de los moldes oficiales a través de las máscaras, algunas obscenas por cierto, pero que permitían mediante la influencia de la burla y la crítica modificar el pensamiento de las personas de su condición oficial y contemplar el mundo desde un punto de vista cómico y carnavalesco.

Corso de Avenida Independencia, 1957.

Primeros congos o candombes

Si bien cada rincón del país rescató el carnaval conmemorando a sus antepasados y resignificado el valor de la comunidad en su conjunto, con el paso de los años el carnaval se convirtió en esa fiesta popular que tanto el rico como el pobre esperaban. El año 1771 marcó el quiebre en el Río de La Plata, se implantaron los bailes de carnaval y al poco tiempo el Virrey Vertíz prohibió el toque de tambor y la danza de negros. En aquella Buenos Aires colonial, de calles de barro, las azoteas de las casas se convertían en escenarios de verdaderas batallas acuáticas, los juegos con agua, harina y huevos fueron los elementos por los cuales las autoridades impusieron una serie de prohibiciones para controlar el desorden y la lujuria.

Por otra parte, la Iglesia siempre sancionaba estas fiestas, el Fray José de Acosta amenazó desde el púlpito con excomulgar a quienes concurriesen a ellas. Pasada la Revolución de 1810, los diarios del momento anunciaban que sería injusto prohibir el juego del carnaval más aún cuando los días del festejo están destinados por el Gobierno a celebrar la victoria de Ayacucho, la memorable jornada que había afianzado la independencia y la libertad.

La metamorfosis que sufrían los porteños al llegar el carnaval era indeterminable, ya que desechando las buenas costumbres limitados durante el año, durante los días destinados a festejar al Rey Momo participaban alegremente en todas las juergas que se organizaban; por ello las autoridades consideraban estos hechos como antimorales y peligrosos al mismo tiempo. Tres o cuatro días duraba la preparación, en ese tiempo se bebía en abundancia, se preparaban las agresiones y se armaban los más diversos instrumentos que se utilizaban en la celebración: carros adornados, vejigas llenas de aire, agua sucia y se arrojaban porotos, garbanzos y huevos de gallina o avestruz. La pulpería y el burdel fueron los referentes del bullicio que trascendía desde los barrios más tranquilos hacia los más alejados.

En el año 1836, las máscaras y las comparsas fueron permitidas siempre que gestionasen anticipadamente la autorización policial. Se estipularon reglas para el juego del carnaval; los negros se agrupaban en tambos donde celebraban sus ritos con su danza proveniente de la cultura africana. De allí surgieron los primeros congos o candombes, (vocablo que significa perteneciente o propio de los negros); los esclavos, bailaban hechizados al son de los tambores por largas horas, estampando la impresión de dolor en sus agitantes gritos de libertad. Los negros divididos en naciones concentraban sus actividades en distintas zonas, se agrupaban en sociedades mutualistas y tenían sus sitios o tambos donde celebraban sus ritos con evocaciones africanas y ejercían sus danzas carnales y sus candombes ensordecedores.

Mujeres “disfrazadas” de afrodescendientes; principios del siglo XX.

Durante ese tiempo, en pleno gobierno de Rosas, el carnaval volvió a ser una fiesta, toda la población esperaba el inicio a las doce del mediodía con el disparo de un cañonazo desde la Fortaleza. Juan B. Alberdi, bajo el seudónimo de `Figarillo´, publicó en un diario de la época: “gracias a Dios, que nos vienen tres días de desahogo, de regocijo, de alegría. Trabas odiosas, respetos incómodos, miramientos afectados que pesáis todo el año sobre nuestras suaves almas, desde mañana quedáis a vuestros pies, hasta el martes fatal que no debiera de amanecer jamás!” (Puccia, 1974).

