La cuestión del puerto · Capítulo 7

Miércoles 14 de Julio de 2021

Escribe: Gastón Garriga

Ilustra: Rodolfo Parisi

Curaduría: Daniel Roncoroni 

Publicada originalmente en lacuestiondelpuerto.com.ar

Capítulo 7

Historia Contemporánea

“Un aspecto decisivo del poder modernizador fue, pues,

la prolongada guerra que se libró en nombre de la reorganización del espacio.

Lo que estaba en juego en la batalla más importante de esta guerra era el derecho

de controlar el servicio cartográfico”.

“La Globalización”, Zigmunt Bauman

El Negro se sacó las protecciones y las acomodó prolijamente en la cámara sanitizante. De ahí pasó sigilosamente al “aula”, un quincho semicerrado con lonas plásticas transparentes -la combinación justa entre ventilación y comodidad-, con la esperanza de sorprender a sus alumnos. Pero no volaba una mosca. Lo observaron entrar con atención, casi con avidez. Demoró deliberadamente el ritual de preparar el mate, para generar un clima de mayor expectación.

-Compañero, ¿no que hoy toca historia contemporánea?

-Así es-, respondió con energía.

Uno de los primeros decretos presidenciales de Máximo había sido invertir el calendario escolar. Desde entonces, empezaban en septiembre y terminaban en junio, para que el pico de contagios no interfiriera. Y, las últimas semanas de cursada, estudiaban historia reciente. Eran las clases que más le gustaban. También las que más le costaban. A veces se le quebraba la voz.

Era la historia que había protagonizado él, con la Negra, con sus amigos y compañeros, muchos ya caídos, por el coronavirus, que se había vuelto cada año más resistente y agresivo, o por la policía de la ciudad, cuyo comportamiento no podía considerarse racional.

-¿Se acuerdan dónde dejamos la última vez?

-El período de Alberto, los intentos gorilas de romper la unidad, los límites del dialoguismo, la cuestión de los alimentos-, dijo con seguridad el mismo pibe que había preguntado recién. Cada vez le caía mejor: serio, muy maduro para su edad. Tenía que averiguar bien quién era. Pibes como ese valían un esfuerzo extra. Se aclaró la garganta y arrancó.

El período conocido como “Les Fernández” había estado cruzado por fuertes tensiones. La famosa “grieta”, una conceptualización muy pobre, casi ahistórica, de moda en esos años, era política y geográfica a la vez. Como en el siglo diecinueve, la oposición se concentraba en Buenos Aires y en Montevideo.

-La Ciudad Autónoma-, dijo alguien desde el fondo.

-Ese fue el primer error, la autonomía y la constitución del 94-, retrucó el pibe que le llamaba la atención.

-Si, pero no nos dispersemos. Por favor.

Durante ese período, las tensiones se resolvían dentro de la política. Con conflictividad creciente, pero dentro del sistema, pacíficamente, con los mecanismos previstos. Hasta que llegó la elección presidencial. En esa época, nadie creía en las encuestas… en las que salían en los diarios, pero las mesas chicas siempre tenían otros números, más reales, sobre los que tomaban decisiones. Cuando Máximo arrasó en todo el país menos en la ciudad pantano, ni él ni el alcalde de entonces se sorprendieron. Ya tenían planificadas las siguientes jugadas.

El período conocido como “Les Fernández” había estado cruzado por fuertes tensiones. La famosa “grieta”, una conceptualización muy pobre, casi ahistórica, de moda en esos años, era política y geográfica a la vez.

Entre octubre y diciembre, todo se aceleró. La policía de la ciudad recibió por el puerto varios cargamentos de armas de última generación. La inteligencia peronista puso a su jefe en conocimiento de lo que ocurría, casi en tiempo real.

Los mandos de las fuerzas armadas propusieron al nuevo presidente aplastar la sedición en el día. “Entre la sangre y el tiempo, elijo el tiempo”, respondió Máximo y los más viejos se lamentaron, temiendo un error, pero este resultó ser un tiempo distinto. Se lo había dicho a su padre: “No vamos a permitir ni un muerto de la oposición. Viejo, la violencia fue siempre el único programa de ellos y en esa cancha son los mejores”.

