La cuestión del puerto · Capítulo 15

Jueves 19 de agosto del 2021

Escribe: Gastón Garriga

Ilustra: Rodolfo Parisi

Curaduría: Daniel Roncoroni

Publicada originalmente en lacuestiondelpuerto.com.ar 

Capítulo 15

El Francófilo

No podemos escaparnos de ese mundo porque, individualmente, somos más débiles que los algoritmos. Estamos dominados y guiados por ellos. No hay una solución individual para la protección de los individuos ante los soportes digitales. Hay que reflexionar en la manera en la que, colectivamente, podemos emanciparnos preservando espacios de la existencia que no estén totalmente dominados por este sistema. Es una discusión política y no tecnológica”.

 Cédric Durand, autor de Tecno Feudalismo

Nunca habían estado en París. Pero, pensaron, si se parece a “esto”, no se justifica semejante viaje. “Esto” era lo que quedaba de Plaza Francia, La Biela, el cementerio de Recoleta, el centro cultural y sus alrededores. Aunque se veía mejor que otras zonas de la ciudad, había perdido su brillo de otros tiempos. Osvaldo se detuvo y miró hacia la vereda opuesta. Semioculta, detrás de un volquete y un auto sin ruedas, se veía la fachada de un pétit hotel, de esos que solían habitar las familias tradicionales.

-Es acá. Crucemos.

-¿Y qué le decimos?

-Dejame a mí-, propuso Osvaldo y tocó dos veces el timbre. El Negro se apoyó contra la pared, para que, si había cámaras, no lo vieran. Atendieron enseguida.

-¿Si?

-Delivery, de Pedidosya.

-No pedí nada.

-Es sushi y está pago.

-Debe ser regalo de alguna admiradora. Ya te abro-. Era una voz engolada, de hombre maduro. Tenía que ser él.

La puerta se abrió de manera franca, el Negro se coló para adentro, rápido como una exhalación y detrás de él pasó Osvaldo. Quedó cara a cara con el Francófilo.

“Esto” era lo que quedaba de Plaza Francia, La Biela, el cementerio de Recoleta, el centro cultural y sus alrededores.

-¿Dónde está el sushi?

-La verdad es que no trajimos sushi, pero evidentemente podríamos ser repartidores de Pedidosya. El physique du rol lo tenemos. Si no, no nos hubiera abierto.

-¡Impostores!

-No más que usted, “monsieur l’ambassadeur”, que todavía empilcha como el embajador que fue hace más de tres décadas.

-Pero claro, querido. Si a mis veteranas les encanta este look. Es lo mínimo que puedo hacer por ellas-. El Fancófilo lucía impecable en su traje de pana oscura, que contrastaba con la camisa blanca, y la pajarita en composé con el pañuelo del bolsillo delantero. Su rasgo distintivo, los bigotes que apuntaban al cielo, habían encanecido por completo.

-¿Estaba por salir? Si es así, avise que llega tarde.

-No, estoy de entrecasa. Para salir, me arreglo mejor. ¿Ustedes son… rochos? Acá no hay nada de valor. Hace años. Todo fue empeñado.

-No. Somos peronistas.

-¿Vienen a secuestrarme? Hace tiempo, Aramburu recibió la visita de unos jóvenes impetuosos como ustedes y no le fue muy bien.

Osvaldo hizo un gesto, pidiendo silencio con la palma de la mano. Cerró los ojos y se frotó las sienes. Pasó así casi un minuto.

-¿Qué fue eso?-, preguntó el Francófilo.

-Usted hizo referencia a Fernando y Gustavo. Me pareció oportuno chequear si tenían algo para decirnos.

-Se terminó el boludeo-, dijo el Negro, impaciente. Miró a su alrededor, un living confortable, un tanto recargado para él pero de indiscutible buen gusto. Tomó asiento y se hizo cargo de la situación. Con una seña suya, el dueño de casa también se sentó. Osvaldo revisó rápido las habitaciones contiguas, para que no hubiera sorpresas.

-¿Hay alguien más?

-Carmela, la empleada.

-Pida café para los tres.

El Francófilo tocó una campanita. En segundos, Carmela se materializó en el vano de la puerta. Era una señora maciza, con acento del litoral. Dos cortados para las visitas y un café doble bien fuerte para el hombre de la casa, que tenía que reponerse de la sorpresa.

