Antes que Madonna, estaba Raffaella

Domingo 18 de julio del 2021

Escribe: Mariano Pereyra

Solemos reconocer —y no en vano— como el paradigma disruptivo femenino de la cultura pop de los últimos 40 años a Madonna Ciccone. Pero antes de Madonna, estaba Raffaella: un fuerte paralelismo se traza entre ellas.

Ambas se hicieron a sí mismas dos figuras insoslayables del entretenimiento del siglo XX. De esas leyendas analógicas imposibles de replicar en tiempos de hoy. Ambas actrices, intérpretes, bailarinas, cantantes. Pocas amalgamaron todo aquello, logrando un impacto y trascendencia sinigual.

Raffaella Maria Roberta Pelloni, como la registraba su documento, comenzó su carrera artística como una niña actriz prodigio. Logró papeles en destacadas películas como el genial drama “I Compagni” (1963) —de Mario Monicelli— y su protagonismo en “Von Ryan’s Express” (1966), ni más ni menos que junto a Frank Sinatra.

Rafaella en I Compagni

Pero un seductor contrato con la 20th Century Fox, y una prometedora carrera en Norteamérica no cabían en sus planes. Prescindió del sueño americano para dedicarse a su amada Italia, hacer su entrada triunfal por España y así conquistar a toda Hispanoamérica.
La música fue su arma más poderosa. A través de ella se transformó en, quizás, la primera performer internacional de masas. Años antes de que la norteamericana publicara “Like a Virgin” (1985) y simulara masturbarse en vivo durante su interpretación en el marco del “Blond Ambition Tour” de 1990, La Carrà ya le cantaba a la masturbación con 5353 456 (1975). Y la lista continúa: su desencuentro con un muchacho, quien la había abandonado… ¡por otro muchacho! —“Lucas” (1978)—. El consenso en las relaciones sexo afectivas —“Hay que venir al sur” (1978)—, y el empoderamiento de la mujer —“Fiesta”(1978)—.

Su carisma e insolencia fueron distinguidos con la censura del Vaticano: durante una interpretación de “Tuca Tuca” (1971) —uno de sus primeros hits en su tierra natal— la artista vestía un sexy atuendo donde dejaba verse el ombligo. Sí, ese era el escándalo: era la primera vez que una mujer mostraba su abdomen en la televisión italiana. ¿La primera artista pop a la que el Vaticano censuró? —veinte años después, Madonna también sería censurada por la Santa Sede a razón del video-clip de “Like A Prayer” (1989)—.

 

Ilustración: Giancarlo Covino

Raffaella supo aprovechar el zeitgest al máximo: la música disco en su esplendor, un ritmo que potenciaba su excelsa sensualidad, y un encanto hipnotizante. Pero no era ninguna extraña a este ritmo: fue una de las pioneras en apostar a esta música, probablemente la primera artista mainstream en Europa y de mayor consistencia en habla hispana en incursionarlo. Incluso antes de que su compatriota Giorgio Moroder se topara con su musa negra, Raffaella dejó plasmado la primera muestra del italo-disco con “Rumore” (1974). Por otro lado, Madonna tuvo su debut discográfico en 1982 cuando la música disco había sido expulsada del mainstream. Pero fue una de sus acérrimas defensoras, y quienes más la han reivindicado en el desarrollo posterior de la cultura dance.

El canto y el baile, componen el binomio inconfundible que las caracteriza. Tanto para Madonna como para Carrà, la danza fue la puerta de entrada al arte. La italiana se recibió de coreógrafa. La norteamericana recibió becas de la universidad de Michigan, estudió con Martha Graham y conformó algunas compañías de baile previo a lograr la fama mundial. Ambas conjugaron hasta lo imperfectible estas dos formas de expresión.

Esto explica las performances de ambas, particularmente inusuales en los años de apogeo de La Carrá: altamente coreografiados, acompañadas de una troupé de bailarines varones, que cimentaron el actual espectáculo musical de una artista pop.

