“El arte es perturbar al espíritu público»

Domingo 25 de julio del 2021

Publicada originalmente en Revista Hamartia #25. Conseguí tu edición papel acá

Escribe: Gastón Vera
Fotos: Nicolás F. Blanco

Para quienes transitamos los 90 entre tropiezos y resistencias, Palo Pandolfo irrumpió con una poética que fue incomodando las escenas a borbotones. Arrasó espacios y noches oscuras en festivales en defensa de la escuela pública, pubs y discotecas. A la influencia musical británica le incorporó el diálogo del tango y el folklore, y así se transformó en un afluente único a lo poco de novedoso que tenía el rock argentino. Nos lo hemos cruzado muchos 24 de marzo o —más recientemente— solidarizándose con Víctor Hugo Morales cuando fue echado de Radio Continental. La entrevista se hermana a partir de esas vivencias que también son parte de nuestra identidad. Palo Pandolfo está entre el laberinto del neo y el post, como puente entre las generaciones del silencio, del exceso y de la rebeldía. Con tres décadas en los escenarios de la cultura rock, Palo sostiene una actitud transformadora. La risa empieza a ocupar el espacio de este encuentro, con excusa del lanzamiento de Transformación, el segundo disco de Palo Pandolfo y la banda La Hermandad.

Oficio del cantor

¿Cuáles fueron los disparadores de “Transformación”, tu nuevo disco?
Los temas bien pesados, eléctricos, tienen como una cosa ochentosa, post punk. Por otro lado, el disco tiene que ver también con cómo la música global empezó a ponerse retro a principios del siglo XXI. De a poquito empecé a escuchar la música contemporánea, a la que en los 90 no le daba mucha bola. Empecé a aggiornarme, como por ejemplo cuando estábamos en los 60, en los 70 y en los 80 y nos referenciábamos en el rock inglés. Nosotros somos ochentosos por generación. Hay canciones del disco anterior, como “Madre computadora” o “Dame luz” que se pueden reconocer como el comienzo de este disco. Lo importante para mí es que es el segundo disco con la banda La Hermandad. El primer disco es pura ilusión, toda la fe y fuerza del vivo. Un segundo disco es la consolidación de la banda, como pasa con “Espiritango” de Los Visitantes o “Patria o muerte” de Don Cornelio y la Zona.

¿Cómo encaraste la composición de los temas del disco?
El concepto del disco estaba bastante claro antes de empezar a componerlo. Desde la composición se configuró lo real. Por un lado, yo vengo generando desde hace años técnicas de composición. Desde el ‘99 al 2010 fueron once años de estar desde la paternidad, empezás a no tener tanto tiempo para el ocio, a estar fuerte por la necesidad de ser un padre que dé una cara noble y digna a un niño. ¿Cuándo compongo? No tengo tiempo para la composición. En “Esto es un abrazo” (el primer disco con La Hermandad) me volqué a componer automáticamente, como la escritura automática de los surrealistas. Sin pensar, un vómito de palabras, una catarsis. Son todos como ejercicios orales y musicales al mismo tiempo. Eso tuvo un techo para mí. Me agoté y no compuse por un par de años, fue el tiempo más largo sin componer. Después, hablando con amigos nos preguntamos por qué los Beatles y uno de los porqué que encontramos es que la melodía de los Beatles es internacional. Entonces dije: “La melodía es el objetivo”, y empecé a componer desde la melodía. Fue bastante divertido componer “Transformación”, lo compuse de pie, sin guitarra ni piano ni otro instrumento. Sólo vocal. Y sin letra. Me enfoqué pura y netamente en la melodía vocal. La melodía es un placer. Tengo una gran cantidad de música adentro, porque escucho mucho jazz, música clásica, además de todo el pop y rock global, y toda la música folclórica. Y soy un dios de la improvisación vocal. Lo digo sin falsa modestia. Soy devoto de Ella Fitzgerald y le rindo pleitesía, así como a Miles Davis, a Gardel, a todos. Son todas melodías que están, me tiro a una especie de pileta cósmica. Después de tener esa melodía grabada, me puse a estudiar la armonía que esa melodía me sugería. Porque la armonía es también subjetiva. Y luego escribir la letra, que es el trabajo difícil, que la letra tenga esa libertad, esa musicalidad. Tiene que ser honesta, desde algún lugar podés decir algo de verdad. Podés inventar una historia, que igual en esa historia se te escapa, es casi imposible mentir. Algunas canciones las compusimos con Alito Spina y Mariano Mieres. Es muy diabólico todo, yo pensaba estar escribiendo sobre otras cosas pero nunca escribí algo tan autorreferencial como este disco. Es más, el disco es medio premonitorio. Lo que escribí en 2003 o 2014 me terminó pasando en el 2015.

