La cuestión del puerto · Capítulo 3

Domingo 4 de julio del 2021

Escribe: Gastón Garriga

Ilustra: Rodolfo Parisi

Curaduría: Daniel Roncoroni

Publicada originalmente en lacuestiondelpuerto.com.ar

Capítulo 3

Juguetes

Si mi vieja era tan pobre
Le faltaba siempre un cobre para comprarnos el pan
Y hoy que puedo que la suerte me sonríe
Yo no quiero que haya un pibe que no tenga ni un juguete pa’ jugar. Tango “El Bazar de
los Juguetes”.

Letra de Reinaldo Yiso – Música de Roberto Rufino

-Todavía falta un rato para la reunión de Unasur. Acompañame arriba. Quiero mostrarte algo-, dijo Sergio.

“Arriba” era la terraza del palacio, el edificio más alto de la nueva Argentina. Había torres más altas en la ciudad pantano, de la época en que se construía para lavar guita, pero estaban clausuradas por falta de mantenimiento y riesgo de derrumbe.

Subieron por la escalera, saltando de a dos peldaños. Aceleraron un poco, otro poco y sin darse cuenta ya estaban en carrera, compitiendo de nuevo. Sergio llegó antes, por media cabeza. Respiraban un poco más ruidosamente, pero no se les había acelerado el pulso y ni siquiera habían transpirado.

Ese era otro de los beneficios de la nueva Unasur. La salud de los hombres y mujeres de estado del continente estaba a cargo de los cubanos. Los médicos, claro, pero también los cocineros, los guardaespaldas y los entrenadores. No volverían a descuidar ese asunto, que se había revelado demasiado importante, como habían hecho los líderes de principio de siglo.

Sergio, por ejemplo, trabajaba una hora diaria, de lunes a domingo, con un viejo campeón olímpico de boxeo que lo había rejuvenecido quince años. No sólo él lo decía: los resultados del laboratorio cada trimestre eran contundentes.


Erislandy, el cubano, sería el objeto de la próxima disputa entre ellos. ¿A quién entrenaría a partir del diez de diciembre? ¿Acompañaría al presidente saliente o quedaría como planta permanente de la casa de gobierno? Afortunadamente, habían aprendido a medírsela en cuestiones menores -casi jugaban a medírsela- y a cooperar en los asuntos de alta política.

Salieron a la azotea. Máximo, acalorado por el trote, se abrió el cierre de la campera. Sergio sintió que el aire helado de la primera mañana de junio, ahí arriba, casi le cortaba la cara. Señaló hacia la zona del helipuerto. Detrás del Airbus C160 de Presidencia, asomaba otro bulto, que Máximo no terminaba de identificar. Caminaron juntos hacia allí. Al Airbus le había salido un clon. Un gemelo.

-¿Y esto?
-Lo necesitamos.
-¿Pero de dónde salió?
-Mercado Libre. Era de una monarquía, no me acuerdo cual. Estaban ahorcados. Querían carne, se lo saqué por canje. Hicimos buen negocio. Ya lo revisamos y está impecable.

Subieron y se acomodaron en los sillones. Sergio explicó que, según el parte de Bolivia, el desarrollo de un helicóptero eléctrico podría tomar algunos años más. Y no era justo que, mientras el presidente de la nación se desplazaba tranquilo en su Airbus, el líder del movimiento nacional, que era su garantía política, tuviera que manejarse con autos eléctricos de sesenta kilómetros por hora, cuotas de nafta o trenes de larga distancia. Máximo sonrió.

-Está bien pensado. Pero yo en seis meses vuelvo al sillón de Rosas. Al que le va a venir realmente bien el bicho este es a mi sucesor.
Sergio lo observó, midiendo la carga de ironía de la respuesta.
-Hay que plotearlo-, dijo Máximo, y con esa frase terminó de aprobar la iniciativa. -¿Hablaste con alguien?
-No. Quería que lo vieras vos primero.
-Le voy a decir a Santoro.
-Pero… Dejémoslo tranquilo. ¿Cuando fue su fiesta de ochenta, el año pasado o el anterior?
-Si Daniel sigue vivo es porque pinta, crea, diseña. El laburo lo rejuvenece. Va a estar encantado de hacerlo.

Bajaron a la reunión de Unasur, como buenos anfitriones. Esta vez, sin correr.

Daniel Santoro.
Daniel Santoro.