La cuestión del puerto · Capítulo 6

Domingo 11 de Julio del 2021

Escribe: Gastón Garriga

Ilustra: Rodolfo Parisi

Curaduría: Daniel Roncoroni

Publicada originalmente en lacuestiondelpuerto.com.ar

Capítulo 6

Aviso de reunión

“El que no lee, a los 70 años habrá vivido solo una vida.

Quien lee habrá vivido 5.000 años.

La lectura es una inmortalidad hacia atrás”

Umberto Eco

Al cruzar la vía sintió la potencia del viento helado, encajonado entre los dos terraplenes. Instintivamente, se subió el cuello del abrigo y  se metió las manos enguantadas en los bolsillos. No le disgustaba el frío, para nada. Pero era junio. Un mes históricamente gorila. Tocó la estampita de Antonio Cafiero, que residía en el fondo de su bolsillo. La sacó con su mano enguantada y él le sonrió, como siempre, impecable como un dandy, las canas bien peinadas.

Al subir el segundo terraplén, el viento dejó de molestarlo y se convirtió en un silbido, cada vez más distante. Pudo observar un paisaje bastante más alentador: talleres y pequeñas industrias, reabiertos en los últimos tres o cuatro años, sin prisa pero sin pausa. Le recordaron la laboriosidad de los suyos, la alegría de trabajar y llevar el pan a la mesa, que se reflejaba en los rostros de los que descargaban los camiones en los playones, o de los que iban a la rotisería al mediodía, con la ropa Grafa de trabajo asomando bajo las protecciones.

Había químicas, plásticas y textiles, pero sobre todo metalúrgicas, la mayoría de menos de cincuenta empleados. Habían brotado, como hongos después de la tormenta, cuando se estabilizó la situación epidemiológica y Argentina, como casi toda la región, salió más entera que el resto del planeta. El fin del comercio internacional había generado, además de la ola de pánico, unas cuántas oportunidades de sustitución de importaciones.

Florida Oeste cerraba su parábola: desde su nacimiento, como suburbio fabril a mediados del siglo pasado, había mutado a barrio residencial durante el auge neoliberal y desindustrializador, pero había recuperado su destino industrial a partir del 2033. Consideraba esas pocas cuadras que lo separaban de su lugar de destino como una extensión de su casa, casi como su propio patio, y a la vez disfrutaba descubrir los cambios en cada recorrido.

Oyó un ladrido. Sonrió. Que vuelva a haber perros, pensó, es muy positivo. El tercer año de pandemia -o el cuarto, ya no recordaba-, los perros habían sido el mayor vector de contagio. Los que no morían por la peste eran preventivamente sacrificados. Los perros medianos y grandes se la bancaban mejor. Pero los perros ratas de departamento caían como moscas. Cuanto más puros, más de raza, caros y con papeles, más frágiles. El hecho encerraba una lección de biología y de política. La endogamia primero te hace boludo y después te mata.

Había sido toda una discusión, que casi genera un cisma. “No festejamos la muerte, no somos como ellos”, dijo entonces a los gritos el Responsable de la Regional, en una reunión multitudinaria, pero se le escapó una risa. El video se viralizó en minutos. Casi lo destituyen. Se resolvió albertirlo: aplicarle una sanción menor, simbólica, como camino intermedio, y muchos sermones para que no volviera a ocurrir.

Se detuvo frente al portón, y buscó con la mirada hasta encontrar un bolsón de canto rodado. Tomó una piedrita y golpeó rítmicamente. Suave, suave, suave, fuerte: la V. Suave, fuerte, fuerte, suave: P. Muchos habían distendido las medidas de seguridad en este tramo que -ahora sí, finalmente- parecía ser el último del largo conflicto, pero no ellos.

Estaban demasiado cerca de la General Paz para relajarse y no podían olvidar lo que había significado históricamente San Isidro. Cada tanto, aunque la frecuencia era cada vez menor, todavía detectaban algún topo porteño.

El Negro tardaba en abrir. Se lo imaginó, del otro lado del portón, pidiendo a los chicos que no se distrajeran de sus tareas y preparándose para enfrentar la peligrosa atmósfera exterior.

-Cumpa-, dijo por todo saludo.

-Buen día.

-Decime rápido, no me gusta dejar sola UEC…-.

Oyó un ladrido. Sonrió. Que vuelva a haber perros, pensó, es muy positivo.

La UEC era la Unidad Escolar Complementaria, un recurso que se había implementado con éxito hacía ya una década: lugares amplios, a veces la casita del fondo de una propiedad más grande, a cargo de tipos bien formados, hacían de mini escuelas, con todas las medidas de sanidad y protección, para pibes cuyo hábitat o entorno familiar no les permitía seguir las clases virtuales.

Resolver los problemas de vivienda había resultado bastante más lento y complejo que los alimentarios, porque requería unos stocks financieros que prácticamente habían dejado de existir. Todo se hacía con autoconstrucción y reciclando materiales, a base de barro y paneles solares. Muchos insumos ya eran nacionales, pero persistían cuellos de botella.

Con las UECC se evitaba la estigmatización, pero el principal objetivo de esa política pública no figuraba en los considerandos del boletín oficial. Era poner a esos pibes a salvo del asco que les prodigaban algunas maestras y unas cuántas directoras. Un asco histórico, al que ahora se sumaba el resentimiento por haber quedado “del lado equivocado”, del conflicto y de la General Paz. Gracias a las UEC, se puenteaba el último residuo gorila del sistema educativo.

Había, además, una pequeña victoria íntima. Las netbooks de Conectar Igualdad, que tenían en promedio un cuarto de siglo, daban menos problemas que los Ipads y las Mac, porque los chinos habían liberado las patentes de sus componentes y ahora los repuestos se hacían acá. Cuando una Mac se rompía, se convertía en basura electrónica.

-Dale, boludo.

-Disculpame. Hay reunión en el comando norte a las 18. Te paso a buscar en moto media hora antes.

-Pasame a buscar a gamba dos horas antes y no quemamos nafta al pedo.

-A vos no te sobra el tiempo y a mi tampoco. Dejate de joder.

-¿A la anterior no fuimos en moto?

-No, fuimos a gamba. Además, la nafta que nos dan es justamente para estas cosas.

El Negro lo miró en silencio. Supo que no aprobaba su razonamiento, pero no tenía ganas de discutir.

-¿Qué sabés?

-Con certeza, nada. Especulaciones.

-¿Se rinden?

-Ojalá.

-Aunque se rindan, no les creo nada.

-Yo tampoco.

-Se van a rendir cuatro perejiles. La mesa chica ya debe estar en Uruguay, tomando Chivas y pensando nuevas maldades.