La trampa discursiva

Lunes 6 de septiembre del 2021

Columna «No está bien, está mal» con Nicolás Dulcich en #NoNosQuedaOtra por #la990. La idea de que el Estado es un lastre que obstaculiza y parasita al sector privado mantiene una gran vitalidad, ¿Es realmente así? ¿Qué nos dicen los datos?

Escuchá la columna completa:

Milei en su ámbito.

En esta columna semanal jugamos a señalar muchas de las cosas que no nos gustan del mundo en que vivimos. En esta oportunidad, queremos llamar la atención sobre la “apurada” que el precandidato por el “Frente la Libertad Avanza”, Javier Milei, lanzó al también precandidato por el “Frente de Todos”, Leandro Santoro, en el programa #Staff de Telefé. El precandidato neoliberal buscó herir a su opositor preguntando: “¿Alguna vez en tu vida laburaste en el sector privado? ¿O siempre fuiste un parásito del Estado que vivís de una fuente compulsiva de ingresos que se llama impuestos?”

Santoro tuvo oportunidad de responder, en el mismo programa. ¿Qué dijo? Milei trabaja para el grupo Eurnekián, que es el cuarto contratista del Estado. No trabaja en Toyota, Microsoft o Facebook. Trabaja en una empresa que recibe recursos del Estado y con eso paga los salarios de empleados como Milei”. Y además agregó que “él también fue empleado público en el Congreso Nacional. La diferencia es que fue empleado durante la gestión del [Genocida] Gral. Antonio Bussi, durante los 90s”.

¿Por qué creemos que esto No está bien, está mal? Porque, en la pregunta de Milei subyace una idea, propia del sentido común neoliberal, que supone que la riqueza es generada exclusivamente por el sector privado. Creemos que Santoro, que representa a un espacio político abiertamente a favor de un Estado fuerte, cayó en una trampa discursiva. Porque admitir que trabajar en el Estado equivale a ser un parásito supone una idea de la cosa pública asociada a un lastre, pesado y costoso, que obstaculiza a los individuos a trabajar en pos de su bienestar y succiona o fagocita los recursos que tan arduamente producen quienes “de verdad trabajan”: los representantes del sector privado. Evidentemente, se trata de una idea que mantiene una gran vitalidad.

¿Qué nos dicen los datos?

Santoro nombraba a Toyota: la automotriz nipona recibió ayuda Estatal, a través de la ATP, para pagar sueldos a 5.100 trabajadores. Además, ya había sido subsidiada con millones de pesos a través del FGS – ANSES (2009 -2010). También nombró a Microsoft: el gigante informático recibió (y recibe) muchísimo dinero público gracias a la contratación preferencial del Estado del norte. Hay un ejemplo muy reciente: Trump intervino el mercado para prohibir que la aplicación china Tik Tok usara información de usuarios estadounidenses, favoreciendo directamente las intenciones de Microsoft de comprarla. Para dar otro caso, según la revista FORBES, Amazon recibió, durante la pandemia, U$D 3.700 millones provenientes de los impuestos que pagan los/as contribuyentes.

Por todo esto, vemos que hay una suerte de idealización del sector privado que ignora la dependencia manifiesta de éste en torno a la inversión pública. Tesla y SpaceX de Elon Musk, por ejemplo, recibieron miles de millones de dólares en subsidios del gobierno norteamericano, además de que estas empresas se construyeron en gran medida sobre el trabajo de agencias estatales como la propia NASA. O cómo olvidar la tristemente famosa experiencia del Megacanje (una socialización de la deuda privada), o el más reciente experimento de deuda externa realizado durante el gobierno de Macri, a través del cual el Estado (todos nosotros) financiamos la “formación de activos externos” (la fuga) del sector privado. Recordemos, por último, cómo los Estados nacionales salieron al rescate de bancos privados e instituciones financieras durante la crisis de las hipotecas subprime.

La idea de que el sector privado es productivo y el sector público es deficitario parte de una mirada cortoplacista que pierde de vista que las grandes revoluciones tecnológicas fueron posibles gracias a la actuación del Estado como inversor de primera instancia (recién nombrábamos a la NASA, pero no hay que olvidar que fueron los soviéticos los primeros en llegar al espacio y lo hicieron prescindiendo de la inversión privada).

¿Y entonces?

Por ello, si dejamos que las decisiones económicas se tomen prestando atención sólo a los balances contables, estamos en problemas, ¿Por qué? Porque no se ponderan en la ecuación los efectos multiplicadores que tienen ciertas actividades en la economía y en todos los ámbitos de nuestra realidad social: ¿Cómo se registra en un balance contable el impacto formidable que tienen en nuestras vidas la escuela pública que enseña y contiene; la salud pública que mantiene sana a nuestra población; las universidades gratuitas que forman a los futuros profesionales; una YPF que invierte en exploración sin perspectiva de ganancia inmediata pero otorga enormes beneficios en el largo plazo; una banca estatal que otorga créditos a las pymes y fomenta el consumo; una aerolínea de bandera que une localidades de nuestro país volando rutas que “no son rentables”; una ARSAT que desarrolla satélites y brinda internet de alta velocidad a todo el país y exporta servicios al continente; etc.?

Para cerrar, hay que entender que este sentido común logró instalarse a partir del terrorismo de Estado pero continuó durante los años de la democracia a través de un fuerte aparato de propaganda cultural que incluyó a la televisión, la radio, el periódico, la universidad, etc. Entre estos dispositivos, cómo no recordar la genial interpretación que Antonio Gasalla hizo de Flora, la empleada pública: una trabajadora estatal muy desagradable, que le huía al trabajo, atendía siempre de mal humor y complicaba la existencia de cualquier ciudadano que necesitara hacer un trámite. El mensaje, en su contexto, era claro: se trataba de desprestigiar al Estado, exagerando su ineficiencia y burocracia a través de la parodia.

Pero no nos engañemos, porque este es un mensaje interesado que persigue lo mismo de siempre: debilitar el Estado para hacer negocios a costa del presente y futuro del conjunto.