Palo Pandolfo. Foto: Nicolás Blanco.

Como una profecía autocumplida.
Sí, exacto. Yo prefiero pensar en la intuición y en una premonición de lo que va a pasar. Igual nada es lineal. Es premonitorio y al mismo tiempo artífice del destino. Yo creo que acompaña lo que vos ya tenías adentro, lo que intuitivamente sabías que iba a pasar. Creo bastante en la intuición y en la parapsicología, por otro lado. Me interesa la mediumnidad como concepto para el arte y para la vida. Tenemos muchos potenciales no desarrollados por las religiones represivas y por la Inquisición y por la muerte del chamanismo. Nos han reprimido el sexto sentido, entre otras cosas. Y me interesa la canción como hecho premonitorio.

¿Existe un circuito cultural?, ¿o el artista construye su propio mercado?
Mi laburo principal es el de productor independiente. Tranquilamente yo podría decir que uno genera su propio circuito. Rasgo de las piedras, araño, rasguño, cavo, horado. Soy el manager también, manejo la parte extra-musical. Si bien me asocio con un productor, siempre estoy yo. El laburo de manager es una picadora de cerebro y no tiene horario. Cuando uno quiere contactarse con grandes productores, el mercado también te condiciona. Porque no lleno teatros, hago lugares más chicos. Igual yo asumí ser un artista de culto en este siglo y desde que lo asumí me empezó a ir bárbaro.

¿Qué es ser un artista de culto?
Soy un artista cuyo público generalmente hace algo. No soy tanto para empleados, sino para gente que es estudiante de Ciencias de la Comunicación, escribe un libro de poesía, son músicos o cineastas, son activistas políticos, son militantes sindicales. Mi público está rebelado. Eso es ser un artista de culto. Es la gente la que te hace. Alguien tiene que hacerlo. Alguien tiene que cantar para esa gente que no se morfa la pija de La Beriso. Que le aburren esas letras, no se emociona, no se excita. Hay gente que se emociona con eso, hay gente que se emociona con otras cosas más oscuras, más claroscuro, hablando de un libro de Virginia Woolf. Amén de que por otro lado, porque hay una contradicción, soy muy popular. Si no no estaría ni tocando ni hablando, ni haciendo discos ni nada. Tengo tengo temas como “Playas oscuras” o “El leñador” o “Soy un sol”, hay algo muy popular y simple en lo que yo hago, que tiene que ver con un italiano, básico y rítmico. Me gusta que la gente baile, si no bailan me deprimo. Yo tengo cosas totalmente alegres y felices [aplaude y ríe], casi un Palito Ortega del punk.

¿Cuál sería el rol del artista, el papel que cumple?
Interesante. ¿Para qué se canta, para qué son las canciones? Cantamos para incomodar. Cantamos para perturbar. Escribimos poesía, que si no es perturbadora no es poesía. El arte es perturbar al espíritu público. Eso es artaudiano. Salir a atacar y escupir al espíritu público, la “Carta a los poderes” de Artaud. El arte necesita contrastes, tiene que haber claroscuro. ¿Viste las fotos de Man Ray?, son banco y negro, puro contraste. En el contraste está la vibración, el arte, lo artístico. O lo elevado, la vibración es más que arte, la vibración es espíritu. El espíritu se manifiesta en esa vibración, en ese claroscuro. Estamos haciendo canciones para transformar el mundo. Porque estamos un una línea que nace con los poetas beat que en los 50 se van a Oriente: Kerouac, Burroughs, Grinberg, Ferlinghetti. Los poetas de la “beat generation”, los padres del movimiento hippie eco y alternativo de los 60. Hoy creo que la revolución es ecológica, ecopolítica. Sigue estando lo mismo. Hoy confío más en la ecología que en el guevarismo. El guevarismo ya probó sus armas contra el imperio, te van a hacer mierda, van a traer la Quinta Flota de EE.UU. La van a poner ahí y te van a hacer bosta. Entonces las canciones están escritas dentro de ese movimiento revolucionario pacifista del que nacieron Manal, Almendra, Los Gatos, Los Beatniks, Vox Dei. O sea, Moris y Pajarito Zaguri. Eran chabones que estaban cantando que iban a estar desnudos y se iban a hacer pis en la fuente de Arroyo y a la vez eran una intelligentzia, buscaban una lectura, cultivarse y no comerse todas las propagandas del imperio. De alguna manera el rock nacional, para decirlo mal y pronto porque se dice rock argentino, es algo que nos identifica aunque nos pese. Charly García es el letrista rupturista. ¿Viste que “Mariel y el Capitán” es originalmente Ariel y el Capitán? Un canto homosexual, “¿estás diciendo que los militares tiene un rasgo homosexual?, ¿Ariel y el Capitán?”. Le puso Mariel, “¿a dónde estaba él?”. García es como un punk total desde el ‘70. Yo canto para estar en la vereda de enfrente. No estoy en ese lugar de mierda, que ustedes comen toda la mierda que les venden. No, nosotros no comemos esa mierda. Nos alimentamos con nuestros propios errores.