La ciudad se impregnaba de un ruido escandaloso al son de los tambores que tocaban los hombres, marchaban por las calles imprimiendo al cuerpo movimientos de una lascivia solemne y grotesca, mientras las negras lucían su desnudez. Todo contribuía a estimular, los deseos que afloraban porque el agua pegaba en la ropa y las mujeres relucían sus formas exagerando los balanceos con las caderas y los muslos. “El ruido de los tambores desde las calles del centro parecía ser una amenaza de tribus africanas, negras y desnudas, la máxima locura del carnaval se expresaba en la lujuria y el crimen que dominaban la ciudad con el fondo musical del tam-tam africano” declara Vicente Fidel López (en Puccia, 1974) refiriéndose a ese grado máximo de locura que se vivía durante el carnaval. En 1854, después de la caída del Restaurador, los festejos contaron con personal policial para controlar los desmanes, ya que algunos aprovechaban las máscaras y disfraces para cometer delitos; Rosas había sido el único que permitió las “naciones” de negros que se organizaron bajo su patrocinio y a las cuales él mismo acudía.

Según Néstor Ortiz Oderigo (citado en Frigerio, 2008), “la vivencia del candombe, como música, como danza y como ceremonia folklórica, se mantuvo hasta la caída de Rosas”. No obstante, el primero de los corsos se realizó en 1869, por la calle Hipólito Yrigoyen, en ese momento calle Victoria. Tiempo después aparecieron los desfiles, los concursos de carrozas y los bailes de distintas agrupaciones. Se realizaba la `tapada´, es decir el enfrentamiento de dos comparsas rivales, que en la actualidad se la conoce como la `topada´, se trataba de una especie de contrapunto de ruidos emitidos por cocos, tamboriles, cascabeles y cencerros con los cuales se dejaba por entendido quien tenía la supremacía. Las calles iluminadas por faroles, banderas y adornos conformaban el escenario, además se componían versos y canciones haciendo alusión a determinados personajes con estilo ocurrente y satírico al mismo tiempo. Después de 1880 el carnaval se transforma, adquiere también las tradiciones de los extranjeros que poco a poco iban poblando el suelo argentino a partir de la inmigración; de éste modo se produce una hibridación cultural que se expresa en las costumbres y tradiciones de las diferentes expresiones carnavaleras que se obtiene con la fusión las distintas nacionalidades, cánticos autóctonos y vestimentas regionales. Además, las máscaras y los disfraces hacían alusión a personajes emblemáticos de la época como Cocoliche y Moreira.

Carnaval de 1960 en el Hotel Hermitage.

También los pobladores realizaban la “ceremonia del entierro” que se trataba de la quema del muñeco de Momo, un `médico´ lo encendía con una mecha que hacía estallar los cohetes que lo rellenaban, explica Puccia (1974). El estallido de esos fuegos de artificio contagiaba a todo el público provocando desórdenes de tal magnitud, que dieron lugar a que el jefe de policía en el año 1896, librase un edicto prohibiendo “el entierro”. Los corsos se organizaban con mucho tiempo de antelación, incluían distintas clases de rodados y se precisaban variados disfraces que provocaban la atención de los espectadores al personificar a condes y príncipes con sutiles atuendos. De este modo, los desfiles se fueron extendiendo a altas horas de la noche ya que siempre se iniciaban cerca de las cinco de la tarde por lo que fue necesario con el correr del tiempo, crear comisiones que buscaran una forma de financiamiento de esta celebración. Así, los festejos se trasladaron a distintas zonas de la ciudad llegando a los barrios y pueblos más lejanos donde las comparsas y orfeones alcanzaron su máxima popularidad. Lo cierto es que desde 1930, el núcleo central de las agrupaciones de carnaval pasó a ser el barrio; el crecimiento de agrupaciones barriales y murgueras enarbolaron orgullosos nombres vinculados a sus barrios de origen. Esto produce un profundo sentido de pertenencia y empiezan a diferenciarse cada vez más unos de otros. Esta expresión se fue expandiendo y en el año 1997 la Legislatura porteña declaró estos festejos como Patrimonio Cultural de la ciudad.

