“Videla es Perón”

24 de marzo del 2021

Escribe: Jorge A. Villano

El golpe de Estado

Salí de casa cuando todavía era de noche. Apenas había comenzado el otoño y el clima todavía era agradable. Llegué a la Estación Bernal del Ferrocarril Roca y me encontré con las caras de gente que veía todos los días, pero con la que nunca había cruzado palabra alguna. Esperaba, deseaba oír sus comentarios, saber qué sabían ellos, que opinaban. No tuve suerte, creo que alguien escuchaba su radio portátil, pero todos éramos herméticos.

El “rápido” que procedía de la ciudad de La Plata asomó en la curva y cuando se detuvo en la estación busqué los coches que estaban a oscuras. Había aprendido que la oscuridad no era para “pungar” a los pasajeros, era la estrategia de quienes venían de más lejos y, supieron donde estaban las llaves de la luz para prolongaban el sueño en el coche a oscuras. Cuando llegábamos a la estación Avellaneda bajábamos casi todos y los más despabilados avisaban solidariamente la llegada a destino. El tren seguiría hasta la terminal de Constitución.

Como en una procesión caminábamos a lo largo del andén, cruzábamos las vías con un acompasado chasquido sobre los ripios y descendíamos del terraplén allí donde ya no había alambre perimetral. Éramos como espectros, caminando en silencio en la más absoluta oscuridad, sabiendo donde pisar en ese camino tan trajinado. A la izquierda, los altos muros de una metalúrgica y una amarillenta luz se balanceaba dando una imagen espectral a esa caravana de obreros. El Puente Bosch estaba a oscuras. Cuando arribaban los primeros de esa informal fila, un inmenso reflector se encendió encandilándonos a todos. Sonó una voz de “Alto pongan los bolsos en el suelo y las manos en la nuca”.

No sentí temor, imaginaba una escena del cine norteamericano y salvo la ropa, toalla y alguna otra cosa, nada llevaba. Pero tampoco me confiaba demasiado, tenía apenas una inquietud que no llegaba al miedo. De a dos fuimos trasponiendo por un pasadizo entre las bolsas de arena que formaban una cerrada trinchera sobre el empedrado del puente. Nos controlaban los documentos y el interior de los bolsos, nos preguntaban de dónde veníamos y hacia dónde íbamos. Casi todos éramos obreros de General Motors de la planta de Barracas, y que, desde hacía casi una semana estábamos en huelga en nuestros lugares de trabajo.

Sentirse huelguista, plantados frente a una patronal norteamericana, nos ponía bajo sospecha, podíamos estar en peligro. Quizá por eso todos caminamos en absoluto silencio las seis o siete cuadras hasta la planta. Camiones del Ejército estaban apostados en las esquinas de la fábrica, suponíamos que cargado de soldados. En la calle algunos suboficiales vigilaban nuestro ingreso a la inmensa nave, dónde sólo se escuchaba el constante soplido del aire comprimido que silbaba por las cañerías que recorría la línea de producción.

Una corta fila se formaba, como cada mañana, junto al reloj, para marcar nuestro ingreso en la tarjeta. Luego al vestuario y con nuestro verde uniforme de obreros, tomábamos nuestro puesto de trabajo. En la línea descansaban las Pick-Up, los Chevys a medio montar, vehículos que se producían para ser exportados a Cuba, los Chevrolet 400. Todos nos concentramos en nuestro punto habitual de trabajo, aunque sabiendo que no íbamos a trabajar. La primera hora era para el desayuno, con la rueda de mate y las galletitas o facturas que aportaba por turno cada integrante de la “ranchada”. Nuestro grupo tenía tres componentes y, en estos casos de huelga venían a compartir otros trabajadores del Almacén y gente de la línea de producción. Allí todos querían hablar, todos tenían una opinión que verter sobre el golpe de Estado que ese 24 de marzo marcaría el lugar más oscuro de nuestra historia.

Las opiniones eran de la más diversas, difícil para hacer una síntesis, pero corría como una sensación de alivio, puede no creerse, lo cierto que las tensiones en el débil gobierno de Isabel Martínez de Perón y las fuerzas en pugna entre la derecha e izquierda del peronismo, que se dirimía con las armas, pesaba sobre los trabajadores que soportaban un largo período de pérdida de su salario y el riesgo del cierre de las fabricas.

Era particularmente el caso de General Motors, la fábrica en huelga en la que nos encontrábamos, en donde sabíamos que los militantes de la “tendencia”, un sector de la izquierda sindical del peronismo, había sufrido entre sus militantes el ataque con acido, que se usaba en la planta, y que quemara la cara y parte del cuerpo de dos de los trabajadores, por una agresión del sindicalismo oficial de derecha. Éste alto índice de conflictividad no resolvía el enfrentamiento con la Empresa que había comenzado los despidos de personal bajo la figura de los “Retiros Voluntarios” que era denunciado en esa huelga como “Despidos Encubiertos”.

