La cuestión del puerto · Capítulo 16

La cuestión del puerto, capítulo 16

Domingo 22 de agosto de 2021

Escribe: Gastón Garriga

Ilustra: Rodolfo Parisi

Curaduría: Daniel Roncoroni

Publicada originalmente en lacuestiondelpuerto.com.ar

Capítulo 16

Fede Piedra

“La música y la propia animación los embriaga; el negro del tambor se agita como bajo un paroxismo más intenso aún y las mujeres enloquecidas pierden todo pudor. Cada oscilación es una invitación a la sensualidad, que aparece allí bajo la forma más brutal que he visto en mi vida; se acercan al compañero, se estrechan, se refriegan con él, y el negro, como los animales enardecidos, levanta la cabeza al aire y echándola a la espalda, muestra su doble fila de dientes blancos y agudos. Gritan, gruñen, se estremecen y por momentos se cree que esas fieras van a tomarse a mordiscos. No he visto nada más feo, más repulsivo, que esos negros sudorosos; me daban la idea de orangutanes bramando de lascivia”. 

Miguel Cané, “En Viaje”.

“… me daban la idea de orangutanes bramando de lascivia”.

Subieron por la angosta escalera, saltando de a dos o tres los gastados escalones. Al llegar al último nivel, se chocaron entre sí, como Los Tres Chiflados. El Francófilo golpeó suavemente la puerta con el grueso anillo de su meñique izquierdo.

-Fede, hay gente acá que quiere hablar con vos.

-No, no quiero ver a nadie.

-Fede, ya hablamos de esto. Abrí.

-¿Con quién estás?

-Déjenme un minuto a solas con él. Yo lo convenzo.

El Negro y Osvaldo bajaron media docena de escalones y se sentaron mirando hacia abajo, a esperar que las capacidades persuasivas del Francófilo funcionaran.

-Nos tenemos que llevar de acá a los dos. Como sea-, dijo el Negro al oído de su compañero. Osvaldo asintió.

El Francófilo bajó hasta ellos, con aire triunfal.

-Vamos, pide que lo esperemos en el living. Lo avergüenza un poco recibir en su chambre de bonne.

La aparición de Federico fue cualquier cosa menos triunfal. Sus rasgos eran jóvenes, pero su expresión tenía otra edad, mayor e indescifrable. Su ropa, de calidad pero muy pasada de moda, acentuaba el efecto. Se quedó de pie, observando a los visitantes desde cierta distancia.

-Mucho gusto. Peredo. Federico Peredo XIII.

-La drapie-, rió el Negro.

-Tiramos un poco de sal y listo-, suavizó Osvaldo.

Federico, conteniendo su espanto, dio un paso atrás.

-Francófilo, ¿qué le dijiste de nosotros?

-La verdad. Gente de afuera, interesada por la política. -Federico se frotó las sienes. -Peronistas, bonaerenses-, completó.

Federico emitió un alarido profundo. Comenzó a golpearse las mejillas con la palma de la mano, como si matara mosquitos que sólo él veía. El Francófilo, paternal, lo tomó de los hombros y lo condujo hasta uno de los sillones. Federico, algo repuesto, estudió a los visitantes.

-¿Qué hace?-, preguntó el Negro, molesto.

-Les busca la pluma-, contestó el Francófilo, apenas audible.

-Mirá, Peredo-, tomó la posta Osvaldo, -Yo soy politólogo de Untref, con posgrados en Integración Regional y Administración pública. Y el negro es sociólogo de Unsam. Tiene un doctorado en la Unipe. No usamos pluma ni taparrabos. Comemos con cubiertos.

Peredo abrió bien los ojos.

-No puede ser… Son más sarmientinos que nosotros.

-Así es-, confirmó el Francófilo.

-¿Y qué quieren de mi? ¿Vinieron a burlarse de nuestra derrota?

-Todo lo contrario.

El Negro, el más didáctico de los dos, le dio un marco a la discusión.

-Fuimos enemigos durante siglos. Hoy, vos representás a un grupo marginal, que tiene más en común con nosotros que con los nuevos unitarios. Sos ilustrado. Te preocupa el desarrollo más que rapiñar. Por eso estás acá encerrado. Vos sos barrio norte, ellos son Puerto Madero. Vos sos París, ellos son Miami. Sos el patito feo. Pero si te quedás acá, vas a ser siempre eso.

-Odio a los nuevos ricos. No tienen clase-, se sinceró Federico.

-Lo que ni tienen es Patria-, retrucó Osvaldo.

-Ojo con eso-, lo amonestó el Negro. -El problema no es que se enriquezcan sino cómo lo hacen y, peor todavía, la ideología que adoptan y el desprecio a los que hace diez minutos eran como ellos-. Federico escuchaba atentamente. -Nosotros sí tenemos clase. Clase trabajadora. Mi viejo era albañil.