De ritual a fiesta soberana

Esta celebración es parte de la cultura popular porque refiere a determinadas prácticas que se han ido trasladando y mutando con el paso del tiempo desde la Edad Media hasta la actualidad. Al decir de Archenti (1999/2001), quien retoma la postura de Gramsci sobre la cultura popular, “lo que distingue al canto popular en el cuadro de una nación y de su cultura no es el hecho artístico, ni el origen histórico, sino su modo de concebir el mundo y la vida en contraste con la sociedad oficial”. En este sentido, Mijail Bajtín (2003) explica que los espectadores no asisten al carnaval, sino que lo viven, lo experimentan porque está hecho para todo el pueblo, en eso radica su esencia. Es decir, posee un carácter universal del cual es imposible escapar, ya que no tiene ninguna frontera espacial y se vive de acuerdo a sus leyes, de acuerdo a las leyes de la libertad. Por ello, esta fiesta como tantas otras celebraciones siempre han tenido un contenido esencial, un sentido profundo que presupone una concepción del mundo. En este caso, el pasaje o cambio de sentidos que se generan con el carnaval se basa en la conquista de la liberación ante la concepción dominante que busca la abolición de las relaciones jerárquicas y privilegios, es decir, rompe con lo oficial y lo ya dado, esto significa que las fiestas están asociadas a lo largo de la historia a momentos de crisis, revoluciones, en la vida de la sociedad y del hombre, por eso la muerte y resurrección, las sucesiones y la renovación constituyen los aspectos esenciales de la fiesta. La cultura popular hace visible mediante el carnaval, el mundo del revés, es decir, se cambian los roles, se exageran las apariencias que se advierten en ese tiempo: la parodia es el transporte que se utiliza para hacer la vida real más burlona y sarcástica; en este sentido se puede decir que en el carnaval se eliminan las diferencias entre los sujetos, ya que son éstos los que interpretan, piensan y deciden en su actuar; se borra la alienación porque el juego de la fiesta establece nuevas relaciones humanas que permiten simbolizar la realidad de manera invertida; se alteran los roles sociales y las categorías del orden convencional como resultado de la locura social de la fiesta.

Se trata pues, de la fiesta del pueblo y sin él no sería tal, de ahí la legitimidad de esta celebración que radica en el derecho del soberano, como planteaba Jean Jacques Rousseau, el ciudadano es el soberano, es el que contribuye a crear la autoridad y simultáneamente a formar parte de ella. Todos los ciudadanos son iguales y libres, no reciben órdenes de un sujeto en específico sino de una autoridad que representa la voluntad general. Y aquí radica la disputa, en momentos en que se produce la supresión de la fiesta, la prohibición de una manifestación que vuelve libre a un pueblo oprimido que lucha contra las ataduras de un sistema autoritario.

En el sentido gamsciano expresado por Archenti (1999/2001), “coexisten en un momento concreto de la historia de una sociedad determinada en forma no armónica, aunque no necesariamente conflictiva, desnivelada y bajo la dominación de una de ellos que ha logrado ser hegemónica en términos de ser reconocida como la más legitima”, esta legitimidad refiere, “se incorpora al `sentido común´ de toda la sociedad, legalizando una determinada manera de ser y estar en el mundo”. De este modo, se concluye que los carnavales fueron mantenidos como fiesta pública por entidades que se organizaron en función de lazos de vecindad y territorio, que es la forma que todavía perdura en nuestros días; principalmente, basada en la igualdad y libertad donde nos vuelve soberanos y partícipes de un modo de concebir la realidad y al mismo tiempo permite modificarla.

Carnaval Club Nacion, 1940.

La Plata: cartografía de una ciudad carnavalera

La llaman la ciudad soñada porque así fue para quienes la idearon. El 19 de noviembre de 1882, su fundador Dardo Rocha, colocó la piedra fundamental en lo que sería el centro geográfico de la ciudad, la actual Plaza Moreno, que luego fue escoltada por el Palacio Municipal y la imponente Catedral gótica. Fue declarada capital de la provincia de Buenos Aires y diseñada por el ingeniero Pedro Benoit, quien realizó el croquis del trazado, un cuadrado exacto, con diagonales que lo cruzan formando rombos dentro de su contorno con plazas colocadas cada seis cuadras.

