Domingo 8 de mayo del 2021

Escribe: Mónica Puertas

Publicada originalmente el viernes 7 de mayo del 2021 en dejamelopensar.com.ar

Antes de empezar, le pido al lector o lectora que deje a un costado sus gafas latinoamericanistas. Resulta tan difícil para un argentino entender a Podemos como para un español entender al peronismo.

Dicho esto, empecemos por el final. Pablo Iglesias, Secretario General del Podemos desde su comienzo como partido en 2014, dejó todos sus cargos. La noticia es ésa, porque perder elecciones en Madrid hace 26 años que dejó de ser una novedad.
Pablo Iglesias hizo un salto al vacío un mes antes. Para anunciar su intención de disputar la presidencia de la ciudad más importante de España, dejó al cargo de Vicepresidente Segundo en el gobierno nacional, que ostentaba desde 2019 en coalición con Pedro Sánchez del Partido Socialista Obrero Español (PSOE). La jugada podría haber salido bien, y lograr el acuciante “cordón sanitario” contra el fascismo. Pero no fue así. Lo que queda por saber —si es que algún día se sabe— es si Iglesias contemplaba la posibilidad de perder tan rotundamente y si, de saberlo, estaba escrito que abandonaría la política ante semejante paliza electoral. Hay elementos para pensar que sí, aunque bien podrían ser forzados.

Iglesias se fue de la vicepresidencia dejando en su lugar a Yolanda Díaz, ministra de trabajo, cuya imagen creció (o hizo crecer) exponencialmente durante los últimos meses. Responsable de los ERTES (Expedientes de regulación temporal de empleo), herramienta que permitió impedir miles de despidos en el marco de la crisis sanitaria por el COVID 19, fue la cara visible de un cambio de paradigma en la gestión de una crisis. Algo que Iglesias resaltó mucho cuando le tocó defender la gestión y el papel de Unidas Podemos en el gobierno de coalición: durante la crisis de 2008 el entonces gobierno del PSOE, se inclinó por realizar recortes de gran magnitud que tuvieron fuertes impactos negativos sobre la clase trabajadora. Todos los servicios públicos se vieron afectados y la tasa de paro lejos de mejorar empeoró, dando lugar a más flexibilización laboral, sobre todo en la juventud donde el paro llegó a más del 50%.

Esa receta neoliberal se hizo en una olla a presión que terminó de explotar en la Plaza del Sol en la primavera de Madrid durante el 2011. Miles de ciudadanos de todas las procedencias inundaron las calles, volcaron su creatividad en pancartas que rezaban “no hay pan para tanto chorizo” (chorizo= delincuente), “No somos antisistema, el sistema es antinosotros” y “Somos los de abajo y vamos por los de arriba”. Y llegaron bien arriba, al mismo gobierno nacional. Porque de esa magnitud indignada, un grupo de intelectuales, académicos y activistas formó tres años después un partido político. Así nació Podemos. Y ganó elecciones. Y llegó a gobernar. En una España desmovilizada, con cuarenta años de dictadura y represión y otros cuarenta años de liberalismo camuflado en socialdemocracia, no es poco. No es poco para nada. Por favor, sigan dejando sus gafas al costado, que todavía falta.

¿Qué falló? Escribo esta nota en un país en que el que hace setenta años una derecha colonizada busca erradicar con todo tipo de artimañas al partido que nuclea a las mayorías sociales. Cuando dicen que la culpa es de “setenta años de peronismo”, el blanco de la violencia no son sus gobernantes peronistas — que no estuvieron setenta años— sino el pueblo peronista.

El sociólogo británico Daniel James da cuenta en “Resistencia e integración” del papel imprescindible y performativo que tuvo el pueblo peronista en la resistencia durante los 18 años de proscripción (1955-1973), persecución gremial y encarcelamientos sistemáticos que sufrió la clase trabajadora. Obreros que deambulaban entre las fábricas buscando trabajos que nunca les daban por estar en listas negras que los patrones se pasaban entre sí. Nadie que hubiera representado gremialmente en los años del peronismo tenía derecho al trabajo. En ese modelo de país, que hoy empuja por volver de la mano del macrismo, los peronistas resistieron. Les prohibieron cantar la marcha o tener la foto de Evita en la pared. Y resistieron. Y transmitieron su rabia, impotencia y amor por el peronismo a sus hijos y nietos. Esa línea de continuidad selló el trasvasamiento generacional que se palpa todos los 24 de marzo en la calle. Acá hay un pueblo. ¿Podemos pensar el kirchnerismo sin ese pueblo consciente de su historia? ¿Podemos pensar que Cristina tendría la fuerza que tiene sin ese pueblo?

CFK e Iglesias.