-El mío metalúrgico.

Federico, sorprendido, buscó al Francófilo con la mirada.

-Y yo soy de Piñeyro, flaco. El mundo no es tan simple como te enseñaron en el San Martín de Tours.

-¿De dónde?- Fede, shockeado.

-Avellaneda, primer cordón, tercera sección. Lamento desilusionarte.

El Francófilo ahora tomaba partido claramente a favor de los intrusos.

La conversación se prolongó hasta el ocaso. Federico se fue soltando. De a poco, mostraba su curiosidad por la revolución justicialista que tenía lugar a pocos kilómetros de allí. Tenía dos opciones: el suicidio purificador para el que se preparaba espiritual y psicológicamente, para salvar a su vieja clase, hoy desplazada, o confiar en esos dos extraños peronistas, con los que se podía hablar tanto de literatura como de vinos.

Cada tanto, el Francófilo les pasaba una seña a escondidas, como para que insistieran con un argumento que parecía bueno o cambiaran de rumbo, según la expresión de Fede, que sólo él sabía escrutar. Fue Osvaldo el que redondeó una propuesta difícil de rechazar.

-Entiendo que no te quieras casar con nosotros. Acabas de conocernos. Hagamos otra cosa. Venite un par de días. hacemos un asado, charlas con algunos dirigentes. Después decidís. Todo en su medida y armoniosamente.

-Paso a paso-, acotó el Negro.

Pero Federico no terminaba de convencerse y lo último que querían el Negro y Osvaldo era que partiera con ellos y cambiara de parecer a mitad de camino. Eso sí sería un problema. El Francófilo, que a esta altura se comportaba como un compañero de Piñeyro, caminó hasta el aparador, abrió un cajón y mostró un mazo de cartas españolas.

-Lo definimos con un partido de truco.

-No hay tiempo-, dijo firme, el Negro.

-Un chico. A quince.

-Tampoco.

-Una mano aunque sea.

-Dale. Una mano-, terció Osvaldo, confiando en su olfato.

El Negro cortó y el Francófilo repartió. Osvaldo miró sus cartas una y otra vez. No tenía nada. Al Negro le había ido un poco mejor, pero apenas.

-Tengo para el tanto-, le dijo Federico al Francófilo. Este asintió, pero en vez de envido cantó truco. Jugó un dos, que el Negro mató con un tres. Federico miraba sorprendido el curso de la partida. El Francófilo estaba distraído, era pésimo jugador… o lo estaba cagando.

El Negro puso un dos.

-¿Tenés con qué darle?-, le preguntó el Francófilo a su compañero.

-No. Te dije que tenía buen tanto. Y después te hice la seña del cieguito.

-Tenés razón. Entonces cagamos.

El Negro agarró al vuelo una sonrisa del Francófilo, apenas disimulada y ahí supo que la partida estaba terminada y que ellos habían ganado. Se le vino a la mente, palabra por palabra, el homenaje que hace años José Pablo Feinmann le rindió a Richard Widmark, a su muerte: “En El jardín del Mal él y Gary Cooper, vienen huyendo de los indios. Aman, los dos, a Susan Hayward. Llegan a un desfiladero. Si alguien se queda ahí y demora, enfrentándolos, a los indios, los otros dos podrán huir. Widmark hace de tahúr y le propone a Cooper jugarse la suerte a las cartas: el que pierde se queda a morir en el desfiladero; el otro huye con Susan. Juegan y pierde Widmark. “Váyanse”, les dice. Agarra su rifle y espera. Cooper y Hayward llegan al valle y oyen los primeros disparos. Dice él: “Qué estúpido fui. Como buen tahúr, me engañó”. Ella no entiende: “Pero si perdió”. Cooper dice: “Perdió a propósito. Creyó que, de los dos, el que te merecía era yo. Es mejor hombre de lo que creí. Tengo que volver”. “¿A qué?”, pregunta ella. “A decírselo”,

José Pablo Feinmann

El Francófilo escondió su última carta en el mazo, el Negro y Osvaldo chocaron palmas y después estrecharon la mano a sus rivales.

Federico, algo molesto, abandonó sobre la mesa un seis y un cinco de bastos.

-¿Cuándo nos vamos?-, preguntó, resignado.

-Ya mismo. Pero viajamos por agua, mejor ponete otra cosa-, Osvaldo.

-Muchachos-, abrió, los brazos el Francófilo, histriónico, -¿no es un poco descortés dejarme acá?

-Bien. Vamos los cuatro. Tienen cinco minutos para prepararse-, el Negro, en tono marcial.

Federico subió a toda prisa. Cuando volvieron a quedar los tres solos, el Francófilo les guiñó un ojo.

-No está al nivel de la resolución del conflicto entre Chile y Bolivia, pero es un digno homenaje. ¿No?