Los lugares emblemáticos conforman una identidad que la hace diferente al resto de las ciudades, la universidad, la arquitectura, los paisajes y el arte no pasan desapercibidos otorgándole un valor sociocultural inigualable.

La ciudad de las diagonales está conformada por un alto bagaje cultural que proviene sin dudas de la invasión estudiantil, ya que se la conoce también por ser una ciudad de jóvenes universitarios, por lo que las fiestas, peñas, encuentros teatrales y todo tipo de eventos culturales tiñen la noche de cierta originalidad construyéndose en base a una matriz poética y una identidad sonora que le es propia.

En palabras de Jesús Martín Barbero (1987), las ciudades ocupan hoy un lugar estratégico en el cruce de los debates teóricos con los proyectos políticos, de las experimentaciones estéticas y las utopías comunitarias. Lo cual nos está exigiendo un pensamiento nómada, capaz de burlar los compartimentos de las disciplinas y convocar los diversos lenguajes de las ciencias y las artes, confrontar la índole de los diferentes instrumentos teóricos, descriptivos, interpretativos, e integrar saberes y prácticas: la comunicación con el drama urbano, la música con el ambiente y el paisaje, la arquitectura con los trayectos y los relatos, el diseño con memoria y la ciudad, por eso esta ciudad se vuelve tan particular.

También, María Pozzio (2002), analiza el carnaval en La Plata. Según esta autora, en los comienzos, el carnaval era muy distinto al que conocemos hoy. Cada barrio tenía su propia representación con personajes que se disfrazaban con papel crepé y llevaban tachos simulando bombos para salir por las calles a cantar.

Por otra parte, la historia de las agrupaciones de carnaval lleva más de dos décadas en la ciudad; quienes iniciaron estos hábitos fueron Centro Murga Los Farabutes del Adoquín y que muchos jóvenes, en su mayoría estudiantes, han continuado. Según Pozzio (2002), “la tradicional murga anda ahora por nuestras calles y plazas, generando un sitio de expresión y participación para todos los vecinos, en un refugio (cántaro) de reivindicaciones cantadas (a viva voz) que recorren el centro y los barrios”.

Año tras año, las distintas expresiones carnavaleras, rinden homenaje a ese lugar que los vio nacer, transformando su historia en canción y danza. Así, el barrio penetra en la murga y lo hace para quedarse, tornándose un producto cultural que nace y se nutre de su contexto, devuelve la historia metamorfoseada en canción, grito, queja, danza de júbilo y furia, donde el barrio se expresa y es expresado dentro de ella. Como sinónimo de alegría y fiesta que tiñen las diagonales de colores y variados sonidos, cada esquina, cada plaza, cada club guarda historias de ensayos, de encuentros, de actuaciones. La calle es el escenario, el público el que genera la emoción de estar allí y La Plata se vuelve territorio común para todos sus habitantes que hacen del carnaval una gran fiesta popular. En este sentido tanto las murgas como las comparsas y todas las representaciones de carnaval revitalizan y conforman ese espacio y ese tiempo llamado carnaval en donde se ponen en juego las historias, las interpretaciones, las identidades sociales, la memoria colectiva y la constitución del patrimonio cultural. El carnaval ha sido observado y estudiado en diferentes contextos y momentos históricos. Por su parte, Augusto Cortazar (1949) menciona los orígenes de este festejo en el siglo XIX, en reseña a un artículo de Sarmiento, publicado en El Nacional, de Buenos Aires, “el carnaval de 1857 ha sido, pues, una inauguración de un nuevo progreso en las costumbres, en la cultura y en las artes”. Y continúa el autor, por ser una manifestación popular colectiva de tradición tan incuestionable; por su aptitud para satisfacer necesidades y apetencias psicológicas, sociales, económicas, mágicas y hasta religiosas; por las mismas tonalidades típicas con que cada lugar matiza su máscara eterna, es el carnaval un fenómeno folklórico por esencia. En este sentido, el autor mencionado, explica “Lo `popular´, folklóricamente hablando, es sólo aquello que el grupo humano deslindado como `pueblo´ incorpora a su patrimonio cultural, enraíza en su vida, consubstancializa con su íntima naturaleza, en profunda y a veces ignota armonía con las exigencias de su ambiente físico y los impulsos de su medio social”. El antropólogo Roberto Da Matta (2002) realiza un análisis del carnaval en la sociedad brasilera “es fiesta del pueblo […] el énfasis está en el encuentro y en la esencia de la sociedad en su vertiente creativa fundamental que siempre se representa mediante lo que se llama popular”.

