La cuestión del puerto · Capítulo 14

Martes 17 de agosto del 2021.

Escribe: Gastón Garriga

Ilustra: Rodolfo Parisi

Curaduría: Daniel Roncoroni

Publicada originalmente en lacuestiondelpuerto.com.ar

Capítulo 14

«Café Las Palabras»

Todo se individualiza aquí, pensé, no hay conflictos sociales o sindicales, y si a un empleado lo echan de la oficina de correos en la que trabajó más de veinte años, no hay posibilidad de que se solidaricen con un paro o una manifestación, por eso, habitualmente, los que han sido tratados injustamente se suben a la terraza del edificio de su antiguo lugar de trabajo con un fusil automático y un par de granadas de mano y matan a todos los despreocupados compatriotas que cruzan por allí. Les haría falta un poco de peronismo a los Estados Unidos”.

“El Camino de Ida”, Ricardo Piglia



Uno de los guardias del peronismo espiritual escoltó a los Patriotas hasta la salida y les indicó cuándo y cómo volver a la superficie sin poner en riesgo su inframundo. Las calles estaban casi desiertas, pero los hombres de Bacha eran muy rigurosos con la seguridad. Mientras caminaba hacia la salida, al Negro le cayó como un mazazo su vida militante, los momentos compartidos con Bacha-Agote: las marchas contra el indulto, la Carpa Blanca, el aguante a los camioneros en la Plaza, los jueves de las Madres, la Cumbre de Mar de Plata, los cuadros que bajó Néstor y su velorio…hasta ahí llegó, fue el límite, el dolor se le hizo intenso.

Ricardo Piglia, alter ego del comisario Croce.
Ricardo Piglia, alter ego del comisario Croce.

– Vamos, vamos, carajo-, gritó, más para él que para los demás.

Al volver a pisar la vereda, Osvaldo y el Negro sintieron cierto optimismo. Había compañeros en la ciudad, o en una ciudad paralela, un par de metros más abajo, y tenían información valiosa. La teoría de las cuerdas un poroto al lado de la capilaridad justicialista.
-Tenemos algo que hacer antes de ir del Francófilo -, dijo el Negro. Osvaldo lo miró, intrigado. -El Chino, Wan. Vamos primero a verlo, antes de que cierre el autoservicio.

Les pareció demasiado arriesgado seguir por la avenida. Doblaron por la primera calle perpendicular y siguieron por adentro de Almagro, buscando la Avenida Estado de Israel, que los llevaría hasta su contacto oriental. Caminaron un buen tramo en silencio, meditando las palabras de Bacha, su transformación y lo que había construido.

Después de unas cuantas cuadras, Osvaldo se detuvo de golpe. Giró lentamente sobre sus pies, observando todo: la pequeña plazoleta en la siguiente esquina, la gran construcción abandonada en la vereda de enfrente y la cortina metálica, que ahora rozó con la yema de los dedos.
-Negro, ¿sabés dónde estamos?
-En una ciudad gorila… Gorila y pobre, ¿hay algo peor?
-No, boludo, no te hablo de eso.
Al Negro le llamó la atención el cambio en la expresión del rostro de Osvaldo. Parecía un chico, de esos que él educaba.
-Esto es café “Las palabras”-, dijo por fin.
-Era…-, corrigió el Negro.
-¿Cómo sabés?-, lo apuró.
-Porque los porteños destruyen todo. Especialmente, lo nuestro.
-Cierto, pero yo quiero comprobarlo, ¿vamos?

Osvaldo observó la cortina metálica, asegurada por fuertes cadenas y grandes candados. A diferencia de la del subte, estaba perfectamente encajada en sus guías. No había por dónde colarse.

Con movimientos cortos y seguros, Osvaldo trepó la copa del árbol, frente al café. Se detuvo, volvió a observar, y trepó unas cuantas ramas más.
-¿Venís o no?-, le preguntó al Negro, que no tuvo tiempo de responderle. Cuando volvió a mirar hacia arriba, lo encontró colgando, las palmas apoyadas en el borde de la pared, los brazos extendidos, las piernas en el aire, tanteando en busca de algún apoyo. Hizo fuerza hasta alzar parte del torso por arriba del muro, pasó una pierna y luego la otra.

Ahora estaba parado en la terraza. Se asomó a la calle.
-Metele, Negro, antes de que nos botoneen-. El Negro imitó cada movimiento de su compañero, hasta reunirse con él. La terraza era un asco de mierda de pájaros y gatos y botellas vacías. Supuso que nadie había estado allí los últimos veinte años. Osvaldo, obsesionado, recorría cada palmo, buscando por donde entrar.
-Acá, es por acá-, exclamó finalmente, eufórico. Detrás de unos cajones de cerveza apilados, a una ventana le faltaba un cristal. Era todo lo que necesitaba. Se deslizó por el hueco y se dejó caer sobre los antebrazos, huesos duros y difíciles de romper. Escuchó la caída del Negro, tan cerca que lo despeinó. Abrieron los ojos tanto como pudieron.

-Es un milagro-, el Negro.
-Está igual-, Osvaldo.

Si el inframundo de Bacha era fruto del cirujeo persistente, esta había sido la obra de un connaisseur, alguien que seleccionaba cuidadosamente cada objeto y no tenía drama en garpar, cuando algo lo justificaba. Figuras de cera de Néstor y Cristina, viejas publicaciones del plan quinquenal, discos de Canaro, Magaldi y Del Carril. Todo prolijamente ordenado, apenas cubierto por una capa de polvo.
-¿Sabés a qué me hace acordar?-, Osvaldo.
-Claro, a la básica de los Lizaso. Qué momento, fue como meterse en la máquina del tiempo-, el Negro.
-¿Te acordás?
-Al revés, no puedo olvidarme. Cada vez que paso por delante, se me pone la piel de gallina- El Negro sonrió con un dejo de tristeza. A pesar de todo lo que habían vivido, seguían siendo unos sentimentales, unos románticos incurables. Incorregibles peronistas.

Recorrieron detenidamente, cada una de las cuatro paredes del salón principal, observando todo lo que exhibían y contenían. Osvaldo desapareció detrás de la escalera que conectaba con una pasarela superior, una especie de entrepiso. Abrió una puertita y volvió dos minutos después, con una botella en la mano.
-Me acordé que al gordo Desval le gustaba el escabio de primera. Algo tenía que haberse dejado-, dijo, mostrando a su compañero un whisky importado, de los más caros y menos conocidos. Lo abrió y el sonido fue el primer deleite. Lo sirvieron en unas tazas de porcelana con escudo justicialista, que encontraron en un aparador.
-Por el amor y la igualdad-, brindó el Negro.

Después de media botella, tal vez un poco más, recordaron que tenían más tareas pendientes que tiempo disponible. Lo que quedaba era una carrera contra el anochecer. Irían primero a Devoto, a lo del chino Wan, a cotejar su información con la de Bacha. De ahí a Recoleta, a carearse con el Francófilo.
-Todo contrarreloj, todo tarde, todo impuntual-, se lamentó el Negro.

-La puta madre-, maldijo Osvaldo.
-No aprendemos nunca.

Me acordé que al gordo Desval le gustaba el escabio de primera.
Me acordé que al gordo Desval le gustaba el escabio de primera.