La cuestión del puerto · Capítulo 10

Domingo 8 de agosto del 2021

Escribe: Gastón Garriga

Ilustra: Rodolfo Parisi

Curaduría: Daniel Roncoroni

Publicada originalmente en lacuestiondelpuerto.com.ar

Capítulo 10

General Paz de noche

 

“Si no luchamos contra lo inevitable nunca sabremos

hasta qué punto era realmente inevitable”.

Terry Eagleton, crítico literario.

El Negro y Osvaldo se entendieron con la mirada. Compartían la misma ansiedad.

-¿Querés manejar?-, preguntó Osvaldo.

-No, no. Dale vos.

La moto arrancó con la llave y el botón, sin necesidad de patearla.

Afortunadamente tenían nafta de más. Pero en vez de dar un paseo por las huertas, como habían imaginado más temprano, volvieron por la Panamericana a una velocidad infrecuente para la época. Cien, cientodiez, cientoveinte, le costó a la vieja Honda dar cientotreinta, pero llegó. Osvaldo casi podía sentir como los metales del motor se descarbonizaban, dentro de la carcaza. También él se sacudíó la modorra de ese tiempo incierto, de esa larga espera que terminaría pronto. Sus pulsaciones crecían al mismo ritmo que las revoluciones del monocilíndrico.

La autopista estaba completamente desierta. Una pena, le hubiera gustado tener que pasar a alguien, maniobrar, tirar un rebaje, cualquier cosa que permitiera una descarga, un alivio de la adrenalina acumulada.

Imágenes, como instantáneas, acudían a su cabeza, mientras avanzaba por la monótona recta. Cosas de los últimos quince años. Algunas que recordaba muy bien y otras que habían permanecido ocultas todo este tiempo. Intuía que las palabras de Máximo habían modificado algo en su interior, habían tocado y disuelto algún filtro o barrera interna. Se decía que tenía línea directa con San Martín, con Perón y con su padre, si podía hacer eso, ¿por qué no podría hacer esto?

Bajaron en San Martín y doblaron en Maipú. Unas cuadras antes del primer retén apagaron la moto y la dejaron unos metros más adentro, en la oscuridad de una calle perpendicular. No querían que el ruido del motor generara un conflicto con los guardias.

La autopista estaba completamente desierta. Una pena, le hubiera gustado tener que pasar a alguien, maniobrar, tirar un rebaje.
La autopista estaba completamente desierta. Una pena, le hubiera gustado tener que pasar a alguien, maniobrar, tirar un rebaje.

La frontera, a esa hora y sin permisos, era inexpugnable. Un salvoconducto, que no tenían, les hubiera permitido ingresar a la zona restringida, con cualquier excusa. No les preocupaba. Eran veteranos, eso ya infundía cierto respeto. Además, sabían transmitir ese aire de seguridad y confianza en sí mismos, como el que emana de los jetones.

Caminaron a la par hasta las vallas. Desde esa posición, ya veían el viejo puente Saavedra. Saavedra, uno de los primeros hijos de puta, pensó Osvaldo.

Un lancerito, orgulloso de su prolijo uniforme -botas, bombacha, poncho y boina-, un pibe de la edad de su hijo mayor, pensó Osvaldo, se acercó con movimientos eléctricos y los apuntó con la linterna. Primero los rostros, después bajó al pecho.

Empezó por el Negro: de su campera de cuero, del lado izquierdo, pendían dos flores de Nomeolvides, por resistencia tenaz y sostenida, y dos escudos justicialistas por paso sobresaliente por la función pública. El haz se posó sobre el abrigo verde militar de Osvaldo: una flor de Nomeolvides y un escudo justicialista, por idénticos motivos… Y una estrella federal, la condecoración menos frecuente y más misteriosa. Nunca trascendían los porqué de las estrellas federales, se suponía que eran por secretos de estado.

-Mierda-, exclamó el pendejo de imaginaria. Les hizo la V. Le devolvieron el saludo y agregaron una sonrisa, que se perdió en la oscuridad.

-¿Profe? ¿Compañero Profesor? Soy Santángelo, de la promoción del 29.

-Cómo creciste, cumpa. Te felicito-, el Negro lo cacheteó cariñosamente. Osvaldo se dio vuelta, un tanto impaciente, a observar la escena.

-Hay otra valla, pero yo ahora aviso por handy para que les abran. Igual, hasta mañana a las 6 no se puede cruzar.

-Gracias. No queremos cruzar. Vamos a inspeccionar el puente. Tenemos que subir.

-Les mando una escolta.

-No es necesario.

-Como quieran. Eso sí… Si miran para el otro lado, ustedes que lo conocieron antes…

-¿Qué?

-Se van a deprimir.

Siguieron avanzando, ya más confiados. En el playón donde en una época estacionaban los bondis del transporte urbano, había un campamento de la cruz roja.

En la vereda más alejada, un McDonalds se había convertido en CeSA, Centro de Soberanía Alimentaria, donde se le enseñaba a la gente cuánto de cada cosa debían comer según su edad y ocupación, dónde obtenerlo y cómo prepararlo, para convertirse en los descamisados sanos y fuertes que requería el proyecto.

Llegaron hasta los pilotes de hormigón que sostenían la General Paz. Al Negro siempre le había interesado la cuestión de los explosivos, pero no se había hecho el hueco para aprender. Ahora era tarde, otros la volarían por él. Nadie puede ser cuadro en todo, pensó. Y es mejor volarla que cambiarle el nombre. Se llamó General Paz demasiado tiempo. Ya es irrecuperable.

Se apartaron unos metros del arco principal. El Negro fue palpando entre los bloques hasta que los encontró: unos hierros del ocho, doblados en forma de U y embutidos, hacían de precaria escalera. Subieron con movimientos felinos, que desmentían su edad. Pasaron por debajo del guarda rail, cuerpo a tierra.

Del lado unitario, la penumbra era más profunda. Avanzaron cuerpo a tierra, hasta el guarda rail opuesto. Asomaron las cabezas, que quedaron suspendidas en el espacio aéreo unitario, tratando de descifrar esa oscuridad tan espesa.

-Lástima no poder fumarse un churrito.

-No. Debe haber francotiradores.

-No es por eso. Me olvidé las sedas.