Estos antecedentes caracterizan al carnaval como una práctica cultural, reiterada durante siglos, que subvierte roles, socializa, visibiliza y recrea sentido en determinado tiempo histórico. Aún sin ser feriado nacional, nada impidió el festejo carnavalero. Año tras año, todos los barrios de la ciudad fueron decorados con la llegada de febrero, y aunque se fueron corriendo los circuitos por los cuales se realizarían los corsos, ya sea en calles y/o avenidas, siempre mantuvieron vivo el espíritu de la fiesta.
En el año 2000, la comisión de seguimiento de los corsos de la ciudad autorizó los festejos en diez localidades de la periferia (Diario Hoy, 2000); los circuitos comprendían a:

  • La Granja, alcanzaba la avenida 520 de 135 a 138.
  • Lisandro Olmos, en la avenida 197 entre 45 y 47, en 520 desde 135 hasta 138.
  • Hernández se realizaba a lo largo de la avenida 25 entre 511 y 514.
  • Arturo Seguí los corsos se hacían sobre la diagonal 145 entre 415 y 418.
  • Los Hornos comprendía la avenida 143 desde calle 54 hasta 60.
  • Casco urbano abarcaba a la avenida 72 desde calle 17 hasta 22 y en la avenida 32 desde la calle 19 a 24.

También Bavio, Verónica, Abasto, Jeppener y Ensenada son las localidades que se suman al recorrido de los festejos de carnaval.

Carnaval en La Plata, década del ’50.

Aunque también en la década de los 90 se festejaba, en los últimos diez años se han multiplicado los espacios y las formas de celebrar el carnaval, muy similar al estilo porteño. Se cortan las calles, se ponen vayas de acceso, algunos cobran entradas y se hacen sorteos, además se instala iluminación en todo el circuito que incluye luces de colores y grandes reflectores. La organización, supone la presencia de personal policial ya que el consumo de alcohol es frecuente, a fin de evitar cualquier tipo de disturbios. La decoración incluye además banderines de colores y en algunos casos balcones o fachadas son decoradas con adornos alusivos a la fecha. Además mucha nieve artificial, conforma la escenografía en donde transitan las murgas, comparsas y distintos espectáculos.

En 2011, en el barrio Meridiano V, ubicado en 17 y 71 de la ciudad, se organizó la fiesta bajo la consigna: “Por la vuelta de la alegría”. Desde el 5 al 8 de marzo, durante el día, se hicieron kermesse, concurso de disfraces y juegos con agua, y por las noches los desfiles de comparsas, cuerda de candombes, murgas platenses y de estilo uruguayo.
También en la intersección de 17 y 53, con el lema: “Vuelve el carnaval al barrio” se llevaron a cabo concursos de disfraces y de mascotas con bandas en vivo y distintos tipos de bailes. En todos los barrios de la ciudad se celebró, pero la fiesta más difundida, organizada por el municipio, se realizó sobre el Palacio Municipal, frente a la Plaza Moreno, centro geográfico de La Plata.

Allí, un grupo de acrobacia aérea, llamado Elevé, realizó una performance sobre la fachada de la Municipalidad, ubicada en calle 12 entre 51 y 53. A partir de las 20 horas se inició el espectáculo; con más de cuarenta artistas en escena, sostenidos por grúas con grandes estructuras, treparon sobre el frente a grandes alturas donde se proyectaron diversas imágenes por medio de un mapping interactivo.

