Jueves 10 de junio del 2021

Columna del imperio “Yankis Go Home” de Juan Garda para #NoNosQuedaOtra por #la990. Estados Unidos, un arsenal de vacunas. Recorrido histórico que atraviesa el nazismo, la hegemonía económica y cultural de Estados Unidos de la época, y el diagnóstico actual.

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“Los nazis están adentro”

29 de diciembre de 1940. La segunda guerra mundial destruía lentamente a Europa mientras la blitzkrieg alemana cortaba el continente como cuchillo caliente a la manteca. Para entonces los nazis ocupaban los territorios de Austria, Checoslovaquia, Polonia y Francia; al tiempo que amenazaban con hambrear a Gran Bretaña con su campaña submarina. Mientras tanto, del otro lado del Atlántico, el pueblo norteamericano fallaba en alcanzar un consenso popular que les permitiese un inicio de hostilidades con el Tercer Reich. En parte por el doloroso recuerdo de la carnicería que implicó la Primera Guerra; pero también en parte por la denodada simpatía que algunos sectores de la sociedad expresaban por los nazis, así como también el de figuras públicas de importancia, como Henry Ford, Walt Disney o Charles Lindbergh.

Imposibilitado de declarar la guerra, pero ansioso por responder a los pedidos desesperados de ayuda de sus aliados británicos, el entonces presidente Franklin Delano Roosevelt pronuncia un famoso discurso en el que propone a los EEUU como el arsenal de la democracia y se compromete a enviar maquinaria, materiales y pertrechos para equipar a las naciones que aún resisten el avance nazi. 80 años más tarde, un presidente norteamericano desesperado por parecerse a Roosevelt utiliza ese viejo discurso para hacer un juego de palabras y plantearle al mundo que los Estados Unidos serán un arsenal de vacunas, prometiendo entregar 500 millones de dosis a través del sistema de distribución equitativa de las Naciones Unidas, COVAX. Pero el contexto no podría ser más distinto.

El presidente de los Estados Unidos de América, Joe Biden, promete en su primer discurso presidencial, vacunar en 60 días a 100 millones de habitantes.

En primer lugar, porque no es el fantasma del nazismo recorriendo Europa lo que motiva la colaboración desinteresada del gobierno norteamericano, sino la necesidad de mantener su hegemonía económica y cultural frente a la avanzada diplomática de rusos y chinos que ponen en peligro la idea de un mundo monopolar orbitando en torno de los EEUU. En segundo lugar porque no es una guerra lo que esta vez asola al mundo, sino una pandemia. Que en buena medida se ha visto potenciada por la avaricia de los países desarrollados que en su desesperación se lanzaron a comprar dosis para el triple o el cuádruple de su población y pagándolas mucho más caras de lo que los países del tercer mundo podían llegar a abonar. Como esos iluminados que al principio de la pandemia salieron corriendo a acaparar el papel higiénico como si hubiesen sabido de antemano cuantos metros cuadrados de nalgas iban a ganar en el transcurso de la cuarentena. Y en tercer lugar, porque el país que dijo que no iba a exportar vacunas hasta tanto tuviese a todos los norteamericanos inoculados, no está pudiendo vacunar ni siquiera a su propia población.

“es justamente la base electoral de Donald Trump con sus adeptos de Q-Anon la que presenta el núcleo duro de la resistencia a la vacuna”

La vacunación en los Estados Unidos, uno de los pocos países productores de vacunas del mundo, había comenzado a un ritmo envidiable. En su discurso de asunción, Joe Biden prometió aplicar 100 millones de vacunas en sus primeros 100 días de gobierno, marca que logró duplicar antes aún del plazo máximo que se habían propuesto. Habiendo logrado lograr ese logro, el 46to presidente norteamericano se trazó una nueva meta, ambiciosa pero alcanzable de acuerdo a la disponibilidad de vacunas y el ritmo de aplicaciones: 70% de la población inoculada con una primera dosis para el 4 de julio, fecha en la que esperan poder declarar su independencia del COVID, en coincidencia con el cumplimiento del aniversario número 238 de su independencia como nación.

Pero lo que parecía que iba ser más fácil que copar el capitolio empieza a complicarse. Si bien desde el inicio de la gestión Biden se aplicaron 300 millones de dosis, sólo un 52% de la población se encuentra vacunada (un 42% si se toma a aquellos con las dos dosis) y el ritmo cayó estrepitosamente. De casi 3 millones y medio de dosis diarias aplicadas en promedio en el mes de abril, pico de la campaña de vacunación, se desplomó un 70% para promediar poco más de 1 millón de dosis diarias al día de hoy. Y las distintas administraciones estatales ya no saben que regalar para incentivar a la gente a vacunarse: entradas para diversos shows culturales, descuentos en la compra de todo tipo de ítems, cervezas en bares de todas las calañas, cigarrillos de marihuana, la posibilidad de dar vueltas con sus autos en autódromos de nascar y hasta armas. Si prestamos atención a esos dos últimos regalos propuestos, empezamos a entender dónde radica el problema. Porque si hay alguien que ama a nascar, la cerveza y las armas como ningún otro, es el típico redneck. Mientras los Estados azules como Vermont, Hawaii o Masachussets tienen más de un 80% de su población vacunada; y Estados como New Jersey, New York o Rhode Island superan el 70%; esos índices se desmoronan conforme nos acercamos al viejo sur esclavista. Donde estados como Missisippi, Alabama o Louisiana apenas si superan el 40%. Y es justamente la base electoral de Donald Trump con sus adeptos de Q-Anon la que presenta el núcleo duro de la resistencia a la vacuna. Porque tal y como hace 80 años, los nazis están adentro, pero esta vez las muertes se producen en suelo norteamericano.