Domingo 20 de junio

Escribe: Rocío Galván

Aparecen de a uno por vez, en una coreografía cuidadosamente ensayada. Es quirúrgico. David Schwimmer entra como si fuera cualquiera de sus días de grabación, mochila al hombro, reconociendo los diferentes escenarios, con una fascinación honesta. Después Lisa Kudrow, casi intacta, con esos pequeños y torpes pasos que la meten en Phoebe inmediatamente. Jennifer Aniston, con su postura estelar asumida desde hace siglos. Matt Le Blanc es un amigo nuestro que pasó un rato a saludar sin avisar antes, porque ya está viviendo en la piel de Joey. Courtney Cox es canchera, resuelta, inocente de nuevo, dueña de nuevo de toda esa casa y sus rincones: sólo alcanza con que sus botas toquen el piso. La estela transparente de Matthew Perry, la melancolía y las manos en los bolsillos, nos recuerda que esto es una reunión breve, única, un regalo de HBO, descontracturado y milimétricamente planeado a la vez.

Se viene una fuerte zambullida en el recuerdo y Aniston avisa: ¿Dónde están los pañuelos de papel?

Pero avisaron mucho, mucho tiempo antes. La televisión de hoy, la de pantalla plana, el streaming y la competencia descomunal, exige movidas de 360 grados y extensas. Todos abrieron cuentas de Instagram, el cruel reino de la imagen, o tunearon las que tenían. Cuando desembarcó, Aniston rompió la mismísima red social de los millennials con su popularidad antigua, masiva, pesada.

Abran paso, somos las caras de seis tipos y tipas que gobernaron la televisión una década entera.

Mamushka universal

Mi tiempo de los veintis empezó cuando terminó Friends. Las Torres Gemelas, el tiempo de Bush, Afganistán, terrorismo y la era de los republicanos al palo son signos de la época que ya comenzaba. Acá volvíamos de las cenizas. Unos meses antes Néstor Kirchner asumía con la única misión de arrancar al país del subsuelo. Chávez, Lula, Evo, Patria Grande, No Al Alca, Bicentenario; todo eso vendría después, el relato y la magia. Pero mientras tanto, en ese temprano reinicio y recuperación nacional, conseguir un trabajo, tener un departamento con alquiler controlado, tomar café todos los días, pedir pizza cada noche, era imposible. Friends se había ido, después de venderme hermosas y frágiles ilusiones.

En el 2004, el año en que se acabó Friends, se estrenaba “Antes del Atardecer” (“Before Sunset”), parte de la la saga romántica y existencialista de Richard Linklater, que devolvía a Julie Delpy y Ethan Hawke a sus caminatas y diálogos urbanos. En el comienzo de la película, el personaje de Jesse, ya un autor consolidado, cuenta que su idea para un nuevo libro es justamente narrar todo lo que pueda caber en una canción pop.

El tiempo es mentira (….) dentro de todo momento hay otro momento”, sintetiza.

Garabatea ante periodistas dos o tres rasgos de ese juego: dueño de una vida “perfecta”, un hombre vive dos momentos a la vez. Su hija baila al ritmo pegajoso de una dulce canción pop arriba de una mesa, pero por momentos la que danza es su primera novia, arriba del techo de un auto. Ríe y teme por el arrojo y la audacia de las dos.

Como una clave para recuperar el tiempo no perdido sino sumergido, esa melodía y la candidez sentida no una sino dos veces, tiene el poder de traer el pasado. El pasado que sólo lo es en términos cronológicos y lineales, y que convierte al presente en un mero instrumento para persistir. Una caja de muñecas rusas dónde quizá la más pequeña (o lejana) hace significar a la grande, o viceversa. ¿Cuál contiene a cuál?

Friends es esa canción pop con el enorme magnetismo capaz de arrancar todos esos elementos que nos armaron en el tiempo más trascendente de nuestras vidas. El tiempo en que el cual mirar el techo en una habitación era más que eso, que comprometía mucho más que tiempo (horas) y ocio.

Una canción pop que codifica un tiempo y una forma de estar, ser, sentir, querer, desear, consumir y dejar rastro. Una banda sonora alegre, liviana, que no vemos ni tocamos porque configura una época entera.

También una escenografía de los 90’. Casi siempre bajo el gobierno de Clinton, seis solteros y solteras de la Generación X viven, trabajan, se enamoran, tienen la cantidad de sexo aceptable para la TV de la época, toman café, viven frustraciones de dramatismo mesurado y finalmente alcanzan los objetivos predeterminados: casarse, tener hijos, ascender en el trabajo, mudarse a los suburbios.