Al mismo tiempo, se producían distintas expresiones artísticas de manera simultánea, en las cuales dos muralistas pintaban motivos alusivos a la celebración sobre telas especialmente dispuestas frente al Palacio, varios actores con enormes zancos se desplazaban entre la gente; también hubo shows de circo y acrobacia. Toda la propuesta estuvo acompañada de shows en vivo de músicos y percusionistas, finalizando con el desfile de murgas y comparsas por calle 12 que antiguamente representaba la antesala de los bailes.

Esto sin duda fue el retorno de los carnavales de antaño porque se festejó como se hacía antes, volvió el papel picado, el agua, la nieve, las máscaras y los disfraces. Se instaló un escenario en cada rincón de la ciudad, en donde todos se pararon a cantar exponiendo su baile, su crítica y su estilo. Los días 5, 6, 7 y 8 de marzo resucitaron en carne viva, la voz de aquellos negros esclavos, la danza en su máxima expresión transmitió este sentimiento que muchos habitantes de la ciudad no se quisieron perder. La familia volvió a la calle, abuelos y nietos, padres e hijos a recuperar la tradición con más fuerza que nunca.

En este aspecto, La Plata se convirtió en un circuito a recorrer y a pertenecer a partir de la manifestación del carnaval en cada punto geográfico, como también en zonas de la periferia. Hablar del carnaval en la ciudad de La Plata, implica hablar de una identidad conformada e instaurada de hace varios años. Al decir de Gilberto Giménez (1997) la identidad, es una representación social, […] que se adquiere por interacción y comunicación. Según el autor, las identidades se construyen precisamente a partir de la apropiación, por parte de los actores sociales, de determinados repertorios culturales considerados simultáneamente como diferenciadores, hacia afuera y definidores de la propia unidad y especificidad, hacia adentro. Por lo tanto, la identidad no es más que la cultura interiorizada por los sujetos que se expresa tanto por los actores sociales que representan el carnaval, como por aquellos que sólo son espectadores.

Por otra parte, la noción de discurso que circula en ese tiempo, en el carnaval, se precisará a través del análisis crítico del discurso -el uso del lenguaje en el habla- como una forma de práctica social. El hecho de describir el discurso como una práctica social sugiere una relación dialéctica entre un suceso discursivo particular y las situaciones, instituciones y estructuras sociales que lo enmarcan. Otra forma de abordar este concepto es decir que lo social moldea el discurso pero que éste a su vez, constituye lo social: constituye las situaciones, los objetos de conocimiento, la identidad social de las personas y las relaciones de estas y de los grupos entre sí. Las constituye en el sentido de que contribuye a transformarlo.

Marcha carnavalera: por la restitución del feriado de carnaval

En el año 1997, se puso en marcha un proyecto que perdura en la actualidad, se trata de una organización que reúne a las murgas y murgueros de La Plata, Berisso y Ensenada en lo que se ha denominado la “Marcha Carnavalera”. Esta intención surge con el fin de restaurar el feriado de carnaval prohibido desde 1976 durante la última dictadura militar. Estas reuniones se inician en el mes de diciembre de ese año. La convocatoria incluye también a distintas murgas de Buenos Aires y del resto del país para que se sumen al recorrido por la ciudad en reivindicación del lunes y martes de carnaval. A pesar de las diversas representaciones que ha ido tomando la murga en el escenario social, las consignas se fueron modificado y consensuando año tras año, por ejemplo en 1998 (Diario Hoy, 2004) el lema fue “contra la mishiadura, murgas a la calle” y por los corsos gratuitos, pero siempre con el fin último de recuperar el carnaval como fiesta popular.

El año 2001, en cambio tuvo como consigna “contra el ajuste y la mishiadura” en referencia a la instalación del corralito, en un clima de ajustes, mentiras y desesperanza (Pozzio, 2002). En 2009, se agruparon bajo el enunciado “el Carnaval a la vereda, por un feriado construido entre todos como fiesta popular y callejera”, que revive al barrio como un espacio de encuentro y de participación colectiva.