¿La grieta empezó cuando bajaron del barco los españoles?
¡Sí! Claro, obvio. No se puede hablar de política si no hablás de historia. Hago mucho revisionismo, por ahí le molesta a cierta gente. Si no hablamos de historia estamos parados en una cuerda floja, te caés y no hay nada. Tenemos un sólido piso histórico que hay que estudiar permanentemente. Es como la psicología, como no concebir que un ser humano adulto es el resultado de todas las emociones que se morfó de chico. Los tres primeros años se configura todo el ser emocional y a partir de ahí hacés tu historia emocional, hasta los 20, que ya salís a la vida, estás hecho mierda, los viejos te marcaron, la vida te marcó. Y vos vas a actuar en consecuencia. Vas a enamorarte de una persona que sea un molde o un antimolde de tus viejos. Vas a ser acción o reacción con tu historia, vas a estar todo el tiempo dialogando con tu historia emocional psicológica. Lo mismo que una Nación, una sociedad. Necesitamos hacer psicología social.

El fuego rojo

¿Cuál es el papel de la calle en la cultura rock?
Para mí la calle se divide en dos: la calle de la dictadura y la calle del alfonsinismo. Después viene el reviente, el menemismo. Toda mi vida está basada en lo que pasó en la dictadura y lo que pasó en el alfonsinismo. Pasaron cosas fuertes en lo cultural, político, social y psicológico. La calle de la dictadura es la calle de la resistencia total contra el terror y la muerte. Vimos todo el terror en la cara y algunas veces íbamos presos, vivíamos contra la pared. ¡Mañana, tarde y noche contra la pared! Era la dictadura. Vi al terror en el rostro. Estaban chupando a todos. Era un holocausto. Esa calle era la calle del infierno, el infierno de Dante. Era la “Divina Comedia”, todo el infierno. La música era directamente la última verdad, la libertad en donde eras Anna Frank. En la calle vivíamos una situación de campo de concentración, era un Estado tomado por las fuerzas de seguridad de todos los colores. Policía militar, con itakas, cascos, botas, trajes de fajina, siempre escuchabas el ruido de las armas. Esa calle me da mucha tela para cortar desde el peor de los sentidos, nos enseñó justamente que el ser humano es un animal bestial y oscuro y asesino. Y de repente se vota, está la militancia, la gesta del ‘81, porque justamente nosotros nos afiliamos a la Fede en el ’81 [Nota: se refiere a la Federación Juvenil Comunista, juventud del Partido Comunista].

¿Quién te afilió a la Fede?
Me afilió Fabián Polosecki. Siempre lo digo, porque es anecdótico. Polo me insistió tanto con su labia inapelable y su fuerza de voluntad, que acepté y me dio el carnet. Era un carnet rojo, lo tengo, con la estrella amarilla. Era un carnet de plástico, un forrito rojo, con la firma de Patricio Echegaray, el Secretario General de la Federación Juvenil Comunista. La firma de Patricio. Y me lo metí en el bolsillo, una paranoia… Estábamos siempre contra la pared, si me encontraban en el transcurso del colegio hasta mi casa me paraban y me revisaban, me encontraban el carnet y por ahí me mataban. No sé qué pasaba. Porque un carnet de la Fede en el ‘81 todavía era casi causa de desaparición. Estaban desapareciendo las últimas personas en el ‘81. Teníamos 16 años, éramos pendejos. Ellos querían insuflarnos el terror para que seamos ciudadanos complacientes con el Imperio.