-¿En esa época también había diferencias en lo sanitario, no?

-Si. Pero lo sanitario es político y lo político es sanitario. Los primeros años de coronavirus generaron gran confusión, en las sociedades y en los gobiernos. Nadie sabía bien qué pasaba y afloró lo mejor y lo peor de cada uno. Apenas remitió un poco el primer brote, en algunas ciudades la gente salió de joda como si todo hubiera pasado y la naturaleza redobló el castigo. Los negacionistas hablaban de libertad y trataban a los otros de corderos. Eran los aliados perfectos de la peste, que entraba y salía de los países sin pasaporte, jugando con la impaciencia de los que querían recuperar ya mismo su “normalidad”. El gobierno porteño era negacionista: nunca se pudo establecer si para facturarle los muertos a Fernández, por darwinistas o simplemente burros.

Vuelvo a Máximo. Lo que hizo se estudia todavía en las escuelas de gobierno: pegarles en la víscera más sensible. Nacionalizó el comercio exterior, confiscó los campos más grandes que pertenecían a personas jurídicas con domicilio en la vieja capital y amplió los puertos de Zárate, La Plata y Bahía Blanca, aunque casi no había comercio internacional.

Luego, les hizo un ultimátum a las oligarquías provinciales. Si querían abandonar el país, tenían una semana para hacerlo, la línea de bandera les ofrecía vuelos gratuitos.  Si se los descubría conspirando, se los acusaría de traición a la Patria ante un tribunal popular. Hubo algunas escaramuzas en Córdoba y Mendoza, pero duraron poco. Ni siquiera hizo falta movilizar fuerzas federales, todo lo resolvieron los patriotas locales. “Es inmoral alimentar sólo chanchos chinos y no niños argentinos”, dijo, y encaró un plan de transformación agropecuaria.

El mundo estaba en situación de semi autarquía e incertidumbre, pero los porteños no terminaban de comprenderlo. Buscaron apoyo en la internacional conservadora, pero a esa altura era una cáscara vacía. Sus mejores cuadros, tipos de setenta u ochenta años, estaban fuera de combate. Tras la ruptura de relaciones diplomáticas por las vacunas, China había dejado de comprar bonos yanquis y el tesoro había entrado en una espiral alocada de déficit, emisión e inflación. El dólar había dejado de ser moneda global y EEUU, acuciado por problemas domésticos -su propia “grieta”- ya no financiaba a sus aliados.

La ciudad pantano, como habían empezado a llamarla los argentinos, intentó ser un paraíso fiscal, una especie de Bahrein o San Marino. Durante un par de años pareció haber encontrado un destino acorde a sus torres de acero y cristal. Pero las finanzas globales también se habían vuelto demasiado inestables y no había tantos excedentes para colocar. Los grandes jugadores, empezaron a ahorrar en vacunas y a jugar con ellas en los mercados de futuros. Pero cada nueva cepa las dejaba en ridículo y pulverizaba fortunas.

Otro gran negocio global, para los que tenían liquidez, eran los pequeños préstamos de corto plazo, con tasas de ciento cincuenta o doscientos por ciento. Se canalizaban a través de estructuras informales y del crimen organizado, dejando fuera del juego a los bancos de inversión y mesas de dinero. Pero la usura había desatado grandes estallidos de violencia urbana, que luego no había cómo contener. Muchos agentes de policía estaban tan endeudados y agobiados como los manifestantes a los que debían reprimir.

En ese contexto, en extremo desfavorable la vieja capital intentó en vano tomar deuda y se chocó una y otra vez con la misma falta de crédito. Finalmente, implementaron un severo plan de ajuste, que hizo muy penosa la vida de los porteños.