La Marcha Carnavalera es el desfile de las murgas que se realiza sobre la avenida 7 abarcando seis cuadras, desde Plaza Italia a Plaza San Martín. Los colores se mezclan con la llegada de todas las murgas que se reúnen en Plaza Italia y, a través de un sorteo, se estipula el orden de salida en el desfile. El asfalto se llena de colores y sonidos, las veredas son ocupadas por un sin número de personas que se suman al reclamo y al mismo tiempo disfrutan de un espectáculo que roba sonrisas y pone el cuerpo en movimiento. Flamean las banderas, el ruido ensordecedor de todas las percusiones se funden en un solo canto. Silbatos, bombas de humo y de estruendo impactan a lo largo de todo el camino.

Al llegar al Pasaje Dardo Rocha, justo enfrente de Plaza San Martín, las murgas hacen una ronda, entonan canciones bajo la consigna que los une y se quema un muñeco que representa al Rey Momo.

Debido al carácter popular y “perturbador” de los festejos de carnaval, provocó que en los sucesivos gobiernos fuera sistemáticamente prohibido. Por eso, la Marcha Carnavalera, apostaba cada año a recuperar ese lugar soberano del festejo, de la fiesta que la última dictadura militar de 1976 arrebató. El gobierno militar impuesto ese año, con su objetivo de disciplinar todos los medios de la sociedad argentina, prohibió el festejo en los espacios públicos y por medio del decreto 21.329 -firmado por Videla, Harguindeguy y Bardi- eliminó el feriado de lunes y martes de carnaval.

Carnaval Club Quimes, sin fecha.

Sin embargo, en septiembre de 2010, todo cambió con el proyecto sobre el nuevo esquema de feriados de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner donde incorporó el lunes y martes de carnaval y, que ante la falta de debate en el Congreso, el Gobierno Nacional definió a través del decreto 1584/10.

Según cita el decreto, el Carnaval había sido instituido como feriado en 1956 y representa “una de las manifestaciones más genuinas de las diferentes culturas” del país, “fomenta la participación y transmisión de los valores que nos identifican”, y “funciona como integrador social y cultural”, describió la presidenta ante el anuncio de los feriados (Diario Página/12, 2010). La particularidad del año 2011 fue que luego de 35 años se restituyeron los feriados de carnaval a nivel nacional, logrando el efecto deseado: sumar motivos a la que, por definición, es la celebración de la alegría.

De este modo, quedó restituida como parte de la recuperación de la identidad, la memoria y la alegría esta histórica fiesta popular, que las agrupaciones carnavaleras venían reclamando. Aquí la memoria es otro anclaje que cobra visibilidad a partir de la práctica, es decir, de la celebración del carnaval. Según define Pedro Milos (2005), “es una construcción social del sentido del pasado que se funda en el recuerdo, es el acto y la capacidad de los sujetos de recordar; es entonces un discurso que no sigue siempre un orden cronológico, sino más bien reglas subjetivas en relación a la temporalidad donde los actores, al recordar, saltan de un período a otro sin mediación ni relación de causalidad lineal”.

El pasado colectivo se reorganiza en el plano simbólico y así es resultado de reapropiaciones y dotaciones de sentido otorgadas por diferentes actores en distintos momentos. El valor recae en los relatos orales para el registro de la memoria oral y la reconstrucción de los elementos constitutivos e institucionalizados de los bienes culturales inmateriales, del patrimonio cultural sito en los recuerdos de las comunidades y en las experiencias de sus representantes más característicos por sus actividades y sus historias de vida particulares.