Hay poco lugar para la diversidad, pero está: la mujer de Ross lo deja por otra mujer, Chandler sufre su relación con su padre biológico que hoy es una mujer trans, Phoebe ofrece su vientre a su hermano, con quien no se crió, para que pueda tener trillizos con su pareja, que le dobla la edad. Y eso es todo.

Friends no traiciona al público porque no promete de más.

Cuando una fan (real o actriz, a quien le importa) le pregunta a David Schwimmer qué es lo que más odió de la serie, dice lo único que podía decir: tener que trabajar con un mono (el personaje de Marcel). Ni la negociación de contratos, ni la posibilidad de no salir nunca del encasillamiento, ni las jornadas infinitas de grabación. En Friends no hay conflicto, celos o viejas rencillas.

(Ah, la tensión sexual sin sexo ni reproches ni resentimientos entre Aniston y Schiwimmer podría ser un capítulo aparte. Agradecemos el favor de la revelación o del cuento bien documentado con imágenes, pero no es necesario. Ross y Rachel simbolizan algo más grande que cualquier simpatía breve o perdurable entre actores de carne y hueso).

Hay tres chicos y tres chicas heterosexuales, flacos, occidentales, portadores de belleza hegemónica y firme. Quiero trazar paralelismos: son los Hawke y Delpy antes mencionados, los Brad Pitt y John Cusack; las Julia Roberts y Winona Ryder de la TV. Friends es canon, regla y relato. Reina la cercanía, lo verosímil y la bondad que ofrece la obsesión de Mónica, la entrega de Ross, la locura de Phoebe y la inseguridad de Chandler. El cuento funciona porque el cuento es la cáscara, la mampostería que recorren al reencontrarse en este 2021 distópico, las paredes púrpuras y el cuadro que rodea la mirilla.

En un paralelismo de la primera temporada, se repite un recurso. En el capítulo del nacimiento de Ben (el 3, “The one with the birth”) y también el de la muerte de la abuela de Mónica y Ross (el 8, “The one where nana dies twice”), la cámara los toma desde abajo. Sus caras brillantes y suaves podían darse ese lujo, bajo los rigores del show cotidiano. Ellos con los ojos sobre la cuna y la tumba de otros. Y nosotros, como espectadores privilegiados y mundanos al mismo tiempo, los vemos a ellos mirar el principio y el fin absolutos, en pleno comienzo de todo.

Eso fue Friends: mi propia narración, mi banda sonora, mi recreo, mi cuadro sinóptico de amor y amistad. Mi forma de mirar y de apropiarme del mundo.

¿Qué estamos despidiendo?

Firmo el contrato. Estoy dispuesta a la extorsión, el llanto, el recuerdo, los golpes bajos y la mirada perdida de Chandler. Asistimos, todos, sin pedir mucho, a cierto rito, a un tipo de funeral televisado, con los tipos más divertidos, lindos y carismáticos del planeta. Las reglas del espectáculo, cuando inspeccionan el “detrás de escena” usan looks casuales. Cuando es momento de celebrar y someterse a la entrevista, se suben a estilos más sobrios y elegantes, de tonos negro, gris, blanco. Traje y blazer. Todo bajo la conducción del inglesísimo James Corden, que le cantó bingo a todos los Jimmy Fallon y las Ellen Degeneres de la TV norteamericana.

¿Qué estamos despidiendo? un montón de cosas, pero no a Friends, porque a Friends lo despedimos hace rato, aquel 2004 en que todos entregaron sus copias de llaves, hicieron mudanzas, tuvieron chicos, se casaron, alcanzaron sus sueños, tomaron café por milésima vez.

Me siento, me paro, me detengo, me congelo. Hay seis actores, de talento suficiente pero no estelar, de belleza suficiente pero terrenal, que tienen el poder de ponerme en pausa. Como si entre aquel canal Sony que brillaba en mi TV de adolescente y esta notebook no hubieran pasado dos décadas.

Ese es el viejo poder de la vieja televisión quizás, que opera sobre mí. El de los 40 o 50 puntos de rating, la publicidad en los cortes, el del cable o, todavía más lejos, el de los capítulos doblados al castellano neutro. Seis tipos fabulosos en cuyas caras cincuentonas yo solo puedo adivinar sus gestos veinteañeros.

Somos la generación que abrazó la nostalgia muy rápido. Quizá la pandemia tenga algo que ver. Todo este tiempo de quietud, de introspección y de consumo administrado por plataformas. El ahora se detuvo y nos quedó un ayer muy amplio y muy poco masticado.

Dark o Stranger Things antes: nos viene bien el suspenso alemán complejo o la maquinaria nostálgica en clave de Elige tu propia aventura. Nos viene todo bien porque este presente nos cuesta. Somos la Generación X tardía o la Millennial temprana en el sur del planeta. La que vio en la misma pantalla la invasión a Irak y la sucesión de seis presidentes, la que no nació con Internet pero si con inflación, la que se hundió en recitales y pogos y hoy debe militar, defender y proteger el encierro y la distancia.

