Antídoto ruso en mis venas

Martes 13 de julio del 2021

Escribe: Bernardita Castearena

«Viste, tendría que dedicarme a jugar al Quini», dice Nicolás Kreplak, Viceministro de Salud de la Provincia de Buenos Aires. Cinco minutos antes le envié por Instagram una foto de mi primera dosis. En noviembre de 2020, antes de que el primer lote de Sputnik pisara suelo argentino, Kreplak afirmó que la provincia iba a llegar a junio con toda la población de riesgo vacunada. Y cumplió.

En las ciudades chicas empieza a ocurrir lo que hace un año era impensado: todas las personas que te  rodean tienen al menos una dosis de la vacuna, y la incertidumbre de hace unos días -cuando las nuevas variantes se presentaban como una gran amenaza para gente cada vez más joven- cambió por la alegría de la llegada de cada turno. No miento, debo tener al menos 15 capturas de pantalla que dicen lo mismo: ¡Hola, Fulanito! Primera dosis – pendiente. Eso hace que los lugares de trabajo, que antes eran una amenaza, poco a poco se vayan convirtiendo en espacios seguros, y la inmunidad de rebaño parezca estar cada vez más cerca.

Son las doce en punto de un miércoles lluvioso de julio. Hace días que fantaseo con este momento: hacer la fila para entrar al vacunatorio, ver las caras de los trabajadores, la ansiedad de las personas que esperaron su turno y toda la ceremonia que escuché una y otra vez durante meses. Salvo por la excepción de aquellos que tienen acceso libre, ninguna de las personas que está en la fila supera los 30: hace dos semanas que en Nueve de Julio –una ciudad de 50.000 habitantes ubicada a 260 km de Capital Federal- empezaron a llegar los turnos para completar la última etapa de primeras dosis, que alcanza a personas de entre 18 y 29 años sin ninguna co-morbilidad. De un total de 33.000 inscriptos, más de 30.000 cuentan con sus primeras dósis y aproximadamente 8400 están completamente vacunados.

Nueve de Julio superó los 21.800 vacunados

La vacunación fue, literalmente, el trámite más rápido que me tocó hacer en los últimos meses, porque todo está pensado y preparado para que nadie tenga que demorarse más de 15 minutos. El primer paso es mostrar el documento para que lo comparen con la lista de turnos. Una vez hecha la preinscripción, hay que dirigirse a unas mesitas que funcionan como triage, donde te hacen preguntas relacionadas a posibles síntomas y contactos estrechos. En un abrir y cerrar de ojos, tenés la jeringa clavada en el brazo y el comprobante rosa y celeste listo para retirar. No hubo tiempo para todas las preguntas que pensaba hacer, pero logré sacar una foto para inmortalizar el momento.

El 20 de diciembre de 2020 se anunciaba la apertura de inscripción para recibir la vacuna contra el COVID. No quedó un familiar sin anotar: abuelas, tíos, padrinos, padres, todos registrados en una aplicación que no debe saber cuál es el nombre de la dueña del teléfono que todos los días inicia sesión con un usuario nuevo.

El entusiasmo por pensar a mi familia protegida fue tanto que me olvidé de anotarme los primeros días de inscripción. Convencida yo, di por hecho que estaba registrada y no fue hasta hace veinte días que me di cuenta de que mi nombre no aparecía en ningún. Esa demora hizo que me llegara el turno una semana después que al resto de mis amigos.

¡Vacunate!

Fue la tardanza a la hora de anotarme, lo que hizo que llegara justo en el turno en el que empezaban a dar Sputnik después de tres semanas consecutivas de AstraZeneca. No se trata de eficacia: confío en cualquiera de las vacunas que estén disponibles, pero la rusa tiene ese no sé qué, más relacionado con la mística que con la inmunidad. Fue la primera vacuna demonizada y la que defendí en cada cena en la que trataban como desquiciada a cualquier persona que se hubiese anotado para recibirla.

«No hay nada que agradecer, las vacunas son un derecho», responde un ejército de trolls cada vez que un integrante del gobierno bonaerense tuitea algo relacionado a la vacunación. Sí, en este contexto las vacunas son un derecho humano, pero nada es lo que debería ser en un mundo que se divide entre los países que tienen 70% de la población vacunada y los que todavía no pudieron aplicar ni una sola dosis.

Estamos de acuerdo: la vacuna es un derecho; pero gestionar los acuerdos y la llegada masiva de dosis para garantizar un acceso equitativo y proteger a la población, es una decisión política.