La cuestión del puerto – Capítulo 4

Martes 6 de julio del 2021

Escribe: Gastón Garriga

Ilustra: Rodolfo Parisi

Curaduría: Daniel Roncoroni

Publicada originalmente en lacuestiondelpuerto.com.ar

Capítulo 4

Unasur

Quien fracasa en la sociedad neoliberal del rendimiento se hace a sí mismo responsable
y se avergüenza, en lugar de poner en duda a la sociedad o al sistema. En esto consiste
la especial inteligencia del régimen neoliberal. No deja que surja resistencia alguna contra
el sistema.

“Psicopolítica” de Byung Chul Han

Los representantes se ubicaron en los amplios y confortables sillones alrededor de la mesa de caldén. A sus espaldas, a través de los cristales de piso a techo, se veía de un lado el desierto y del otro la ciudad y el río Colorado, que fluía ancho y caudaloso, desde que la intervención federal a Mendoza lo había devuelto a su curso original, junto con el Atuel.
Sergio les dio la bienvenida y subió al despacho presidencial. Hacía años que habían abandonado el protocolo, las fotos, las boludeces.

Los uruguayos se habían excusado, por motivos obvios. La “pequeña Suiza”, fiel a su tradición, hacía equilibrio y se esforzaba por sobreactuar autonomía respecto de Argentina. La reunificación de la Gran Colombia los había puesto a la defensiva.

Sólo Chile se había ausentado sin aviso. Máximo no se sorprendió. Seguían calientes por lo de la salida al mar de Bolivia. Justo el boliviano, chiquito, campera de cuero, pelo mojado, se metía unas hojas de coca entre las muelas y hacía circular la bolsa. Máximo agradeció y se llevó un puñado a la boca. Le había tomado el gusto a ese yuyo, que le daba menos acidez que el mate.

Máximo
Máximo

Ya se les iba a pasar a los chilenos, había que esperar otro poco. Pero la jugada había sido brillante y, si este desplante internacional era el precio, lo volvía a pagar mil veces. Les habían dado una lección de inteligencia, geopolítica y solidaridad.

Ambos cancilleres, mediante acuerdo bilateral, largamente trabajado por Unasur, con Argentina y Brasil como veedores, habían aceptado dirimir la soberanía de los territorios en disputa con un partido único, a puertas cerradas, en cancha neutral, con alargue y penales, si fuera necesario. Se suele decir que el estafador especula con la codicia del estafado y algo de eso hubo. El historial favorecía claramente a Chile y reinaba en la tierra de O’Higgins cierto aire triunfalista.

Cuando se anunciaron las formaciones, medio equipo de Bolivia era desconocido. El arquero y los dos puntas, brasileños; los centrales y el enganche, argentinos. Todos habían sido meticulosamente elegidos diez años antes, por sus condiciones, trasladados a La Paz, nacionalizados y entrenados de acuerdo a un plan de trabajo específico. Había sido una operación tan reservada que no tenía ni nombre.

Al salir los equipos salieron a la cancha, los relatores chilenos pensaron, por sus rasgos, que eran cambas, de Santa Cruz de la Sierra. Pero a los diez, quince minutos de juego, empezaron a sospechar. Los centrales anticipaban siempre y salían tocando, el enganche jugaba sin presión y habilitaba a los delanteros, uno chiquito rápido por afuera y otro grandote, con potencia e instinto en el área. El arquero “boliviano” no llegó a tocarla: Chile no pisó el área rival.

La situación se mantuvo tensa pero controlada hasta el festejo del 4 a 0. Cuando los brasileños sambaron, los chilenos entendieron y se sacaron. Primero hubo empujones, después piñas, de a dos, de a cuatro y finalmente todos contra todos. Una cámara captó cuando un “boliviano” estrangulaba a un chileno y le decía, “acá no hay ingleses para defenderte”.

El juez dio por terminado el partido aunque faltaban veinte minutos y Bolivia recuperó su salida al mar. Hubo amenazas de protestas internacionales, pero no había ante quién hacerlo. La corte de La Haya llevaba diez años inactiva. En el fondo, pensaba Máximo, los chilenos agradecían que alguien resolviera por ellos ese viejo desaguisado. No se podía entrar a la patria grande, la nueva Unasur, con esa clase de cuenta pendientes.

A Máximo no le preocupaba Chile, sabía que era una rabieta y que su destino histórico era el de la región, ahora más que nunca. No estaba tan claro el papel de la Banda Oriental. Era el primer destino de los unitarios que abandonaban la ciudad pantano y era su principal proveedor de alimentos.

Con la pandemia, habían colapsado primero el turismo y luego las finanzas. La Banda Oriental debía repensarse, como proponía el Movimiento Artiguista o venderse a otra potencia -algo difícil de encontrar hoy-, según la receta de la Alianza Rosa. El problema con el paisito era que su comportamiento electoral era impredecible. Les gustaba la alternancia y se habían pasado así el último medio siglo; cinco años para acá, cinco años para allá.