Blanco fácil para esnobs y auto percibidos paladares finos, no solo no vislumbraban a una transgresora, sino que tendían a su destrato. Pues era popular, muy popular: las ventas de sus discos hasta principios de los años 80, competían al mismo nivel de tanques anglosajones, y escandinavos —y con ello me refiero a ni más ni menos que ABBA—. A La Ciccone tampoco le auguraban mayor futuro que “Like a Virgin”.

Lo “masivo” en aquel entonces era denostado por “complaciente”. Más bien, ¿qué clase de expresión puede ser complaciente si es objeto de censura? Lo esencial es invisible a los ojos, y aquello se les escapaba a los pretendientes del “buen gusto”. Y ahí es donde radica la genialidad de la figura de Raffaella: su mensaje de emancipación, liberador y celebratorio de la mujer. Hacia una vida sin prejuicios, donde el amor se convierta en rey.

Como auténtica artista pop, su versatilidad estaba a la orden del día: desde el pop tradicional —“Tuca Tuca”—, la música disco —“Pedro” (1980)—, la rumba flamenca —“Fiesta” (1977)—, el electro pop/synth pop “Cuando calienta el Sol” (1983), y más recientemente la música dance y su electro-swing — “A far L’amore” (2011), un remix a cargo del francés Bob Sinclair, que aparece en el film italiano “La gran bellezza”, nominado al Oscar como mejor película extranjera).

La Carrà encarnó veinte años antes el apotegma de La Ciccone: “No te reprimas. Exprésate”. Hizo del goce de la mujer un acto de celebración y, más importante, de exhibición. Esto la configuró en la gran musa para las mujeres, y para la comunidad LGBT. La transfiguración el oprobio en orgullo, con firmeza, picardía, erotismo, humor e inteligencia. Igual que Madonna.

La trayectoria de la italiana como presentadora televisiva desde la década de 1980, le añade un plus no menos importante. Cada aparición suya en la pantalla chica era una onda expansiva que atravesaba los corazones. Batió récords de audiencia en Italia y España, sellando su lazo con estos pueblos, generando un fenómeno en la pantalla chica a tal punto de ser objeto de estudio de massmedia. Sus formatos televisivos fueron imitados en distintas partes del mundo: sin ir más lejos, en nuestro país, el exitoso ciclo ¡Hola Susana! De otra rubia, fue una copia al suceso “Pronto, ¡Raffaella!”.

Pronto.

Semejante éxito le valió una invitación al programa de David Letterman en 1986. En tal ocasión, el afamado conductor le pregunta: “¿Estás haciendo mucho dinero allá?” Ella contesta: “Sí. Pago mis impuestos. Y es una victoria de las mujeres, porque en otros tiempos —en Italia— solo hombres hacían mucho dinero. Ahora las mujeres podemos hacer lo mismo”. Él la presenta como “la combinación entre Johnny Carson y Ed Sullivan del país Mediterráneo”. Pero, como si fuera poco, Raffaella queda insatisfecha y antes de continuar lo interrumpe: “¿Dijiste Johnny Carson y Ed Sullivan? Esos son todos hombres y yo soy mujer”. No podía dejarlo pasar. “Son dos caballeros, en todo caso preferiría decir que soy una mezcla entre, según se dijo, Ann Margret y Barbara Walters. Pero prefiero ser Raffaella”. Letterman replica: “Y Ann Margret y Barbara Walters”. Carrá remata: “Bueno, al menos son mujeres”.

Raffaella logró catapultarse como una super estrella internacional, sin la legitimidad de los mercados anglosajones. Y por ello, como cualquiera, quedó opacada por el fenómeno cultural que significó Madonna desde su aparición en 1983. Pero nosotros no olvidamos. Primero estaba La Carrà. Y antes de intentar calificarla como una “proto-Madonna”, decimos que esta es una descendiente directa de su figura.

Italia continúa llorando a su heroína popular. En lo que fue un excepcional cuasi-funeral de Estado ocurrió un hecho que hace posible, quizás un poco, dimensionar lo que representa Raffaella Carrà: una periodista se acercó a una mujer quien se apersonó en el velorio de la artista y le preguntó por qué se encontraba allí. La mujer, concisa, respondió: “Porque era la reina”. Larga vida a la reina.