No nos queda otra salida que este abrazo repentino y apretado a la nostalgia. Que nos juzguen los que vengan. No alcanzan los meses para soportar o narrar. A nosotros se nos murieron en pocos meses las grandes celebridades, los pesados nombres propios, los gigantes significantes.

El adiós a Maradona (absoluto e inconcebible, tan asquerosamente real que pasó rápido, como un trámite horrible). La muerte de Menem y con él toda la década en la que o fuimos pobres o viajamos a Disney. La repentina muerte, también, de Mauro Viale, como si fuera el turno también de despedir al espejo, la pantalla de todo ese tiempo.

Tocó asumir demasiados finales, en un tiempo demasiado extraño y poco afecto a los adioses formales. El ídolo o la concepción del amor y el pueblo. El liderazgo peronista que nos tocó en suerte en la infancia. La televisión chocante, amarilla y chorreante que nos educó mientras comíamos. Las tres m. Maradona, Menem, Mauro.

James Michael Tyler (Gunther) saluda desde un zoom desangelado, con merchandising incluido. Tom Selleck (Richard, el gran amor de Mónica), todo un pedazo de la televisión de los ’70 y ’80, regala un minuto extra para hacer una pregunta muy obvia en la remake de aquella trivia legendaria. A Elliott Gould y Christina Pickles (Jack y Judy Geller) les reservan un asiento muy lejano en el auditorio, para decir las palabras que queríamos escuchar: sentían un afecto realmente paternal hacia estos pibes a los que la fama los abrazó con toda su generosidad cuando algunos aún no arañaban los 30. Lady Gaga se saca el gusto de reversionar “Smelly cat”, el señor Heckles vuelve de la muerte para un saludo muy breve a la distancia, con su clásica bata.

Breve, cumplidor, y suficiente. Eficiente. La distancia y el barbijo gobiernan todos los homenajes, excepto para los seis que realmente nos importan. Acaso lo mejor de este especial de menos de dos horas sea justamente eso, dejar que seis tipos que se leyeron los ojos y las risas durante mucho tiempo hagan exactamente eso. Repitan la ceremonia, las palabras, la cadencia de sus voces.

Despedimos formalmente nuestra vieja forma de ver televisión y de hacer cultura, porque nuestra cultura giró en torno a esa televisión antigua. La de los episodios, los estrenos, la del consumo lento, la de las historias largas, larguísimas. La rutina sin comentarios por fuera de la esfera y el imperio del espectáculo. Friends fue tapa de la Rolling Stone, pero se acabó antes de que naciera Twitter. Hay dos placas tectónicas que no se rozan.

Siempre nos quedará Montauk

Vuelvo a 2004. Pivoteo en este camino raro que es el tiempo. Ese año también se estrenó otra gran película, “Eterno Resplandor De Una Mente Sin Recuerdos” (“Eternal Sunshine of the Spotless Mind”). Tan importante y fundamental que no es extraño sentirnos alcanzados e intervenidos por su filosofía (el tiempo no es lineal, vaya si nos lo explicaron Kaufman – Gondry).

Joel y Clementine (Jim Carrey y Kate Winslet) se tienen que borrar literalmente de sus cabezas para poder superar su separación. Y seguimos el progreso de la operación sin bisturí como si estuviéramos vigilando la desfragmentación de un disco duro. Se van escapando las horas en la cama, las tardes en la espesa blancura de una playa nevada, las peleas en un bosque. Clementine muta de color de pelo, Joel desespera, la ve diluirse entre sus brazos, se arrepiente, busca rincones de represión y humillación para cobijar los restos de su Tangerine. Les queda, como un hilito débil, un rincón en Long Island.

Clementine, en el espectro de los recuerdos de Joel, en el fondo de su cabeza, le susurra: encontrame en Montauk. Como una trampa al cerebro, al inconsciente que descifró Freud, al software de Lacuna o el marketing de HBO. Una pequeña grieta a la eficacia del paso del tiempo contra las mil suturas que la piel acepta. Un atajo, un eco extraño, una canción pop que suena bien porque sonó antes y mejor, cuando éramos dueños de cierta felicidad primera y fundacional.

El sonido edulcorado de “I’ll be there’, el baile tonto dentro de una fuente, el vestido de novia irrumpiendo frente a extraños y viejos conocidos, el paraguas de Ross, el café permanente, el sillón exclusivo en el Central Perk. Sin celulares ni pandemia, un rulo en el tiempo al que amarrarse, en medio de un paisaje solitario y desnudo, lejos de Manhattan.