¿Y en la Fede qué hiciste?
Dos cosas básicamente, por un lado las escuelas del marxismo. La escuelita. En las Academias Pitman, que eran en la calle Dickman de Paternal. Entrábamos ahí con paranoia y había clases de marxismo. Anotabas en un cuadernito, en una libretita, y te la escondías. Por otro lado hacíamos pintadas y organizábamos actos. Las pintadas eran la acción directa, porque pintábamos “Fuera yanquis y milicos de Argentina” a la vuelta del colegio Huergo, con campanas más o menos diez cuadras a la redonda. Pintábamos con bolsitas de nylon para que no se nos mancharan los dedos con el aerosol, las pintadas eran explícitas. Organizamos el acto del ’83 en el Luna Park. Yo ni siquiera entré. Me quedé afuera con un bombo. ¡Tenía un bombo! Y dábamos vueltas, el acto era adentro y afuera. Había tanta gente que desbordó el Luna Park. En el ‘80 u ’81 la gente se politiza. Había un partido político para cada línea ideológica de la gran clase trabajadora argentina, que tiene tantos ribetes ideológicos. ¿Entonces qué pasa? De repente se vota. No espontáneamente, había marchas infernales, las más grandes que vi en mi vida como la del 30 de marzo del ’82, se van los malditos, los echamos, y de alguna manera viene Alfonsín. Y viene el Juicio a las Juntas. De repente recuperamos una calle que para nosotros era totalmente desconocida. Por eso nos hicimos modernos de un día para el otro, queríamos bailar. Teníamos unos cassettes que me había traído un amigo que había viajado a Inglaterra, como con todo el tecno pop. Dos cassettes del ‘83, justo el último año de secundaria, entra Bob Marley, me hablan de Sumo, veo Los Abuelos de la Nada en Obras, con lo moderno, era todo bailable. De noche nos quedábamos hasta las cinco de la mañana tomando cerveza en una hamaca. Empezamos a sentir que la calle que la calle era nuestra, la noche. Los milicos eran la anti-onda. De repente empezó a haber una onda en la calle, empezamos a tomar la calle. ¿Qué hacíamos? Íbamos a la Ciudad Universitaria a las cuatro de la mañana con el Taunus, poníamos esos cassettes y bailábamos. Me hice moderno, me corté el pelo moderno, tenía un jopo. Y bailábamos. Perder el miedo, empezar a hacer cosas con tóxicos y ponerse del orto, liberarse por completo, llegar a unos éxtasis químicos del orto… Todo terminó en el ‘89 en una oscuridad, la calle ya era sórdida, que es el principio del fin neoliberal, donde la cocaína se instala definitivamente en las masas y en todas las esquinas. Quieren tomar, tomen. Quieren democracia, tomen. Es la droga al poder, la cocaína.

Palo Pandolfo. Foto: Nicolás Blanco.

No dejan ver el sol

¿Hoy hay condiciones para crear una arte rupturista, que salga a incomodar?
Es una gran pregunta. ¿Qué es lo rupturista hoy? Está todo hecho. En el arte plástico, en la música también. Es un quilombo, es un quilombo el momento creo, hoy lo rupturista es ser crudo vegano, híper ecologista, practicar yoga, hacer meditación, no drogarse. Es salirse de los consumos industriales. Los hippies del 60 decían lo mismo, no es nada nuevo lo que estoy diciendo. Ahora justamente yo hago un disco que es uno de los más rockeros que hice en años, en un momento donde en Argentina se le paga a los buitres y se enfoca en el capital extranjero. Un poco me quiero matar por hacer un disco rockero. Hubiera preferido hacer “Ritual criollo” ahora. Igual “Ritual criollo” sale en el momento cenit del kirchnerismo, es un amor a la cultura argentina. Lo adoro. Es el disco que más laburo me dio, con el que hice más shows en vivo. A mí lo eléctrico me vuelve loco. Ese éxtasis de la música fuerte, con batería, es lo que estoy buscando. De alguna manera lo rupturista está en las bandas del indie, ahora hay millones de bandas nuevas, gente que graba cosas muy frescas, sin tanta producción. A mí me parecen un poco aburridas, porque prefiero la producción a cualquier cosa. Pero hay una cosa rupturista dada en las bandas nuevas que es esa frescura.

¿Existe el equilibro entre la búsqueda de la transformación individual y la construcción colectiva?
No sé si existe el equilibro, pero sí la posibilidad de que uno obtenga su propia marcha interior. Uno tiene que esforzarse. Como es adentro es afuera, como es arriba es abajo. Si nosotros por adentro somos una porquería, afuera va a seguir siendo una porquería. Tenemos que empezar a despojarnos de los consumos materiales, de la ambición, del miedo, de toda esas necesidades materialistas. Cuanto más dependés de los objetos materiales, más vas a sufrir. La felicidad está siempre en las pequeñas cosas. En una gota de agua, en las revelaciones, en la hoja del limonero. Buscar eso es también oponerse al sistema de consumo indiscriminado de toda la bosta. Siempre esa misma geste, que en el ‘55 eran la Esso, la Shell, las farmacéuticas. Ahora está esto con Shell y con los buitres, garpando plata. La misma cosa que Rivadavia, la misma historia de Argentina.