Orígenes de la primera infancia institucionalizada

Domingo 1 de agosto del 2021

Escribe: Natalio Pochak

Ilustración: LUKAS / IG:@ink_somnia_

Mujeres al frente

El 28 de mayo se conmemora el día de los jardines de infantes y de la maestra jardinera. La fecha no es azarosa, ya que tiene que ver con el fallecimiento de una de las primeras educadoras dedicadas a la primera infancia de nuestras tierras, Rosario Vera Peñaloza.

Más allá de su figura individual, Rosario formó parte de un proceso histórico de lucha, que estaba muy lejos de escenarios coloridos, delantales cuadrillé y buenos modales y modismos.

Rosario Vera Peñaloza en su escritorio dentro del Museo Bernasconi.

Las ideas conservadora y liberal imperantes de la época tenían un punto en común y que consistía en considerar a cierta parte de la sociedad como la Barbarie (tal como sucede hoy en día, aunque se utiliza otros eufemismos).

Sarmiento, como figura central del pensamiento liberal, fue precursor de la idea de educar para contrarrestar los “vicios” de la Barbarie y, de este modo, ha impuesto un modo de vernos y sentirnos. Su pensamiento político es clave para entender nuestro propio Ser Argentino y de la valoración que hacemos (aunque ya no tanto) de la educación pública.

Dentro de la corriente liberal algunas figuras femeninas han tenido un lugar preponderante. Juana Manso fue pionera en su pretensión de insertar en establecimientos educativos a niños y niñas (sí, escolaridad mixta) a partir de las prerrogativas modernas de la época en materia pedagógica que intercambiaba con educadoras estadounidenses. Así fue que creó el primer jardín de infantes en 1870. También se sumó la formación temprana de propuestas pedagógicas de avanzada que dieron identidad a las primeras kindergarterinas autóctonas que se instruyeron en esas instituciones especializadas. Sin titubeos podemos advertir la importancia de los aportes anglosajones en el comienzo de nuestra educación pública.

Juana Manso.

Por lo general, las kindergarterinas, provenían de familias de clase alta o también eran hijas de comerciantes y profesionales que encontraban, de este modo, un trabajo reconocido socialmente (en la actualidad, cada vez menos) y mal remunerado (situación que perdura hasta nuestros días).

De ahí surgió la figura de Rosario Vera Peñaloza, quien rápidamente comprendió que el método de enseñanza debía argentinizarse y originó, así, una nueva escuela de pensamiento local, que tantas maestras siguen desarrollando, para promover propuestas didácticas y pedagógicas.

A medida que en el país se extendían las construcciones de salas anexas a las escuelas, los conservadores emplearon toda la artillería para descalificar estas iniciativas por su injerencia en lo que consideraban cuestiones privadas. La crianza debía ser dentro de la familia sin intromisión de nadie, ni siquiera del Estado. Con mis niños NO, podrían haber utilizado como slogan.

Ilustración: LUKAS

Además, los discursos e ideologías machistas y patriarcales de la época colocaban a la mujer (madre) en el rol de sus innatas condiciones para asumir todas y cada una de las necesidades y responsabilidades que conlleva la crianza. Así reducían a la mujer a su rol de reproductora.

Estas docentes kindergartinas comenzaron a unificarse, a organizarse y a combatir colectivamente tanto los embates de estos pensamientos como a considerar que las instituciones que sí se abrían tenían cierto sesgo clasista. Los enfrentamientos que estas pioneras llevaron a cabo no se limitaron sólo a contraponerse a las ideas positivistas e imperantes que la sociedad sostenía de la infancia, sino que emplearon diversas propuestas para promover mayores recursos económicos a una política acorde a las necesidades de esa infancia.

Otro dato de la época que subraya Rosana Ponce [1] es que a partir del interés de mujeres anarquistas, socialistas y con fuerte arraigo feminista se comenzaron a constituir experiencias educativas de la primera infancia en barrios obreros y por fuera del control del Estado.

Desde el pensamiento de otra gran educadora argentina, Hebe San Martín de Duprat, puede decirse que ciertas antinomias se discuten en cualquier época cada vez que se habla de la infancia: el lugar del Estado, de la sociedad civil, de la familia y de la mujer.

Ha sido tan importante la lucha de estas mujeres (y de tantas otras posteriores) que la inserción de los jardines de infantes en nuestra memoria, en nuestras emociones y en nuestra identidad, genera que muchas de las instituciones que sostienen el trabajo diario con la primera infancia creada como respuestas comunitarias, y por fuera del sistema educativo formal, terminen repitiendo, imitando y reproduciendo sus mismas lógicas y patrones de funcionamiento.

Hebe San Martín de Duprat.

La situación social de la primera infancia de hoy, constituída desde la pobreza y desde el diseño de diversas experiencias y conformaciones, nos plantea el desafío filosófico, político y pedagógico de ampliar la mirada hacia una nueva organización social e institucional.

Quizás el debate sobre la atención y educación en la primera infancia deberá contemplar a la crianza como un proceso abierto y compartido y desde la mirada comunitaria, en conjunto al de la familia y el Estado.

Del trabajo de la Dra. María A. Colangelo [2], extraemos las siguientes citas que ayudan a reconocer el valor de lo colectivo en la crianza de las comunidades originarias.

Sin embargo, los modelos de crianza de otros grupos socioculturales enfatizan la inscripción del niño como integrante y parte complementaria de su grupo, el cual también es responsable de su cuidado y educación”. “En este caso, la persona es construida como parte de un colectivo… el ser humano solo puede existir como una singularidad en el marco de su comunidad”. “El valor social del niño no reside en su individualidad, sino, más bien, en su carácter de eslabón que enlaza generaciones y pertenece al grupo tanto como a sus padres. De allí que las relaciones de parentesco y comunitarias sean centrales para comprender y abordar los problemas ligados a su crianza y su salud”.

Destaca estas experiencias de crianza colectiva, sin desmedro de la familia, que se practicaban en las tribus de los pueblos originarios. Pueblos y culturas que formaban parte de esa Barbarie que había que exterminar.

[1] Ponce, R. Los debates de educación inicial Argentina. En experiencias y reflexiones sobre la educación inicial: una mirada latinoamericana. Malajovich, A (comp). Siglo XXI editores. Buenos Aires. 2012.

 [2] Crianza infantil y diversidad cultural. Aportes de la antropología a la práctica pediátrica de la Dra. María A. Colangelo. Documento digital.