Algunos nichos profesionales, como diseñadores y programadores, podían todavía vender sus servicios a mercados externos y vivir más holgadamente. También había un círculo alrededor de ellos, que les proveía servicios y se llevaba algunas migas. Pero con los años, la estrategia de competir por precio se mostró insuficiente. El nuevo mini estado desfinanció las universidades y sus graduados quedaron inexorablemente desactualizados. Como Uruguay o Ecuador, la ciudad pasó a vivir principalmente de las remesas que enviaban sus migrantes desde Italia, España, Brasil y Argentina.

Argentina eliminó el hambre en poco tiempo. Aunque muchos extrañaban las comodidades perdidas de la globalización, de a poco se acostumbraban al nuevo modelo. Encaminado el nuevo proceso de sustitución de importaciones, Máximo se dedicó a la política exterior. Había transformado el país en apenas ocho intensos años. Había absorbido y amortiguado enorme cantidad de tensiones y había sobreactuado deliberadamente otras. El gran enigma, para buena parte de la sociedad, era por qué no resolvía la cuestión con los porteños, si hasta había encontrado un principio de solución a Malvinas.

Asumió que la prioridad de la hora era llevar el justicialismo al resto de la región, acompañar y alentar a los vecinos en sus procesos de emancipación, volver a apantallar las cenizas de lo que había encendido su padre a principio de siglo. Argentina necesitaba mostrar al mundo otro tipo de liderazgo. Era la hora de Sergio.

Como presidente, Sergio se dedicó a administrar lo conseguido en años anteriores, sin encarar transformaciones más profundas. Su mandato se conoce popularmente como “la tregua” o la “media masa”. Convencido de que tenía frente a sí una oportunidad de hacer historia, les ofreció a los porteños varias salidas decorosas, pero no llegaban ni a rechazarlas. La ciudad estado, otrora altiva y desdeñosa, estaba sumida en un oscuro período de inestabilidad política.

Habían cometido el error de adoptar un sistema parlamentario al estilo europeo y ningún gobierno duraba un semestre. Los sitios web de apuestas incluían, junto al turf, el fútbol y el boxeo, una sección de apuestas políticas. Los asesores y funcionarios, como los petiseros y cuidadores del hipódromo, solían hacerse un mango extra vendiendo datos a los jugadores.

En ese mundillo de camas y traiciones, el macrismo residual, exiliados en Italia, daban a su tropa órdenes incumplibles. Los radicales jugaban a dos, tres o cuatro puntas. Los troskos, viendo a la gente comerse sus mascotas y rechazar los alimentos que la Nueva Fundación Eva Perón lanzaba desde el cielo, creían vivir su momento de gloria prerrevolucionaria.

Era un secreto a voces que Argentina, merced a un proyecto de integración regional, empezaría a producir autos eléctricos. La continuidad del fracasado intento secesionista resultaba ya inexplicable. El Negro describía ya el presente. Terminaba el período de Sergio. Las calles clamaban por el regreso de Máximo. Un regreso con gloria.

-¿Por qué Máximo no recuperó la ciudad puerto cuando asumió, si la correlación de fuerzas lo favorecía?

Sus alumnos bajaron la vista.

-Entrar por la fuerza sólo hubiera realimentado el resentimiento y la victimización de los porteños- dijo el más locuaz de la clase.

-Bien. ¿Qué más?

Otra vez silencio.

-Había algo de otro orden. La Argentina vieja se hizo desde el puerto hacia el interior: ideas, instituciones, culturas. Máximo no quería derrotar a los porteños, quería unos años a salvo de su influencia, para construir esta nueva Argentina.

Hizo, a propósito, un silencio teatral, para que sus últimas palabras quedaran resonando. Estuvo tentado de seguir por su cuenta, más allá del programa escolar, pero se contuvo.

-Es todo por hoy. ¿Alguno se queda a comer?

Los cinco niños negaron con la cabeza.

-Anoten todo lo que coman. Mañana tenemos “Soberanía alimentaria” y vamos a trabajar sobre eso.

Corrieron a la cámara , a pertrecharse. Después salieron pedaleando, uno cada tres minutos.

El gobierno porteño era negacionista, nunca se pudo establecer si por estrategia política o darwinismo.
El gobierno porteño era negacionista, nunca se pudo establecer si por estrategia política o darwinismo.