Jueves 22 de abril del 2021

Columna del imperio “Yanquis Go Home” de Juan Garda para #NoNosQuedaOtra. El racismo en Estados Unidos no puede esconderse bajo la condena a Derek Chauvin, porque el mismo día, dos afrodescendientes, menores de edad y desarmados fueron asesinados por la misma lógica que manejan las fuerzas policiales y una política de Estado histórica a la que no intentan modificar.

Protesta por la muerte de George Floyd. Foto: fotografía_ Afp

“I can’t breathe” (no puedo respirar). Una frase que, a partir del asesinato de George Floyd, se convirtió en bandera para las millones de personas que diariamente sufren la discriminación racial por parte de la policía de los EEUU. Y, particularmente, para los afroamericanos quienes, si bien no son los únicos que la padecen, concentran prácticamente la totalidad de las víctimas.

El 25 de mayo de 2020, George Floyd estacionó en la puerta de “Cup Foods”, una tienda en la que paró a comprar cigarrillos y, a continuación, se sentó en su auto a fumar. Pero el cajero notó que el billete de 20 dólares con el que pagó Floyd era falso y se lo hizo notar al encargado (ya que los billetes falsos que toman los cajeros, son después descontados de su salario). El encargado le ordenó a otro empleado que le indicase a Floyd volver a ingresar a la tienda y, cuando éste se negó, decidieron llamar a la policía. El resto de la historia, pudimos verla todos/as en video.

Captura del vídeo difundido en redes sociales en el que se ve a un policia encima del cuello de George Floyd, quien murió bajo custodia policial en Mineapolis.

Relatado de esta forma, no parece mucho más que el caso de una manzana podrida que se excedió en el legítimo uso de la fuerza policial. Y fue éste el argumento de la derecha. Por otro lado, desde la vereda opuesta, instalan la importancia de que se haya juzgado y encontrado culpable al policía (que aún no recibió su condena). Y hasta el mismo Joe Biden festejó el veredicto.

Pero lo cierto es que, tal y como suele sucedes, no es ni una cosa ni la otra.

En primer lugar, porque Derek Chauvin no es un caso aislado, sino el inevitable producto de una sociedad profundamente racista que se niega a aceptarlo. Por otro lado, Chauvin no actuó en soledad sino con tres compañeros. Mientras el primero se arrodillaba sobre el cuello de Floyd quitándole el aire, los demás intervinieron activamente impidiendo que los transeúntes interviniesen para detenerlos.

De hecho, dos de esos policías no eran compañeros sino nuevos ingresantes a la fuerza que debían ser entrenados por Chauvin. Configurando el extraño caso de una manzana podrida encargada de enseñarle a las demás como pudrirse también.

Por otro lado, tampoco es cierto que el juicio sea revolucionario o un momento bisagra que marque el inicio de un cambio de época.

Si bien es cierto que estos casos por lo general no se juzgan, cabe resaltar que ninguno de los compañeros de Chauvin lo acompaña en el estrado. Al tiempo que no puede pasarse por alto que los casos que llegaron a juicio y terminaron en absoluciones, tienen ese desenlace producto de decisiones de jurados populares, demostrando que el racismo corre profundo por la venas yanquies.

“el racismo corre profundo por la venas yanquis”

Como si todo esto fuera poco, resta resaltar que Chauvin aún no recibió sentencia (cosa que pasara en aproximadamente dos meses). Y ya al mismo día de hoy se anuncia que la causa será apelada, entre otras cosas, por denuncias de presiones al Poder Judicial por parte del Ejecutivo. Queda en claro que la solución “revolucionaria” de Joe Biden es catalogar esto como un caso aislado y barrerlo bajo la alfombra.

Mientras tanto, dos adolescentes afrodescendientes menores de edad y desarmados fueron asesinados a sangre fría por la policía. Demostrando que lo que está podrido y desde las raíces es el árbol. Y las minorías raciales de los Estados Unidos, ya no pueden ni respirar.