-Bien. No son ladrones. Son peronistas, pero no vienen a secuestrarme. ¿Puedo saber, caballeros, a qué debo el honor de su intempestiva visita?

-Información-, dijo el Negro, tajante.

-Usted es el más peronista de los liberales-, Osvaldo, adoptando el rol de policía bueno.

-También dicen que soy el más liberal de los peronistas.

-Cualquiera de los dos rótulos, elija el que más le guste, lo coloca en una situación privilegiada para entender lo que ocurre.

-¿Y qué ocurre?

-Vinimos a que nos lo cuente.

La reaparición de Carmela -uniforme celeste, cabello cubierto con una cofia del mismo tono-, precedida por el perfume del café, le concedió al Francófilo los segundos que necesitaba para armar su discurso.

-Siempre es un placer hablar de política. Lo único que lamento son las expectativas insatisfechas de sushi. Un dandy no se comporta de ese modo.

-El único dandy acá es usted. Pida sushi, si quiere. Pida para los cuatro.

-A Carmela el pescado crudo le parece cosa de bárbaros. Además, estoy esperando el cheque de Le Monde por mi última colaboración.

El nuevo escenario le dio una satisfacción personal. La caída de El Grupo, sus archienemigos históricos, del poderoso multimedios. Entonces, borracho de felicidad, decidió recluirse acá, en su hogar, a celebrar el triunfo -todavía tenía un canuto para sushi y champán-, esperar una vacuna decente y tratar de entender lo que ocurría y, más importante, lo que ocurriría.

Osvaldo se dio cuenta de que el tipo le caía simpático. Tal vez fuera cierto lo que decían de él. El Francófilo era un vivo, un dandy de Avellaneda, de Gerli para mayor precisión, que después de haberse manejado con el malandraje de ahí, salió a conquistar los salones de la diplomacia y la alta sociedad. Un Lucio V. Mansilla criado en los arrabales.

El Francófilo se había visto muy sorprendido por los hechos de 2023 y la secesión. Aunque entonces hacía tiempo que, para su criterio, la élite política se había vuelto loca, daba bandazos, se movía espasmódicamente y se enroscaba en peleas vanas. Pensó que habían enloquecido. Asumida la locura, la secesión y la reedición del conflicto entre unitarios y federales, más propio del siglo diecinueve que del veintiuno, era absolutamente verosímil. La caída del viejo orden mundial, anterior a la pandemia, potenció lo que ya existía.

La caída se había debido al enloquecido comportamiento de los algoritmos, al sorprendente fracaso de la inteligencia artificial.

-Todo el sistema descansaba en eso. Sin ese factor de ordenamiento, se cayeron como un piano-. El Negro abrió los ojos más grandes y Osvaldo acercó la cabeza a la de su interlocutor. Al fin llegaban al nudo de la cuestión.

-Los liberales de antes son una especie en extinción. Los fueron sustituyendo por estos androides, burdos, sin clase, autómatas repetidores de slogans y fórmulas. Pero vacíos. Como el Verbo, el algoritmo se hizo carne. A ellos los conducía “El Grupo”. Y al grupo lo conducía…

-¿El Beto?

-Nooooo, pibe. Lo del Beto era una inteligencia táctica nomás. Era cierta picardía. Pero la inteligencia, la verdadera inteligencia, eran las máquinas, los algoritmos, los servidores, las aplicaciones. Caído eso, quedaron acéfalos. Llevan veinte años acéfalos, de papelón en papelón. De fracaso en fracaso. Quedaron como zombies.

-Los unitarios que uno estudió eran tipos ilustrados…

-Olvidate. A estos les tirás un libro y no saben cómo agarrarlo. Sólo sabían hacer negocios con el Estado y timbear pero ahora el Estado está fundido y los mercados financieros dejaron de existir. El Patriciado les dio una ilusión de orden, de seguridad, que no duró nada. Apenas rascaron la primera capa de pintura se dieron cuenta del chasco. Ahora, el parlamentarismo es una distopía radical, es más que lo que se atrevían a soñar. Hay internas, internitas, internotas, camas, conspiraciones. Nadie sabe quién manda realmente.

