La cuestión del puerto · Capítulo 17

La cuestión del puerto, capítulo 17

Viernes 27 de agosto de 2021.

Escribe: Gastón Garriga

Ilustra: Rodolfo Parisi

Curaduría: Daniel Roncoroni

Publicada originalmente en lacuestiondelpuerto.com.ar

Capítulo 17

«El Regreso»


El Hombre de Corrientes y Esmeralda es un niño que no ha madurado, que pasó de la infancia a la vejez. Le falta reposo, serenidad interior. A veces tiene empaque, pero no gravedad; malhumor pero no severidad. Es casi un irresponsable ante la prudencia europea. La vida resbaló sobre él. El no la vio pasar. Estaba encerrado en sí mismo, como en una cueva. Mide el tiempo con sus emociones, y cuando se contrasta con los sucesos exteriores se sorprende del número de años transcurridos”

Raúl Scalabrini Ortiz, “El hombre que está sólo y espera”

Al pisar la calle notaron que el clima había cambiado. El cielo se cubría, lento pero firme, de nubes grises y negras. El viento había rotado al sudeste.

-No perdamos ni un segundo-, dijo el Negro, -porque se va a poner fulero.

Subieron a dos triciclos taxis, el Negro con el Francófilo y Osvaldo con Federico. El Negro, siempre alerta, desconfiado, le iba dando indicaciones parciales al chofer, mientras chequeaba por el espejo que lo siguiera su compañero y nadie más. Fueron por Las Heras, doblaron en Salguero hasta chocarse con la costanera.

Poco antes de la secesión, recordó, los unitarios habían privatizado esos terrenos para construir condominios de lujo, pero la constructora se fugó con la guita de los incautos apenas iniciado el movimiento de suelos. Todo había quedado igual, abandonado. Una especie de monumento a la corrupción, como la ciudad deportiva de Boca de la que le hablaban cuando pibe. Cuando llovía se inundaba y era un criadero de mosquitos. En la ciudad pantano, el dengue y la malaria mataban tanto como el covid.

Bajaron en el Parque de la Memoria. Se pusieron las botas de goma, se descolgaron por el paredón y desde allí caminaron, pisando piedras y esquivando barro y basura, hacia el norte por la costa del río, tan rápido como pudieron. Cada tanto, hacían una pausa para esperar al Francófilo, que quedaba rezagado a pesar del aliento y la insistencia de los otros tres. Los pabellones de la ciudad universitaria, cada vez más cercanos, ocultaban la última luz del día.

Encontraron los kayaks en el mismo sitio y en la misma posición que los habían dejado más temprano. En ese momento, sintieron las primeras gotas en la cara, primero espesas, pesadas, luego filosas, casi cortantes.

El Negro decidió por el grupo. Tenían dos trajes de neopren y dos chalecos. Él y Osvaldo usarían los trajes y cederían los chalecos a los visitantes. Les ordenó que se sacaran la ropa seca y la guardaran en las bolsas estancas y usaran el chaleco sobre el cuero.

-Es mejor que pasen un poco de frío ahora pero tengan ropa seca al desembarcar-, explicó. El Francófilo parecía divertido con la situación, casi revitalizado. Tendrá algo nuevo de qué alardear con sus veteranas, pensó el Negro.

Los timoneles se encajaron en los habitáculos y, haciendo fuerza con las manos, deslizaron los botes hacia el agua. Los porteños se sentaron a horcajadas, detrás de ellos, otra vez el Francófilo con el Negro y Federico con Osvaldo.

Hicieron unas paladas hacia adentro, para alejarse de las piedras y los juncos. El Río de la Plata no se parecía en nada a la pileta que los había recibido amablemente esa mañana. El sudeste los tiraba hacia adentro y los obligaba a gastar mucha energía tratando de conservar el rumbo. Las olas los favorecían, pero los botes eran frágiles y se volvían cada vez más inestables.

Apenas confirmaron que estaban en aguas bonaerenses, volvieron a la costa. Sin desembarcar, Osvaldo tomó el cabo de proa y se unió a Federico. Dio tantas vueltas alrededor de los dos como pudo y lo cazó bien.

-Ahora sí. Nuestros destinos están atados-. Clavó la pala en el fondo para palanquear, salir de ahí y volver al pesto del río.

-¿Vos no me vas a atar como tu compañero?-, le preguntó el Francófilo al Negro. Tenía que levantar la voz, sobre el silbido del sudeste y el choque de la proa con el agua en cada zapateo.

-Vos sos de Piñeyro. Tenemos un montón como vos. Aquel, en cambio, es decimotercera generación de oligarca. Tenemos que diseccionarlo, estudiarlo. Además, sos escritor y vas a tener material como para hacer otro “Diario de la Argentina”.

Raúl Scalabrini Ortíz.

Cuando entraron en ritmo, fue como una danza: el viento, el paleo, la ola, el movimiento de cintura y los apoyos para no darse vuelta. En una hora estaban entrando a la bajada náutica de San Isidro. Federico, serio y pálido; el Francófilo, con un ataque de risa nerviosa. El Negro y Osvaldo, extasiados.