En este aspecto, la memoria enmarcada en la cultura que permite recrear y reconstituir un pasado a través de la cultura actual. En palabras de J. M. Barbero (1993), el relato popular se realiza siempre en un acto de comunicación, en la puesta en común de una memoria que fusiona experiencia y modo de contarla. Porque no se trata sólo de una memoria de los hechos sino también de los gestos, y cuya posibilidad de ser asumido por el auditorio y vuelto a contar, es que se deje memorizar. La repetición convive aquí con la innovación ya que ésta la pone siempre la situación desde la que se cuenta la historia, de forma que el relato vive de sus transformaciones y su fidelidad, no a las palabras siempre porosas al contexto, sino al sentido y a su moral. Por lo tanto, el patrimonio cultural y natural, compuesto por los bienes materiales y simbólicos que la sociedad produce, usa, le otorga significado y deshecha en los diferentes momentos de su devenir histórico, es la memoria colectiva que engloba la suma de manifestaciones de la acción humana y que constituyen la base de diferenciación de cada sociedad, su identidad, en un marco de integración con el ambiente social y natural. Por ello, su estudio, conservación y recuperación excede lo puramente técnico (inventario, registro, restauración de edificios, etc.), para abarcar aspectos socioculturales diversos.

Consideraciones finales

Todos los conceptos desarrollados, están abordados desde la cultura popular, definida como la cultura no oficial, la de los sectores subalternos. En interacción con la cultura de elite y lo masivo, transformada por la experiencia urbana y la expansión de las industrias culturales, el ritual y la celebración de los pueblos (García Canclini, 1984) está en permanente transformación, implicando procesos complejos de aceptación/rechazo (Tamagno, 2001). Decir cultura, es referirse citando a Williams (1983), a un registro de reacciones, pensamientos y sentimiento, a las cambiantes condiciones de la vida común. Las sociedades se instituyen como tales, cuando producen significaciones que cohesionan a determinado agrupamiento social.

Es, en tanto, el espacio social “el resultado de un conflicto permanente entre poder y resistencia al poder, un producto de las operaciones que lo orientan, temporalizan, sitúan y lo hacen funcionar, es decir, fuerzas hegemónicas y contra hegemónicas que están en constante contraposición” y que, según De Certau (1996) abre a la posibilidad de que el mismo sea subvertido y alterado en su significado por las prácticas cotidianas de aquellos que lo habitan, “lo cotidiano se inventa bajo mil maneras” (1990:36), es base y fundamento para comprender dichas prácticas, afirma el autor.

Carnaval en el Luna Park.

En ese engranaje cultural aparece la murga, como una práctica social que invade la cotidianidad y que se va certificando no sólo con el tiempo sino con la propia reproducción que se hace de sí misma, la cual conlleva una alteración al modelo tradicional hegemónico. Aquí, se pone en juego la confrontación que se genera desde distintos planos simbólicos: el lugar de la murga como grupo social y desde todos los componentes que la forman: el discurso (canciones), a partir del cual se denuncia, implora, reclama; el cuerpo (la danza) donde las transfiguraciones corporales rompen con la estructuración y disciplinamiento de los cuerpos inmóviles y rígidos; la rítmica (música) que rememora las tradiciones más antiguas y se mezcla con las nuevas melodías que se extraen desde la música popular; y finalmente, la construcción subjetiva e identitaria (colores, nombre, lugar de pertenencia) desde donde se consolida como grupo social. Así podemos describir a la mediación como eje central de la cultura, en donde la comunicación se vuelve producto de ese contexto, y continuando con estos lineamientos que expone Barbero, es importante distinguir las otras mediaciones posibles, tales como la historicidad, los movimientos sociales, lo popular, la acción social de los sujetos, las identidades, la ciudad y el barrio. Consiguientemente, “la mediación es el lugar desde donde se produce el sentido en la comunicación”. Las significaciones sociales, en tanto, producción de sentido, inventan el propio mundo en el que se despliegan, el carnaval es ese mundo recreado por los habitantes de La Plata a partir de la tradición de antaño. En febrero cambia la fisionomía, cambia el transitar y cambian los sujetos que se predisponen en ese tiempo. La ciudad pasa a ser lugar de encuentro definido por el circuito, que impera en carnaval, de determinadas prácticas de la esfera social, contagiando y habituando a los sujetos a los códigos específicos del momento.

Se trata del carácter dinámico y transformador que tiene este ritual como parte del patrimonio cultural y a su vez, como género artístico en el que se mezclan las más variadas disciplinas; un ritual que lleva más de 20 años y que renace cada febrero sobre los adoquines de la ciudad.