La bandera de la infancia

Domingo 29 de agosto del 2021

Escribe: Natalio Pochak

Ilustra: LUKAS

Este mes de la bandera, nos posibilita preguntarnos si las infancias tienen una bandera. Comprendiéndola como el símbolo que une y acoge, como eso que representa lo colectivo del todo. ¿Hay algo así en las infancias?

Heidegger afirma que “La pregunta abre un camino. Por eso, es prudente prestar atención ante todo al camino y no permanecer apegados a frases y títulos aislados. El camino es un camino del pensar. Todos los caminos del pensar conducen, más o menos perceptiblemente, de una manera inhabitual, a través del lenguaje”(1).

Martin Heidegger, filósofo alemán.

Preguntarse, entonces, por la primera infancia desde su pluralidad es reconocer la diversidad, la heterogeneidad y la fragmentación que existe dentro de este colectivo social y fundamenta preguntarse si las infancias tienen y comparten algún símbolo de representación.

La primera infancia es interpretada y es hablada (lo que el filósofo alemán citado denominó como habladurías). Lo primero que surge al pensar en las primeras infancias es la condición de la relación de dependencia real con sus adultos y adultas para que se promueva el propio desarrollo y su supervivencia.

La dependencia se nos evidencia como el contorno cultural que propicia las mejores condiciones de existencia de un/a recién llegado/a al mundo circundante. Y es en este marco relacional necesario lo que permite la aparición de la construcción de la subjetividad e identidad de los y las protoinfantes a través de brindarle significantes (expresiones y lenguaje) a las acciones y demandas realizadas y deseadas de ellos y ellas.

lustración por LUKAS / IG:@ink_somnia_

Así aparece el juego, como el mayor de los significantes que los y las adultos le devolvemos al bebé cuando mueve su mano, cuando busca con su mirada algún objeto y muestra su sonrisa cuando lo encuentra. Cuando enunciamos palabras sutiles y llenas de significado cuando afirmamos al preguntar: “¿Estás jugando con tu mano?” “¿Dónde está tu juguete? Acá está”. “Jugamos otra vez”.

Los y las bebés, desde sus más tempranas edades, comienzan a reconocer que lo que los y las rodea (empiezan por su propio cuerpo) a darle algún tipo de certidumbre desde su deseo genuino de comprender.

El juego o las acciones del jugar son manifestaciones y actividades humanas llenas de magia, como afirma Graciela Scheines, porque funda a la subjetividad y la identidad de un modo tal que se crea y se expande junto a la idea del poder ser como proceso central de su existencialismo. El/la bebé cuando juega lo que hace (y provoca) es apropiarse de su destino y reclamar su lugar en el mundo. Nos reafirma que está, que existe y quién es.

Graciela Scheines, referente en el ámbito del juego.

Como nos diría la Lic. Delia Maidagán (2) el juego es un artefacto, no como elemento o aparato externo sino en su acepción de acto (o hecho) lleno de arte e intencional de poblar un vacío con el que va construyendo las estructuras y con el que articula su propio desarrollo. Ubicándose como protagonista de su experiencia y de su vivencia y propone la metáfora de la banda de moebius.

Por lo tanto, es el juego la manifestación por excelencia de la infancia, ese símbolo representativo de un colectivo y que motoriza el deseo a socializar entre pares y con otros.

Delia Maidagán utilizando palabras de otro psicoanalista, Fukelman, afirma que “es en el juego dónde el niño se reconoce como tal”. Porque definitivamente es el juego ese espacio habitado para preservar a niños y niñas del riesgo real, de la deriva y del vacío.

Hace un tiempo, escribí el siguiente relato corto que viene a cuento.

Yalpe era una niña de 6 años que vivía junto a su mamá en una casa que tenía un sótano.

La mamá, una vez le dijo:

  • Yalpe, nunca vayas al sótano que hay cosas muy peligrosas.
  • Sí, mami.