Los que estaban en bolas sacaron su ropa de la bolsa estanca y corrieron bajo techo a vestirse. El Negro y Osvaldo guardaron los botes y sacaron de un casillero un tarro de Nescafé, un termo, una resistencia y una petaca. Saltaron en el lugar e hicieron burpies, mientras esperaban el primer hervor del agua. Federico observaba todo con una avidez casi maníaca. La tormenta de viento, con amenazas de actividad eléctrica, se había convertido en una lluvia suave, amable.

-¿A dónde vamos ahora?-, preguntó Federico.

-A mi casa. A cenar, a descansar y a armar la agenda política de mañana. Prepárense. No vinieron a hacer turismo. Los vamos a hacer laburar-, advirtió el Negro.

-Tal vez hasta tengamos que ir a Viedma-, agregó Osvaldo.

-No me sorprendería. Pero primero, a reportarnos a la columna norte.

El Negro tomó prestada una bicicleta del club y partió con el Francófilo, mientras Osvaldo luchaba por arrancar su moto ante la vista de Federico.

-¿Tenés dos cascos?

-No, pero si nos paran chapeo. No pasa nada.

Osvaldo intuyó que Federico tal vez conociera el bajo de San Isidro, pero difícilmente hubiera pisado los barrios del otro lado de la Panamericana. Después de cruzarla, aminoró la velocidad para que pudiera observar cada detalle.

Completaron el trayecto en pocos minutos. Se detuvieron delante de la casa de Osvaldo, que les pidió que guardaran silencio y se pusieran bien los barbijos y el resto de las protecciones.

-¿Qué pasa? ¿Por qué no entramos?-, preguntó el Francófilo.

-Le dije a Ana que no me esperara para cenar y ahora somos cuatro-, confesó Osvaldo.

-Tres-, dijo el Negro.

-¿No te quedas?

-Mañana doy clase temprano. Y no quiero estar cerca cuando tu mujer se enoja. Queda a tu cargo la agenda política de tan ilustres visitantes.

-La puta madre-, murmuró Osvaldo.

Entró y volvió a salir enseguida. Tras el obligado paso por la cámara sanitizante, los ubicó en el garage, que había convertido en estudio. Les pidió que guardaran silencio hasta que las mujeres -su compañera y sus dos hijas- subieran a dormir.

Fue hasta el freezer del fondo, sacó unos restos de asado y los puso a descongelar, cortó unas cuantas rebanadas de pan casero, eligió una botella de vino y volvió al garage estudio con las provisiones. Les pidió a los visitantes que liberaran el escritorio y apoyó todo ahí.

-Como verán, no les mentí. Es asado, descongelado, pero asado. Mañana hacemos uno como corresponde en el consejo del PJ.

Los porteños se abalanzaron sin pudor sobre la comida. Después de unos cuantos bocados, el Francófilo volvió a prestarle atención a Osvaldo.

-Desde que entraste estás serio. ¿Qué pasó?

-Nada.

-Dale, pibe. A mi no.

-Las mujeres. Cuando entré se callaron de golpe. Se hacían señas, se reían. No sé qué mierda ocultan, pero no me gusta nada.

-Cosas de minas.

-Acá no hay cosas de minas. Mejor dicho, todo es cosa de minas. Lo que no hay más, son cosas de tipos.

A Osvaldo, el asunto lo divertía. Le había costado, al principio, años atrás. La reacción de los porteños le recordó al que había sido y dejado de ser, merced a un prolongado proceso de aprendizaje. La famosa deconstrucción. El triunfo de los federales no era sólo por las armas, la mayor capacidad técnica, la recuperación de la industria nacional. También era porque habían dejado definitivamente atrás el machismo.

Ahora no podría bancarse una mina que no fuera al frente, que no le discutiera a la par, que no fuera indómita. Pensó que Ana era todo eso. La recordó recién, en la cocina, hablando en clave con su hija, disimulando ante él, pícara, inteligente, y sintió un fogonazo de deseo. Si se apuraba a subir, todavía podía encontrarla despierta. Terminó el resto de vino que coloreaba su vaso, trajo un par de frazadas y se despidió hasta la mañana siguiente.

-Tuve un día muy intenso. A ustedes les toca mañana. Mejor descansemos-. Señaló la salamandra apagada en una esquina y el canasto leñero junto a ella. -¿Se arreglan con eso?-. El silencio fue elocuente. Prefirió dedicar unos minutos a encenderla y prevenir un incendio o un principio de asfixia.

-Si quieren leer antes de dormir, agarren-, dijo, y golpeó la pequeña biblioteca donde reunía lo que estaba usando, para tenerlo a mano: “El eternauta”, “Historia de los ferrocarriles”, “Megafón”. Fue su sutil venganza.

Si quieren leer antes de dormir, agarren.