Bolivia era un socio serio y confiable: de pocas palabras pero grandes gestos y decisiones, sus gobiernos expresaban el alma quichua y aymará. La reunificación del Alto Perú avanzaba muy lentamente, sobre todo porque la elite de Lima seguía aferrada al pasado, pero ellos no perdían la paciencia. La defensa de su litio era la hipótesis de conflicto número uno del bloque.

El Brasil de Guilherme Boulos era uno de los pilares de la construcción regional: grande, industrial, había conservado, a pesar de los largos años de pandemia, un mercado interno de cien millones de personas, sólo un poco menos de los que habían sobrevivido en toda Europa occidental.
La Gran Colombia Bolivariana, -la fusión de Colombia, Ecuador y Venezuela- era el otro. Ninguno de los estados había avanzado sobre la soberanía de sus vecinos, a pesar de los históricos recelos con Venezuela, sino que habían adoptado un formato de federación de repúblicas. Ahí estaba su presidenta, la comandante Camila Candela, una presencia imponente, con su tez aceitunada, sus rasgos con reminiscencias africanas y sus inquietantes ojos verdes.

Camila Candela
Camila Candela

Estaban tan cerca de Cuba que se habían bebido toda la poción revolucionaria disponible, que no era poca. Su clima tropical había salvado muchas vidas, gracias al programa de residencia temporaria para pacientes de riesgo, provenientes de los países más australes.
Cuba despertaba siempre una mezcla de respeto y admiración.

-La revolución más antigua.
-No-, corregía Máximo, inalterable. -La única ininterrumpida. La de ellos es de 1959 y la nuestra de 1943.

El principal aporte argentino al gran proyecto continental no era la pampa, ni los alimentos ni los minerales. Era el peronismo y su larga y rica historia, en la que los vecinos abrevaban en busca de inspiración y sabiduría. En ese aspecto, Máximo solía pensar en el país como el hermano mayor del resto del continente.

El nuevo mapa se parecía cada vez más al de los virreinatos, menos fronteras, unidades político administrativas más grandes y potentes. Máximo reconocía de alguna manera el acierto de la vieja España, que había respetado ciertas continuidades culturales y demográficas. Estaba convencido de que ese camino era inevitable.

En un mundo resignado al Covid, al efecto siempre parcial y provisorio de las vacunas, sólo importaban dos cosas: los alimentos y el conocimiento científico. Con esta nueva configuración, la región era la más rica del planeta. Quedaban algunos focos de desigualdad, pero estaban resueltos a terminarlos. El orden del día incluía una puesta en común de los avances del proyecto “Migrante” y un análisis de la situación política y sanitaria del mundo, continente por continente.
Estados Unidos se había dividido en tres franjas verticales, una republicana en el centro y dos demócratas en las costas, pero el conflicto no terminaba nunca, porque más del noventa por ciento de la población civil estaba armada y nadie quería desarmar a sus civiles primero. El país implosionaba en cuotas. Tanto, que Canadá y México cooperaban en la construcción de sus respectivos muros, para detener la inmigración ilegal.

La vieja Unión Europea, sostenida más por los acuerdos fiscales de Maastricht y los grandes bancos que por la política, se había desintegrado como un tigre de papel. Su población, la más envejecida del globo, terminó literalmente diezmada. Ahora, la llamada “última generación Erasmus”, de líderes cosmopolitas, trataba de construir una integración de las sociedades civiles, a partir de tres o cuatro puntos de consenso, como el impuesto a los más ricos y la regulación de los mercados financieros, pero les costaba mucho conseguir vacunas cada invierno.

América Latina apoyaba a los laboristas británicos y a los neogaullistas franceses, pero los veía jaqueados. Por derecha por el lobby de las corporaciones malheridas que se resistían a morir. Por izquierda, por el troskoecologismo y el troskofeminismo, que iban por todo y no se conformaban con menos.

China y Rusia eran regiones de paz, consolidadas desde hacía varios años, con diplomacias profesionales y proyectos estratégicos. La obra de Duguin, el filósofo y estratega del siglo pasado, jefe de asesores del entonces presidente Putin, había contribuido mucho en ese aspecto. Máximo lo releía con frecuencia y jugaba a encontrar entrelíneas los conceptos del Viejo: Duguin se reconocía tributario de Perón.

Juan Domingo Perón
Juan Domingo Perón

Los líderes del sur no eran ingenuos respecto de esos gestos de amistad, pero a su vez entendían que el nuevo orden necesitaría una nueva moneda y el yuan tenía todos los boletos.

Con sus costillares de novillo, autos eléctricos y vacunas cubanas, la Unión Latinoamericana estaba en condiciones de impulsar el comercio exterior. Pero la exportación importante era otra, abstracta, atada a todos esos bienes transables: el modelo justicialista o, como le pedían siempre sus asesores que simplificara, el amor y la igualdad.

Recordó su sueño una vez más. ¿Era posible llevar al mundo el amor y la igualdad, mientras convivían con un grano en el otro? ¿Tenía sentido? No. En eso tenían razón los viejos. Había que encarar el asunto cuanto antes. La cuestión del puerto y los unitarios.