La cuestión del puerto · Capítulo 1

Sábado 26 de junio del 2021

Escribe: Gastón Garriga

Ilustra: Rodolfo Parisi

Curaduría: Daniel Roncoroni

Publicada originalmente en lacuestiondelpuerto.com.ar

Sinopsis

Apenas las Provincias Unidas del Río de La Plata rompieron con la tutela española, emergió allí una disputa que signaría sus primeros dos siglos y medio: unitarios y federales. Tras una tregua de más de cien años, la cosas volvieron a torcerse con la constitución de 1994, se agravaron al inicio de la pandemia global de coronavirus y estallaron con la secesión armada de 2023. Sin embargo, la estrategia unitaria partía de una lectura equivocada del escenario internacional y la debilidad relativa de la ciudad estado frente a la vecina Argentina se hizo pronto evidente.

Capítulo 1

Comando Celestial

 

“A la democracia caótica, la sustituía un liberalismo claudicante,

desenfrenadamente capitalista y antidemocrático.

A la formación cívica prefirióse la exclusión sistemática del ciudadano,

la desestimación de todo concurso popular en el gobierno y el llamado inmediato,

apremiante y sin condiciones, al capital (al capital que no venía de tierra adentro) como único y exclusivo factor de progreso político. El país pagaría largamente las consecuencias”.

(“Rosas, visto por sus contemporáneos”. José Luis Busaniche)

Se habían visto varias veces, pero nunca ahí. Era un lugar maravilloso. Realmente no daban ganas de irse. Desde atrás de la casa, señorial, sobria, le llegaban algunas risas y el olor de las carnes sobre las brasas. La ambrosía de los dioses, pensó. Supuso que se trataba de un casco de estancia de principios del siglo dieciocho… en su apogeo, en pleno siglo dieciocho.

Era un parque prolijo pero sin excesos, repleto de ceibos y Nomeolvides florecidos. Le pareció que alguna flor blanca, un jazmín por ejemplo, hubiera quedado mejor con los Nomeolvides celestes que los ceibos rojos. Intuyó que la combinación era obra de Francisco. Su padre le había contado que al cuervo le daba por la jardinería.

Consideró que la invitación era una señal importante. Los viejos debían estar contentos con él, con lo que hacía y esta era la forma de reconocérselo.

Apareció su padre, sonriente, despeinado. Se abrazaron.

-Acá los compañeros del comando estamos todos de acuerdo en que el momento para resolver la cuestión del puerto es ahora. En algún otro momento nos sentaremos tranquilos a hablar de política, a ajustar detalles, pero andá pensando en eso. Tiene que ser rápido, incruento y cuidando cada detalle. La historia…

-¿Por qué en otro momento? ¿No me vas a invitar a pasar?

 

Antes de contestarle, su padre lo recorrió con la mirada, como si todavía le costara creer que ese hombre, un hombre de estado, uno de los líderes de la región, era su pibe.

-No. No da. Hay una regla no escrita. Acompañamos, aconsejamos. Conducimos a veces, pero no confraternizamos.

Su padre percibió que la explicación era insuficiente y agregó:

-Hay que respetar ciertas distancias. El día que vivas acá, nos comemos veinte asados, te sentás a escuchar las anécdotas de cuando Jaureche se cagaba a tiros con los conservas, los chistes de Saúl, lo que quieras.

 

Máximo asintió con la cabeza. Había un dejo de desilusión en sus ojos.

-Es muy jodón Saúl. Es un cago de risa, a veces se zarpa. Sólo al Viejo lo respeta.

-Bueno, me alegro de verte bien. Me pongo a laburar en el tema del puerto.
-Dale.
Había hecho ya algunos pasos en dirección a la tranquera cuando oyó el grito de su padre.
-Pará, hijo, pará. Hay algo más.
-¿Qué?
-El Restaurador te quiere matar. Está caliente como una pipa. Como una salamandra.
-¿Conmigo?
-Claro, boludo. ¿Con quién va a ser?
-Si hice lo que me pidió.

Su padre inhaló profundamente. Luego le puso la mano sobre el hombro y caminó con él. Le recordó el pedido del Restaurador en su encuentro anterior.

-Las palabras pesan. Que ellos le pongan a sus parques, calles y distritos las fechas de sus victorias hay que bancárselo. Pero que nosotros no lo cambiemos es inexplicable. Sacale “Tres de febrero”, pibe.
-Y lo hice, siguiendo nuestra tradición. Scalabrini por Canning, Avenida del Justicialismo por Rivadavia.
-Lo hiciste a medias. Las palabras pesan. Te lo dijo como cinco veces. Y vos vas y le sacás “Tres de febrero”, bien, pero le ponés ”La Refalosa”, ¿cómo carajo se te ocurrió? ¿en qué mierda pensabas?
-…
-No me digas nada. Fue idea del Chueco Larroca.
-¿Se nota mucho?
-Estas cosas hay que hablarlas con Waldo. Los dos son buenos pibes, grandes compañeros, pero en este momento te sirve más la sensatez de Waldo que el ímpetu del Chueco… Acordate del Padrino: hay consiglieris de paz y consiglieris de guerra. Y nosotros ya ganamos… Acá te dejo, porque a mi el asado me gusta jugoso.
-Quiero hablar con él.
-¿Con quién?
-Con Rosas.
-Ni se te ocurra. Arreglá el moco ese y después nos sentamos los tres.

Cuando su padre se alejó lo suficiente, Máximo se metió entre los arbustos, buscando un camino hacia el fondo, hacia la mesa principal, sin pasar por la casa y sus miradas indiscretas. Observaba la escena desde cierta distancia, pensando en cómo abordar al Restaurador. Saúl señaló con el índice en dirección a donde él se escondía. El Restaurador siguió el dedo de Saúl hasta descubrirlo. Luego le habló despectivamente.
-Rajá, turrito. Rajá.
Se alejó a toda marcha, dejando atrás unas carcajadas burlonas.
Máximo se sobresaltó y abrió los ojos. Estaba en su cama. No en su casa, sino en la habitación que ocupaba en la quinta presidencial, cada vez que iba a Viedma a reunirse con Sergio.


Un empleado le acercó un termo y un mate labrado, con el escudo argentino de un lado y el justicialista del otro y abrió las cortinas. Amanecía.
-Buen día, compañero.
-Buen día, compañero-, respondió Máximo. -¿Sixto, verdad?
-Si, Sixto. Qué honor que se acuerde mi nombre.
-Decime Sixto. ¿A cuántas personas respondés vos?
-No entiendo.
-¿Quién te conduce?
-Usted, el presidente y el director de esta casa.
-Vos sos personal de cocina y tenés todo claro. Yo fui presidente de este país, soy presidente del partido político más importante del continente y cada vez que quiero dormir un rato, se me aparece un viejo distinto a conducirme. Me dan órdenes, contra órdenes, me quieren volver loco.
Sixto sonrió tímidamente. No sabía qué decir.

El día que vivas acá, nos comemos veinte asados