-¿Y quién manda?

-La verdad, nadie. Por eso esto se descompone un poco más cada día. La estupidez no es contraria a la ineficiencia. Van en yunta.

El Francófilo se tumbó sobre el respaldo de su sillón y se desprendió el primer botón de la camisa.

-¿Y por qué se queda?-, el Negro, genuinamente curioso.

-¿A dónde carajo me voy a ir?

-Con sus relaciones y experiencia, se las rebuscaría en cualquier lugar del mundo. París, Lisboa. Por ejemplo…

-No, gracias. Ese mundo está muerto, pibe. Prefiero seguir siendo acá el Francófilo, aunque venido a menos, que ser un sudaca allá, donde tampoco tengo nada garantizado-. Hablaba con los ojos cerrados, negando suavemente con la cabeza.

-Usted dio una dura batalla en defensa de nuestro idioma-, intercedió Osvaldo. los dos compañeros se entendieron con la mirada.

-¿Quién se acuerda de eso hoy?

-Nosotros- dijo Osvaldo.

-Los buenos peronistas- aportó el Negro. Y no se agrande, que también recordamos cuando dijo, en apoyo a Carlos de la Rioja durante el bollatege contra Néstor, “entre la nada y la pena, elijo la pena”…

-Era sólo para hacerlo circular a Faulkner.

-Venga con nosotros. Podríamos hablar con Martín García para declararlo Patriota. ¿Qué le parece? Una reivindicación tardía, pero…

El Francófilo sonrió.

-No tiene porqué hundirse en un barco que no es el suyo. ¿No es de Gerli?

-De Piñeyro-, la sonrisa se le ensanchó.

-¿Viene?-, insistió Osvaldo.

-¿Entonces sí es un secuestro?-, retrucó el Francófilo.

-Apenas una invitación. Sigo sin entender qué lo retiene-, confesó Osvaldo.

-La nostalgia… El dolor de ya no ser… Todo lo perdido…Aunque… hay alguien que todavía podría enderezar este caos.

-¿Quién?- preguntaron al unísono.

El Francófilo les contó la historia de Federico Peredo XIII, el último liberal ilustrado. Un cajetilla de los de antes, elegante, buen conversador, buen bebedor, con mundo y sin apetito por los powerpoints. Era, probablemente, el último de su estirpe. Hubiera sido un fabuloso negociador con las provincias unidas, pero los nuevos ricos, los grasitas del marketing, lo apartaron. Los carcomía el terrible virus de la envidia. Federico Peredo XIII era el primero de su linaje que no participaba de los asuntos públicos y justo cuando su clase parecía necesitarlo más que nunca.

Una mañana de 2024, comprendió la causa de sus males. Su abuelo, Federico Peredo XI, había incumplido una promesa públicamente, a la vista de todos, en 2019. “El populismo no vuelve. Si vuelve, me tiro por el balcón”. Pero el populismo había vuelto y el abuelo, al ignorar su propia palabra, había sumido a todo el linaje en una profunda maldición.

-Fede XIII cree que sólo él puede romper la maldición, redimir el apellido y hacer que los unitarios abandonen el sinsentido que habitan y vuelvan a su tradición ilustrada.

-¿Haciendo qué?- Osvaldo.

-Saltando al vacío, por supuesto. Ocupando el lugar de su abuelo. Dice que para un aristócrata, morir por la civilización, voluntariamente, es el máximo honor. Por eso no termina de entender a su abuelo. Yo le digo que lo necesitamos vivo, para explorar algún consenso a ambos lados de la General Paz.

-¿Y usted cómo sabe tanto?

-Porque somos amigos.

-¿Nos puede llevar hasta él?-. Al Negro le preocupaba que a los porteños les saliera un líder justo ahora.

-Claro. Vive acá arriba, en el altillo-. El Francófilo sacó de su bolsillo unas llaves chiquitas, como de candado, y las apoyó junto a las tazas vacías.

Federico Peredo XIII, el último liberal ilustrado, un cajetilla de los de antes, elegante, buen conversador, buen bebedor, con mundo y sin apetito por los powerpoints.
Capítulo 15 de La Cuestión Del Puerto. Una visita del Negro y Osvaldo al Francófilo en busca de información.