La prolongada crisis había erosionado el capital político del gobierno y el temor a perder el trabajo se sentía más entre los que gozábamos de un relativo privilegio al integrarnos en una industria de elite.

El SMATA, el sindicato, había convocado a esta huelga y la adhesión fue inmediata y masiva. Concurríamos a nuestro puesto de trabajo, cumplíamos nuestro horario, pero no realizábamos tarea alguna. A lo largo de la serpenteante línea de producción se armaban las “ranchadas” con alto consumo de yerba mate, cuentos, y partidas de truco. Los armarios de chapa, donde cada sector guardaba sus herramientas, se usaban como tabiques que impidieran ver las mesas de truco. A la hora indicada los armarios volvían a su lugar, íbamos al vestuario y volvíamos a casa, cruzándonos con los del turno siguiente.

“Usted se calla”

En la mañana siguiente aún estaban allí las trincheras de bolsas de arena, pero no se efectuaba control personal. El ingreso a la planta era distinto, la inmensa planta estaba en absoluto silencio, ni el aire comprimido se escuchaba y los armarios de los del último turno no habían vuelto a su lugar habitual, el desorden era notorio.

Nuestro grupo, compuesto por Juan, un muchacho un poco más chico que yo, el gringo Tecker, que lideraba el grupo y yo fuimos a nuestro lugar en el almacén. El Gringo, se atizaba el bigote mientras revolvía nervioso la bombilla en el mate al tiempo que otros trabajadores se sumaban a la ranchada. Tecker comenzó a contar los sucesos de la tarde anterior, después que salimos de la planta.

A primeras horas de la tarde, decía el gringo, los militares se distribuyeron en los alrededores de la Planta. La fábrica quedó rodeada de soldados que fueron ingresando en fila al inmenso galpón, ocuparon puntos importantes y eran visibles en los pasillos superiores, desde donde se controlaba fácilmente el movimiento interior.

Tecker vivía lo que relataba, hacia pausas intrigantes y luego continuaba. Los compañeros estaban un poco cagados, pero todos trataban de disimularlo. El que estaba a cargo de la tropa, se paró en el pasillo principal acompañado de otros oficiales y, a los gritos preguntó a un compañero que tenía cerca cuál era el motivo de la huelga. Al hombre le castañaban los dientes, trató de explicar algo, pero no se lo escuchaba bien. Finalmente aclaró que el sindicato había llamado a la huelga por los despidos encubiertos.

Cuando el milico le preguntó qué eran los despidos encubiertos, éste le dijo que si quería llamaba a los delegados que le explicarían mejor. El oficial accedió. Un puñado de tres o cuatro delegados se pararon frente al milico, quien reiteró en voz alta la misma pregunta. Cuál es el motivo de la huelga. El delegado general explicó que la empresa tenía un plan de despidos generalizados y que había comenzado con el sistema de retiros que eran voluntarios, pero que si no aceptaban, finalmente iban a ser despedidos hasta sostener la cantidad de personal que les eran indispensables.

El milico preguntó quién era el responsable de la empresa y pidió que se haga presente. Vinieron dos gerentes y algún que otro jefe. El oficial no perdió su postura de superioridad y preguntó si era verdad que había despidos encubiertos, el jefe de personal, que estaba con los gerentes dijo “Mire, yo le voy a explicar”. “Usted se calla la boca” gritó el oficial.

“No es exactamente así”, dijo el gerente y lo invitó a pasar a su oficina, lo que los milicos aceptaron. Un murmullo recorrió la planta. Los compañeros estaban asombrados y hasta algunos comenzaron a hacer bromas. Pronto todos volvieron a sus ranchadas, pero ya no había cartas de truco. Me dijeron que los milicos salieron de la oficina y se fueron en silencio. Poco después las tropas fueron dejando la planta y los camiones volvieron por donde habían llegado.

La cara de los compañeros de nuestra “ranchada” era de incredulidad y admiración, los comentarios eran positivos y, hasta alguno imaginó que los despidos se iban a parar. Al rato vino el delegado de almacenes y pidió que todos los armarios volvieran a su lugar y que nos preparáramos como para retomar el trabajo. Le preguntamos qué había pasado, pero dijo que el delegado general nos iba a hablar, que él no sabía nada.

Tecker nos indicó que esperáramos que los de limpieza pasen y que vayamos poniendo los armarios en su lugar. Empezamos por el fondo de la nave y ya allí vi, con la tiza que se usaban en carrocería, escrito en la parte trasera de un armario “Videla es Perón”. No lo podía creer. Lo borré con estopa y continuamos. Lo vi también en otros armarios, en el baño y hasta en el vestuario.

Aquella escenificación militar, que había ilusionado a algunos compañeros no iba a durar mucho. La actividad se había reanudado a la espera de acuerdos con las nuevas autoridades de facto, pero un mes después me llegó, como a tantos otros, el telegrama de despido. Finalmente la empresa General Motors cerró las plantas de Buenos Aires.