Volvamos a Madrid. No está prohibido hacer paralelismos. Es urgente hacerlo, pero sin mala praxis. Madrid fue la última ciudad en caer ante las tropas franquistas en marzo de 1939. En enero había caído Barcelona. Después de tres años de ¿guerra civil? la derecha ganó después del golpe de estado del 18 de julio de 1936 que según Mola, uno de sus militares, “duraría 72 hs.”. Calcularon mal. El pueblo se levantó en armas, las que consiguió, para defender el Estado de Derecho, para defender la República. Mientras Inglaterra y Francia se negaban a ofrecer ayuda especulando que así evitarían la guerra, Alemania e Italia dotaron a los sublevados de Franco de tanques y armamento. No hubo piedad con la población civil. Todos conocemos el bombardeo a Guernica por la famosa obra de Picasso, pero hubo masacres iguales o peores. En febrero de 1937, salieron desde Málaga por la carretera hacia Almería miles de familias con chicos y ancianos que escapaban de los bombardeos que hacían por mar y por aire. La “desbandá” dejó un saldo de miles de muertos al costado de la ruta.

Madrid resistió todo lo que pudo, pero después de tres años cayó ante un franquismo que duró casi cuarenta, y que formateó a una España que nunca hizo revisión de los crímenes de lesa humanidad, no sólo durante los tres años de asedio contra un gobierno legítimo (ya podemos dejar de hablar de guerra civil) sino durante las décadas siguientes. Los que sobrevivieron, los que no lograron exiliarse, los que se libraron de estar enterrados en fosas comunes, que son miles alrededor del territorio español, fueron doblegados. Miseria, miedo y represión. Los abuelos no pudieron, no supieron o no quisieron transmitir a sus hijos y nietos lo que fue aquello. Y esos nietos irrumpieron en la Puerta del Sol sin el capital familiar y social que implica la transmisión oral de la memoria.

Indignacionismo no necesariamente se traduce en política. Pablo Iglesias no es producto del 15M aunque el 15M haya sido condición de posibilidad. Uno de los grandes éxitos del liberalismo es habernos inoculado la idea de que las explosiones populares son garantía de cambio. Romantizar la insurrección tiene una mirada corta que no permite entender los procesos políticos cabalmente. Ni la Chile de 2019, ni probablemente la Colombia de hoy se traduzcan necesariamente en la construcción poder. Lo asambleario convoca simpatías de todos los sectores de la política. Pero el poder real se pone en alerta cuando lo asambleario se traduce en formaciones políticas que lo disputan.

Buena suerte y hasta luego

Pablo Iglesias llegó con objetivos de máxima en una izquierda desmovilizada, inconsciente de su propia historia y pasteurizada por la socialdemocracia. Pero, ¿quién puede hablar de fracaso? El balance no deja de ser positivo. Y Madrid no es España. Hoy, después de 46 años de alternancia (esa palabra tan sobrevalorada por el liberalismo) el bipartidismo está roto y Unidas Podemos gobierna en coalición, no sólo en el gobierno central, sino en varias ciudades entre las que están Barcelona y Valencia. Como saldo queda un partido incrustado en las instituciones y feminizado. Algunas mujeres quedan en importantes cargos: Yolanda Díaz como vicepresidenta 3°, Irene Montero al frente del Ministerio de Igualdad, Ione Belarra como posible sustituta de Iglesias en la Secretaría de Podemos e Isa Serra como portavoz en la Asamblea de Madrid.

Después de años de desafección política y en una estructura nacional no sólo atravesada por la variable ideológica, sino también por el conflicto territorial, el saldo se traduce en un bloque histórico que contuvo a diferentes izquierdas, incluyendo a las nacionalistas como la catalana. Un ciclo de diez años que empezó con el 15M y se cierra con la salida de Pablo Iglesias de la política institucional.

La artillería que la ultraderecha usó contra Iglesias incluye bulos (fake news), asedio permanente y sistemático a él y sus hijos menores de edad en su propia casa. Un acoso que se hizo extensible durante las vacaciones, cuando debió abandonar Asturias junto a su mujer, Irene Montero, y sus hijos en agosto de 2020.
Por último, como corolario de la escalada de violencia, las amenazas de muerte, que incluyen un sobre con cuatro balas destinadas a su mujer, su padre y su madre. Una campaña de odio efectiva y letal. La derecha no perdona.

Resume la barbaridad del acoso un periodista, Javier Ruiz, ideológicamente contrario a la formación de Podemos, pero que en un lapsus de honestidad intelectual que no representa ni por asomo al resto de periodistas afines a la derecha, dijo en su programa «Ha habido tales pasadas de algunos medios de comunicación con Podemos que yo creo que hemos traspasado límites éticos intolerables. Se ha publicado la ecografía de sus hijos, se ha entrado a hacer reportajes de una casa. En fin, se han violado cosas que yo no doy crédito todavía”.

Sigue pendiente el deseo de la resistencia republicana de que Madrid será la tumba del fascismo. Le dejo la autocrítica a la militancia, entre la que me incluyo. Me pregunto si estuvimos a la altura de la historia. Gracias Pablo por tu lucha.

Salud y República.