Es así que cada día Yalpe se ponía frente a la puerta del sótano e imaginaba qué cosas peligrosas podría haber allí. 

Una vez pensó en serpientes grandes que llegaron desde las montañas. Otro día, en leones feroces y hambrientos.

También imaginó que había un castillo de pequeños duendes, pero eso no le parecía muy peligroso, se le ocurrió que los duendes se convertían en murciélagos que volaban por todo el lugar y que abrir la puerta saldrían a ocupar la casa. 

Así, cada día, Yalpe imaginaba las historias más horrendas y espantosas con animales feroces. Hasta recordó que la mamá le había leído una vez sobre cierta araña capaz de envenenar a una persona con solo una mordida. O fantaseó con la existencia que montones de lagartijas con largas lenguas y colas. 

Muchas historias ya se había creado la niña pensando en qué era lo peligroso del sótano de su casa.

Un día del mes de Junio, la mamá le anunció que se iba a acostar porque le dolía la cabeza.

Entonces, Yalpe se acercó hasta la puerta del sótano, se paró frente a ella e intentó abrirla, pero estaba cerrada con llave. Aunque ella se imaginó que un mono forzudo sostenía la puerta para que nadie pudiera abrirla. 

Pasaron los días y seguía imaginando lo que podía ser lo peligroso de ese lugar. 

  • Ay Yalpe ¿No viste mis anteojos viejos? – le preguntó la mamá. 
  • No mami ¿Querés que te ayude a buscarlo?
  • Dale, así hacemos más rápido. 

Yalpe comenzó buscando en los cajones del mueble de la cocina. En el primero encontró solo papeles; pero cuando abrió el segundo encontró… ¿Los anteojos viejos de su mamá? No. Una llave redonda y grande. Cuando iba a sacarla escuchó que su mamá gritó “Los encontré, estaban en mi habitación junto a un libro”.

Al otro día se dirigió hacia la habitación de la mamá y la vio muy concentrada y dedicada a ordenar la ropa. Yalpe sabía que eso le iba a llevar mucho tiempo, así que aprovechó para abrir nuevamente el cajón de la cocina, tomar la llave grande y acercarse hasta la puerta del sótano. ¿Será de esta puerta? ¿O será de alguna otra? ¿Hay otra puerta cerrada en esta casa?

Miró la llave unas tres ocasiones antes colocarla en la cerradura y la giró dos veces lentamente hacia la derecha y con su otra mano tomó el picaporte. Dudó. Se quedó quieta.

Pensó en todo lo que podría salir de ahí: murciélagos, lagartijas, serpientes o leones.

Respiró una, dos, tres, cuatro veces. Y… ¡ZAS!, bajó el picaporte de la puerta e inmediatamente se cubrió la cara con sus dos manos. 

Pero no pasó nada. 

Miró para dentro del sótano, todo estaba oscuro. No se veía nada de nada hasta que prendió la llave de luz que estaba al lado de la puerta y comprobó que no había ninguno de los animales imaginados. Bajó las escaleras suavemente, apoyando un pie por vez en cada escalón.

Llegó hasta el final y vio que en el medio del sótano solo había una caja cerrada de cartón en la que estaba escrito su nombre. La abrió con mucho cuidado y se llevó la sorpresa, la peor de la sorpresa. No había nada. Absolutamente nada. La caja estaba totalmente vacía.

Yalpe se quedó inmóvil hasta que de pronto su mamá se acerca a ella, la abraza y le dice:

  • Hija mía… Ahora ya sabés que una caja vacía es mucho más peligrosa que todas las historias que te podés inventar.

 

(1) Heidegger, M. La pregunta por la técnica. Conferencia realizada en 1953.

(2) Los conceptos vertidos en el texto por parte de la Lic. Delia Maidagán se dieron durante un grupo de estudio organizado por FEPI y denominado “El juego como operador estructural de la clínica como problemas en el desarrollo” durante el año 2020.